jueves, 20 de agosto de 2026

Hermetismo y Ciencia

VI. Nicolás Copérnico (1473 – 1543)


Pistoletazo de salida para los individuos que encarnaron la hoy considerada revolución científica. Empezamos con Nicolás Copérnico, cabeza de serie que demostró en lenguaje matemático la teoría helio-centrista del universo, la cual influiría de forma radical en el pensamiento filosófico, religioso, político y social de los siglos posteriores. Así, en De Revolutionibus, bajo el extraordinario diagrama que muestra por primera vez al sol en el centro del universo junto con la tierra y los otros planetas orbitando a su alrededor, Copérnico escribe:

Y en medio de todo permanece el Sol. Pues, ¿quién en este bellísimo templo pondría esta lámpara en otro lugar mejor, desde el que pudiera iluminar todo? Y no sin razón unos le llaman lámpara del mundo, otros mente, otros rector. Trismegisto le llamó dios visible… (1).

De lo que se desprende de forma clarísima la concepción que tenía el autor del universo: un templo inmenso iluminado por la luz radiante del sol, al que Trismegisto llamó dios visible. De este minúsculo fragmento que parece haber pasado inadvertido a muchos estudiosos de la ciencia actual se pueden extraer varias conclusiones. La primera es la concepción de un cosmos vivo en cuyo centro irradia la luminaria solar, a lo que sigue que la luminaria solar no es el fin último de la creación, o la deidad si habláramos en términos religiosos, sino que tan sólo es el aspecto visible de ésta, lo cual implica el reconocimiento del cosmos como un símbolo sagrado cuyo origen y significado se remonta más allá de la manifestado, es decir, al ámbito metafísico.

Pero vayamos por partes. ¿Quién era Nicolás Copérnico? Copérnico nació en Torun, Prusia Real, Reino de Polonia (2), un 19 de febrero de 1473 (3) en el seno de una familia acomodada dedicada al comercio. Con tan solo diez años de edad, su padre muere pasando su tutoría a manos de su tío, el poderoso obispo de Warmia, un importante hombre de estado. A partir de ese momento, Copérnico recibiría una exquisita educación que aunaba la escolástica habitual de la época junto con el influjo del pensamiento renacentista que se estaba gestando en Italia y que resonó especialmente en el incipiente científico (4). A los 18 años empieza sus estudios en la Universidad de Cracovia, uno de los centros de estudios astronómicos más florecientes de su época (5), tras lo cual seguiría una estadía en la Universidad de Bolonia donde aparte de cursar estudios en derecho canónico colaborará con Domenico Novara, a quien ayudó en sus tareas observacionales. Esto le revertiría su primera observación astronómica, el eclipse de la estrella Palilicium (Alfa Tauri, Aldebarán) por la luna el 9 de marzo de 1497 (6). Tras esta estancia viaja a Roma para finalmente regresar al norte de Italia y matricularse en estudios de medicina en la Universidad de Padua, otra de las entidades punteras del momento donde se estudiaba la obra de Avicena, Hipócrates y Galeno junto con la de otros autores como Aristóteles o Plinio. Aunque lo verdaderamente relevante de sus años en dicho centro educativo fue el imbuirse del ideal renacentista que colmaba tanto la universidad como los círculos intelectuales de la ciudad, lo cual despertó el interés del joven polaco en el estudio del griego como forma de acercarse al conocimiento de los clásicos. Tras este episodio regresa a su tierra natal donde residirá hasta el fin de sus días. Allí, se establece en el castillo de Lidzback, sede del obispado de Warmia, donde profundizó en los textos clásicos del mismo modo que siguió ahondando en la astronomía. De esta época data una curiosa traducción de varios poemas helenísticos recopilados por el historiador bizantino del siglo VII Teofalicto Simocatta, hecho que no hace sino resaltar el incipiente interés que Nicolás mostraba por los autores clásicos. Copérnico abrazaba totalmente el espíritu renacentista que estaba iluminando las distintas cortes europeas.


Las observaciones continúan y en 1507 Copérnico escribe para su círculo más cercano Commentariolus, un pequeño anticipo del tratado sobre el sistema heliocéntrico que publicaría años más tarde y que se limitó a unas pocas copias manuscritas. Aunque la obra era demasiado técnica para ser comprendida por muchos astrónomos de su tiempo, sí hubo compañeros que la recibieron con interés como Tycho Brahe, de quien hablaremos más adelante.

Tras la muerte de su tío el obispo Watzenrode, Copérnico abandona Lidzback y se establece de forma definitiva en Frombork, donde adquirió una torre desde la que poder realizar sus observaciones. De este periodo datan numerosas actividades oficiales relacionadas con el multifacético autor: la reforma del calendario —que incluye misivas a la Santa Sede—, la propuesta de una reforma financiera que afectaría a todo el país y que adelantaría una teoría cuantitativa del dinero (7), el estudio de la organización de territorios colonizados, etc. Temas en los que no ahondaremos por ser de importancia secundaria para este volumen cuyo fin es dar testimonio del origen hermético de la ciencia moderna y su influencia en la historia de las ideas.


(Continuará)

Notas:
1. Nicolás Copérnico. Sobre las Revoluciones. Ed. Altaya, Barcelona, 1994.
2. A finales del siglo XV y principios del XVI, Polonia era uno de los estados más poderosos de Europa.
3. Kepler estableció mediante métodos astrológicos la hora y el minuto, las 16:48 horas.
4. El Concilio de Constanza (1414-1418) y el de Basilea (1431-1449) habían empezado a extender de forma indirecta el humanismo italiano en la región. Además, existía cierta simpatía hacia los ideales renacentistas en la Universidad de Cracovia, donde el autor estudió.
5. Teniendo en cuenta las materias que se impartían, Copérnico conoció aquí las teorías planetarias, los problemas de la esfera, las tablas de los eclipses, los Elementos de Euclides así como también el Tetrabiblos de Ptolomeo. El historiador bávaro Hartmann Schedel recoge la fama de la universidad en el campo astronómico en su Crónica del mundo, publicado en 1493.
6. Nicolás Copérnico. Sobre las Revoluciones, op. cit.
7. En Monete cudende ratio Copérnico afirma que, para solucionar el problema de la devaluación de la moneda como consecuencia de la incorporación de varios tipos de moneda y diversas falsificaciones introducidas en el mercado, era necesario equiparar la moneda prusiana y la polaca y establecer una única casa de la moneda que diera estabilidad a la misma. Esto nos recuerda lo que René Guénon comenta sobre la corrupción de la moneda como uno de los signos más significativos de la caída del hombre del ciclo actual. René Guénon. Autorité spirituelle et pouvoir temporel. Ed. Vrin, París, 1929.

Imágenes:
1. Retrato de Nicolás Copérnico. Museo Regional de Torún, Polonia, 1580.
2. Catedral del Castillo de Warmia, residencia de Copérnico entre 1516 y 1521. Con licencia Creative Commons.
3. Torre Radziejowski en Frombork, desde donde Copérnico realizó múltiples observaciones astronómicas. Con licencia Creative Commons.

Colección Aleteo de Mercurio 11.
Hermetismo y Ciencia.
Alberto Pitarch.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2026.



miércoles, 5 de agosto de 2026

Hermetismo y Ciencia

V. Los orígenes de la ciencia moderna

En esta encrucijada surge la Tradición Hermética, rama de la Tradición Primordial propia de Occidente, motor intelectual que impulsará la realización intelectual de los hombres y mujeres de conocimiento por más de dos mil años manteniendo su mensaje completo y a la vez fresco gracias a una adaptación constante que se ha producido a través del illo tempore, siendo así como la doctrina se ha hecho comprensible y por tanto viva en los corazones de aquellos que la han reconocido como fuente de vida a lo largo del tiempo.

Y así es como la Tradición Hermética se ha ido expresando en Occidente. A través de distintas formas adecuadas al tiempo histórico que la ha recibido. Son diversos los vehículos herméticos: la Alquimia, la Aritmosofía, la Cábala, la Astrología o el Simbolismo, así como también la Filosofía, la Metafísica, la Cosmogonía, la Mitología y las artes liberales, o el arte en sus distintas vertientes (poesía, literatura, música, teatro, danza, arquitectura, artes plásticas) (1).

A lo largo del presente volumen se irán presentando distintos autores que, imbuidos del Hermetismo, dedicaron su vida a acercarse al Conocimiento. A veces los testimonios escritos que ligan al autor con la Tradición Hermética serán más evidentes, otras no tanto, qué importa. Lo que realmente interesa es poner de manifiesto el origen hermético de la ciencia y no realizar un trabajo erudito. Se quiere testimoniar la vigencia de la Tradición Hermética, aunque a veces no haya sido tan evidente o los diversos poderes temporales la hayan intentado silenciar. Sin más dilación se invita al lector a un viaje de la mano de distintos autores no muy distantes de nuestro tiempo que todavía se apoyaban en la doctrina tradicional y, cómo no, en la poesía emanada de la lira que Hermes regaló a Apolo.

Podemos decir que la ciencia moderna, aunque tenga sus raíces en la Alejandría de los siglos II a.C. a III d.C., nace con la revolución copernicana en 1543 y se consolida con los Principia Mathematica de Newton de 1687. Lo que distingue a la “nueva ciencia” de la filosofía natural del medioevo es el papel descollante de la “experimentación material” como punto de apoyo de la especulación científica. Esto concuerda con el agotamiento progresivo de las posibilidades intelectuales de la humanidad, que inhabilitada de sus capacidades más altas, aquéllas ligadas con la contemplación de los principios, ya sólo se fija en el mundo material de las formas. Lo cual va aparejado a un individualismo creciente, pues el hombre ya no es capaz de verse integrado en un todo unitario sino que, enajenado de sí mismo, sólo ve un conjunto de seres entre los cuales quiere destacar, creando de este modo una especie de competencia feroz que conducirá sin duda alguna a la extinción total de la presente humanidad. En efecto, estas características de la época actual no sólo afectan a las distintas individualidades, sino a la humanidad en general de modo que la decadencia es generalizada.

Nos gustaría detenernos un poco en el periodo llamado de la “revolución científica”. ¿Qué es lo que pasaba en Europa entre 1543 y 1687? Indudablemente fueron las guerras de la religión lo que marcaron el devenir de la sociedad de entonces. La Guerra de los Ochenta años en los Países Bajos, las Guerras de los Tres Reinos en las Islas Británicas, la Guerra de los Treinta Años en el Sacro Imperio Romano Germánico, las guerras entre el reino de Francia y el reino de Navarra, la de Colonia, etc. El tema es complejo y los protagonistas son muy dispares, y aún sin necesidad de profundizar en cada uno de los funestos sucesos sí que se puede percibir un factor común: la religión. La Reforma y la Contrarreforma ponen de relieve un cambio en la humanidad caracterizado por una creciente incomprensión de la deidad, el apropiamiento de la verdad, la manipulación del conocimiento revelado con fines individuales, la exaltación del ámbito humano y el desarrollo del poder y la posesión. Todo lo cual se extiende entre los distintos estamentos de la sociedad; la Iglesia tentada por las retribuciones temporales se vuelve hacia el valor de lo temporal, que impone mediante moralismos.

Al mismo tiempo la humanidad, influenciada por Descartes, se torna hacia una objetividad profana e ideológica fundamentada en la explicación racional y la razón aparece supeditada a los “hechos”, todo lo cual derivará en la tiranía y el despotismo y, en otro grado, en las usurpaciones de la realeza al sacerdocio, la que, aprovechando la degeneración eclesiástica y la ruptura de la autoridad sacerdotal, atacará al poder espiritual rebajándolo a lo temporal mediante la acción violenta. Así, se construyen las “religiones de estado”, una especie de códigos de confort espiritual adaptada a cada uno de los intereses reales de entonces combinando elementos intelectuales y sentimentales, fomentando con ello la confusión y aumentando el conflicto con la Iglesia de Roma. El olvido del orden jerárquico provocó de forma inmediata un desequilibrio que se tradujo en la ausencia de la idea de justicia y, en última instancia, la catástrofe (2).

Y desde ese momento del ciclo histórico la cosa no ha hecho sino empeorar. Pues a medida que avanza el tiempo la unión del hombre con su centro se ha vuelto más oculta y cerrada, siendo más difícil su acceso. La incomprensión, la vulgarización, la simplificación y la propaganda campan a sus anchas en las organizaciones iniciáticas, que, aunque deberían propiciar sobre todo el acceso a la vivencia de los estados superiores del Ser, están más preocupadas por la acción social y el poder temporal que por transmitir el mensaje intacto de la Tradición. La atrofia intelecual continúa creciendo de forma exponencial y en esta desproporción de fin de ciclo nada queda a salvo: se exalta la salud como un estado humano de privación de enfermedad limitándose ésta al ámbito físico, se promociona una conciencia sentimental moralista que aniquila cualquier brillo intelectual mediante la opinión de clase, se adora al trabajo considerándolo como un medio de “dignidad” del ser humano cuando en realidad sólo es una acción más que contribuye a acelerar el tiempo, se potencia la estética vacía de belleza y el formalismo y el ceremonialismo, frutos ellos del humanismo más rancio, se confunde lo accidental con lo esencial, se adulan los sistemas filosóficos individualistas que cortan con lo trascendente, se promueven valores como la austeridad y el sufrimiento y, en fin, se comparte una angustia general que no puede ser sino el resultado de una necesidad de agitación y una inquietud perpetua, fruto del ser que todo lo busca fuera de sí porque se siente vacío.

Aunque no todo está perdido; el Espíritu está aquí y está para quedarse, si acaso pudiera hablarse en algún tiempo verbal sobre aquello que es Eterno. Pese a la huelga de escuchas que anuncian el fin de la presente humanidad, todavía se oyen los pasos de esa divinidad antediluviana, Hermes, y se puede acceder de su mano a la pura intelectualidad que no es otra cosa que el Conocimiento en mayúsculas. La actividad verdaderamente científica y artística no se demuestra con el número de publicaciones, el éxito en taquilla o la pretendida originalidad de los “descubrimientos” o “reinterpretaciones”, sino con el estudio de los textos sagrados, el despertar de la conciencia de solidaridad cósmica que existe en el ser humano y la contemplación del Ser. Se trata de encarnar en un mismo corazón al artesano y a su obra, de la colaboración consciente y efectiva en el plan divino y, en definitiva, de la naturalidad y
la sencillez que otorga el saber de las potencialidades humanas, el que lo ubica en el seno del Ser Universal. No hay nada profano, ni lo habrá jamás; sólo existe un punto de vista profano que es consecuencia de la degeneración intelectual de la humanidad.

O sea, que el contexto histórico en el que vivieron los autores que comparecerán en este volumen no era el más propicio para la coagulación de las ideas celestes. Sin embargo, a pesar de su medio adverso y de una mentalidad atrofiada, lograron transmitir a su manera el conocimiento de una realidad oculta más allá de las ciencias experimentales, directamente ligada con la Cosmogonía, la Ontología, el Ser Universal y la Metafísica. Y aún hoy hay quienes considerando el mundo como algo inacabado y sabiéndose colaboradores de su creación, laboran sin cesar para restaurar la verdad de forma directa, asidos a un eje invisible en torno al cual pivotan todas las contingencias y que es en sí mismo inmutable. Todavía hoy hay quienes, movidos por la inspiración y la revelación, caminan hacia la conquista de la Gran Paz.


(Continuará)

Notas:
1. Federico González y cols. Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha. Ed. SYMBOLOS, Barcelona, 2003.

2. Un ejemplo muy claro de estas “religiones de estado” es el Anglicanismo, impuesto por Enrique VIII de Inglaterra para conseguir divorciarse de Catalina de Aragón, su primera esposa.

Imagen:
1. Alineaciones de Carnac (3500 a.C.), Bretaña francesa. Fotografía tomada por Alberto Pitarch.

Colección Aleteo de Mercurio 11.
Hermetismo y Ciencia.
Alberto Pitarch.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2026.