viernes, 5 de marzo de 2021

El que camina libremente por el infinito

El que sigue la Norma exacta
del Cielo y de la Tierra,
empujado por los seis soplos
que eternamente se transforman;
el que camina libremente por el infinito,
¿de qué podría depender?

Fragmento de Los capítulos interiores, de Zhuang Zi.


Colección Aleteo de Mercurio 3.
Entre el No Ser y el Ser. Antología para hamacados.
Selección de Marc García.
Fotografías de Lucrecia Herrera.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2017.



viernes, 26 de febrero de 2021

Revelaciones

En el principio, cuando apenas se le revela a un hombre, le da una señal. (...) Cuando por fin él está en términos cercanos con ella, le descubre su rostro y sostiene una conversación con él acerca de todos sus misterios secretos y todos los caminos secretos que han estado ocultos en su corazón desde tiempo inmemorial. Así un hombre se hace un verdadero adepto a la Torah, un “señor de la casa”, pues a él, ella le ha descubierto todos sus misterios sin guardar ni esconder uno solo. Ella le dice: ¿ves la señal, la pista, que te di en un principio? ¿Ves cuántos misterios encierro? Él entonces cae en la cuenta de que no se puede añadir una sola cosa a las palabras de la Torah, ni se le puede quitar tampoco ningún símbolo, ni una letra. Así deberían seguir los hombres a la Torah, con todas sus fuerzas, y convertirse en sus amantes, como hemos visto (1).


El símbolo vela y devela.
A Dios nadie le ha visto jamás (2).
Sin embargo, su Luz es inteligible.

Interrogado Tales sobre cuál es el más antiguo de los seres, respondió: Dios, pues es inengendrado. Interrogado Sócrates sobre qué es Dios, dijo: lo inmortal y eterno. Interrogado Hermes sobre qué es Dios, dijo: el creador del universo, un pensamiento sapientísimo y eterno (3).

Notas:
1. Zohar, Libro del Esplendor, citado por Federico González y Mireia Valls en Presencia Viva de la Cábala.
2. Biblia de Jerusalén, Juan I, 18.
3. Corpus Hermeticum, Extractos de Estobeo, XXVIII.

Colección Aleteo de Mercurio 4.
En el Taller Hermético. Notas y bocetos alquímicos.
Ana Contreras.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2018.



sábado, 13 de febrero de 2021

Fijar lo volátil

Mnemosyne es la diosa griega de la memoria, hija de Urano y Gea, madre de las Musas engendradas con Zeus a lo largo de nueve noches, la cual era la que insuflaba la anamnesis en los seres humanos. Invocarla es llamar a la Inteligencia Universal para que se haga en nosotros. Lo fijo debe primar sobre lo aéreo para dejar así grabado en el papel, en la tablilla de barro, o el rollo, y el libro, las enseñanzas para llegar al Conocimiento acuñadas por el dios revelador; el que burila debe cuajar las ideas y dioses que le preceden y sobre todo ser muy amigo de Platón que escribió lo siguiente: “Disposición del alma capaz de conservar la verdad que hay en ella” (Definiciones) (1).


Conocer es re-conocer, recordar. El camino del Conocimiento se hace mediante el recuerdo, palabra cuya etimología tiene que ver con “volver al corazón”, siendo el corazón para los Antiguos la sede de la Inteligencia y de la Intuición intelectual. Tanto para los egipcios como para los hebreos, se piensa con el corazón.

La palabra bl [Lev = corazón] hace alusión a los “treinta y dos” [senderos] que estaban escondidos y con cuya ayuda fue creado el mundo. [b + l = 2 + 30 = 32] (2).

Son los treinta y dos senderos de la Sabiduría, maravillosamente escondidos, que se encuentran en el corazón y sobre cada uno de estos senderos vela una forma particular, sobre la que se dice (Gn. 3:24): “... para guardar el camino del Árbol de la Vida” (3).

Notas:
1. Federico González Frías, Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos, entrada: “Memoria”,
2. Le Bahir, Livre de la clarté, 63.
3. Le Bahir, Livre de la clarté, 98.

Colección Aleteo de Mercurio 4.
En el Taller Hermético. Notas y bocetos alquímicos.
Ana Contreras.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2018.



sábado, 23 de enero de 2021

El jardín del alma

Porque ciegas están las almas de los hombres,
(¡sí!) de todo aquel que, sin las Vírgenes del Helicón,
con sabiduría de mortales explora la senda profunda del arte
(1).


El jardín simboliza una geografía sagrada, una imagen mítica del mundo, invisible a los ojos de los sentidos, habitada por dioses y espíritus sutiles. Su belleza deriva de la justa proporción, esencia del verdadero arte, regida por Apolo, aquí presente a través de una de sus Musas, Erato, “la deliciosa”, musa de la poesía lírica y los cantos sagrados. La auténtica poesía fluye de la música de su lira, a través de la cual el propio dios establece las pautas, ritmos y ciclos que regulan el crecimiento en su medida adecuada y confiere armonía a este jardín del alma.

Notas:
1. Píndaro, Peanes, VIIb, 13-15.

Colección Aleteo de Mercurio 4.
En el Taller Hermético. Notas y bocetos alquímicos.
Ana Contreras.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2018.



jueves, 7 de enero de 2021

Apolo y el oráculo

Aquí, sí, pienso levantar un hermosísimo templo
para que sea oráculo para los hombres, que para mí siempre
aquí reunirán cumplidas hecatombes,
cuantos el rico Peloponeso pueblan
y cuantos habitan Europa y en las islas, de uno y otro lado bañadas:
que vendrán a recibir el oráculo; mi certero consejo a éstos,
a todos, transmitiré profetizando en el pingüe templo
(1).

Cuenta Filóstrato que el primer templo de Apolo Febo fue construido por abejas, las cuales edificaron sus murallas con plumas de aves y cera, y añade Pausanias que el dios agradecido transportó dicho templo a la Hiperbórea, donde pasaba los inviernos entre cisnes. En Delfos, la cera tenía un papel importante en los ritos del dios geómetra, quien otorgó a los panales la perfección de su estructura.
La Ciencia Sagrada es una ciencia exacta, tan certera como las flechas del Flechador, que curan de la ignorancia.

Una refutación, o ilustrísimo rey, cuando ha sido reconocida, provoca en el refutado el deseo de conocer lo que antes ignoraba (2).


***

Y a mi corazón, cual un niño a su madre amada,
obediente, al bosque sagrado de Apolo bajé,
criador de coronas y flores,
donde a los hijos de Leto
con frecuencia las muchachas de Delfos,
junto al ombligo sombreado de la tierra, cantan
y con ligero pie la tierra tocan
(3).

Notas:
1. Himnos Homéricos, “A Apolo”, 287-293.
2. Corpus Hermeticum, Extractos de Estobeo, XXVII, “De Hermes. Del discurso de Isis a Horus”.
3. Píndaro, Peanes, VI estr. I, 12-18. Ed. Gredos, Madrid, 1984.

Colección Aleteo de Mercurio 4.
En el Taller Hermético. Notas y bocetos alquímicos.
Ana Contreras.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2018.



domingo, 20 de diciembre de 2020

La Vía Láctea

La Vía Láctea es un conjunto estelar que contiene nueve décimas partes de los astros visibles en la bóveda celeste. Dice Manilio que “no hay necesidad de buscarlo: espontáneamente se ofrece a los ojos, se muestra a sí mismo y obliga a que se le mire. En efecto, es un círculo blanco que brilla en el cielo azul, como si de improviso fuese a traer el día y a abrir el cielo”. Arato escribe sobre ella:

Si alguna vez en una noche serena, cuando la celeste Noche muestra a los hombres todas las refulgentes estrellas, y ninguna de ellas se oscurece a causa del plenilunio, sino que todas lucen claramente a través de las tinieblas; si alguna vez la admiración cautivó tu corazón en ese momento al contemplar el cielo dividido en toda su extensión por un ancho círculo, o si algún otro, próximo a ti, te señaló este anillo resplandeciente, sabe que lo llaman la Leche.

Higino, citando otras fuentes, explica que “cuando Ops [asimilada a Rea] presentó a Saturno [Cronos] una piedra en lugar del niño nacido [Zeus], él ordenó que lo amamantara. Mientras ella oprimía su mama, la leche derramada dio forma al círculo, al que ya nos hemos referido anteriormente”.

Manilio cita diversas tradiciones acerca de la génesis de la Vía Láctea: una luz nueva que se proyecta a causa del resquebrajamiento de la bóveda celeste, o por el contrario, una cicatriz o sutura luminosa formada al unir los cielos “sus espacios separados” para conformar el universo. También ha sido vista como un sendero de astros quemados por el tránsito del carro del Sol con sus caballos “durante los tiempos primigenios”, o bien por Faetón “volando a través de las constelaciones en el carro de su padre, mientras admiraba desde más cerca el insólito espectáculo del universo”. Y añade:

¿O acaso son las almas heroicas y nombres dignos del cielo que, separados de sus cuerpos y de la tierra, son devueltos desde el mundo y viajan aquí para ocupar su lugar en el cielo, vivir una vida en el éter y disfrutar del universo?


Cornelius reseña que para la tradición hebrea era un río de Luz, en la India era vista como la imagen celeste del río Ganges, y en el antiguo Egipto, como la contraparte o continuación celestial del Nilo. Según la tradición del pueblo peruano de Misminay, próximo al Cuzco, la Vía Láctea es un río que recoge agua del océano en el cual flota la Tierra devolviéndosela en forma de lluvia, y el río Vilcanota es el reflejo terrenal de dicho río celeste. Abundando en estas correspondencias simbólicas, en un acápite titulado Geografía Sagrada de la Introducción a la Ciencia Sagrada de Federico González y colaboradores leemos:

Muchas veces la propia toponimia revela las analogías y correspondencias que existen entre el orden terrestre y el celeste. Tal es el caso, por ejemplo, de la ciudad de Santiago de Compostela, palabra ésta que precisamente quiere decir “campo de estrellas”. El trazado mismo del Camino de Santiago se considera como una proyección terrestre de la Vía Láctea, queriéndose indicar así el origen celeste de ese camino.

Imagen:
La Vía Láctea como un río de leche que recorre el firmamento.
Giovanni Antonio de Varese (atribución), bóveda de la Sala del Mapamundi del Palazzo Farnese de Caprarola, 1573-1575.

Colección Aleteo de Mercurio 7.
Mitos del Cielo Estrellado.
Marc García.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, Febrero, 2020.



viernes, 4 de diciembre de 2020

Mitos del cielo de invierno

Monoceros o Unicornio

Las estrellas –apenas perceptibles en los cielos contaminados lumínicamente de nuestras ciudades– que ocupan el interior del Triángulo de invierno pertenecen a la constelación de Monoceros o Unicornio. Fue el astrónomo holandés Petrus Plancius quien dio este nombre al asterismo en el siglo XVII.

El gesto de Monoceros es el de un animal que salta por encima de la Vía Láctea. Federico González Frías escribe en la entrada “Unicornio” de su Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos:

El Unicornio es un caballo blanco con pezuñas divididas y barba de cabra, con un cuerno frontal impelido hacia arriba y que toma forma espiral, tal cual se lo puede observar en el famoso tapiz que lo representa, depositado en la abadía de Cluny. En la iconografía cristiana indica curiosamente a la Virgen fecundada por el rayo del espíritu, por eso se los vincula en muchas iconografías. En todo caso siempre está relacionado con el rayo que toca a los hombres para despertarlos, al mismo tiempo que simboliza un arma de defensa. Posteriormente esta criatura imaginaria ha sido el protagonista de numerosos escritos y leyendas que han dado lugar a múltiples obras de arte relacionadas con los contenidos de la psiqué. En China fue durante un periodo el emblema real y en Inglaterra forma parte –con el león– del escudo del monarca británico.


El Fisiólogo griego, un conocido bestiario de la Edad Media, cuenta este mito acerca del unicornio:

Hay un animal llamado dajja, extremadamente gentil, que los cazadores son incapaces de atrapar debido a su gran fortaleza. Tiene un solo cuerno en medio de la frente. Pero observad la estratagema con la que los cazadores lo atrapan. Traen a una joven doncella, pura y casta, a la que se dirige el animal cuando la ve, lanzándose sobre ella. Entonces la joven le ofrece sus senos, y el animal comienza a mamar de los pechos de la doncella, y a conducirse familiarmente con ella. La muchacha, entonces, mientras sigue sentada tranquilamente, alarga la mano y aferra el cuerno que el animal lleva en la frente; en este momento llegan los cazadores, atrapan a la bestia y la conducen ante el rey.

Imagen:
El Unicornio entre las constelaciones del Can Mayor y el Can Menor.
Alexander Jamieson, A celestial atlas comprising a systematic display of the Heaven. Londres, 1822.

Colección Aleteo de Mercurio 7.
Mitos del Cielo Estrellado.
Marc García.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, Febrero, 2020.