miércoles, 5 de agosto de 2026

Hermetismo y Ciencia

V. Los orígenes de la ciencia moderna

En esta encrucijada surge la Tradición Hermética, rama de la Tradición Primordial propia de Occidente, motor intelectual que impulsará la realización intelectual de los hombres y mujeres de conocimiento por más de dos mil años manteniendo su mensaje completo y a la vez fresco gracias a una adaptación constante que se ha producido a través del illo tempore, siendo así como la doctrina se ha hecho comprensible y por tanto viva en los corazones de aquellos que la han reconocido como fuente de vida a lo largo del tiempo.

Y así es como la Tradición Hermética se ha ido expresando en Occidente. A través de distintas formas adecuadas al tiempo histórico que la ha recibido. Son diversos los vehículos herméticos: la Alquimia, la Aritmosofía, la Cábala, la Astrología o el Simbolismo, así como también la Filosofía, la Metafísica, la Cosmogonía, la Mitología y las artes liberales, o el arte en sus distintas vertientes (poesía, literatura, música, teatro, danza, arquitectura, artes plásticas) (1).

A lo largo del presente volumen se irán presentando distintos autores que, imbuidos del Hermetismo, dedicaron su vida a acercarse al Conocimiento. A veces los testimonios escritos que ligan al autor con la Tradición Hermética serán más evidentes, otras no tanto, qué importa. Lo que realmente interesa es poner de manifiesto el origen hermético de la ciencia y no realizar un trabajo erudito. Se quiere testimoniar la vigencia de la Tradición Hermética, aunque a veces no haya sido tan evidente o los diversos poderes temporales la hayan intentado silenciar. Sin más dilación se invita al lector a un viaje de la mano de distintos autores no muy distantes de nuestro tiempo que todavía se apoyaban en la doctrina tradicional y, cómo no, en la poesía emanada de la lira que Hermes regaló a Apolo.

Podemos decir que la ciencia moderna, aunque tenga sus raíces en la Alejandría de los siglos II a.C. a III d.C., nace con la revolución copernicana en 1543 y se consolida con los Principia Mathematica de Newton de 1687. Lo que distingue a la “nueva ciencia” de la filosofía natural del medioevo es el papel descollante de la “experimentación material” como punto de apoyo de la especulación científica. Esto concuerda con el agotamiento progresivo de las posibilidades intelectuales de la humanidad, que inhabilitada de sus capacidades más altas, aquéllas ligadas con la contemplación de los principios, ya sólo se fija en el mundo material de las formas. Lo cual va aparejado a un individualismo creciente, pues el hombre ya no es capaz de verse integrado en un todo unitario sino que, enajenado de sí mismo, sólo ve un conjunto de seres entre los cuales quiere destacar, creando de este modo una especie de competencia feroz que conducirá sin duda alguna a la extinción total de la presente humanidad. En efecto, estas características de la época actual no sólo afectan a las distintas individualidades, sino a la humanidad en general de modo que la decadencia es generalizada.

Nos gustaría detenernos un poco en el periodo llamado de la “revolución científica”. ¿Qué es lo que pasaba en Europa entre 1543 y 1687? Indudablemente fueron las guerras de la religión lo que marcaron el devenir de la sociedad de entonces. La Guerra de los Ochenta años en los Países Bajos, las Guerras de los Tres Reinos en las Islas Británicas, la Guerra de los Treinta Años en el Sacro Imperio Romano Germánico, las guerras entre el reino de Francia y el reino de Navarra, la de Colonia, etc. El tema es complejo y los protagonistas son muy dispares, y aún sin necesidad de profundizar en cada uno de los funestos sucesos sí que se puede percibir un factor común: la religión. La Reforma y la Contrarreforma ponen de relieve un cambio en la humanidad caracterizado por una creciente incomprensión de la deidad, el apropiamiento de la verdad, la manipulación del conocimiento revelado con fines individuales, la exaltación del ámbito humano y el desarrollo del poder y la posesión. Todo lo cual se extiende entre los distintos estamentos de la sociedad; la Iglesia tentada por las retribuciones temporales se vuelve hacia el valor de lo temporal, que impone mediante moralismos.

Al mismo tiempo la humanidad, influenciada por Descartes, se torna hacia una objetividad profana e ideológica fundamentada en la explicación racional y la razón aparece supeditada a los “hechos”, todo lo cual derivará en la tiranía y el despotismo y, en otro grado, en las usurpaciones de la realeza al sacerdocio, la que, aprovechando la degeneración eclesiástica y la ruptura de la autoridad sacerdotal, atacará al poder espiritual rebajándolo a lo temporal mediante la acción violenta. Así, se construyen las “religiones de estado”, una especie de códigos de confort espiritual adaptada a cada uno de los intereses reales de entonces combinando elementos intelectuales y sentimentales, fomentando con ello la confusión y aumentando el conflicto con la Iglesia de Roma. El olvido del orden jerárquico provocó de forma inmediata un desequilibrio que se tradujo en la ausencia de la idea de justicia y, en última instancia, la catástrofe (2).

Y desde ese momento del ciclo histórico la cosa no ha hecho sino empeorar. Pues a medida que avanza el tiempo la unión del hombre con su centro se ha vuelto más oculta y cerrada, siendo más difícil su acceso. La incomprensión, la vulgarización, la simplificación y la propaganda campan a sus anchas en las organizaciones iniciáticas, que, aunque deberían propiciar sobre todo el acceso a la vivencia de los estados superiores del Ser, están más preocupadas por la acción social y el poder temporal que por transmitir el mensaje intacto de la Tradición. La atrofia intelecual continúa creciendo de forma exponencial y en esta desproporción de fin de ciclo nada queda a salvo: se exalta la salud como un estado humano de privación de enfermedad limitándose ésta al ámbito físico, se promociona una conciencia sentimental moralista que aniquila cualquier brillo intelectual mediante la opinión de clase, se adora al trabajo considerándolo como un medio de “dignidad” del ser humano cuando en realidad sólo es una acción más que contribuye a acelerar el tiempo, se potencia la estética vacía de belleza y el formalismo y el ceremonialismo, frutos ellos del humanismo más rancio, se confunde lo accidental con lo esencial, se adulan los sistemas filosóficos individualistas que cortan con lo trascendente, se promueven valores como la austeridad y el sufrimiento y, en fin, se comparte una angustia general que no puede ser sino el resultado de una necesidad de agitación y una inquietud perpetua, fruto del ser que todo lo busca fuera de sí porque se siente vacío.

Aunque no todo está perdido; el Espíritu está aquí y está para quedarse, si acaso pudiera hablarse en algún tiempo verbal sobre aquello que es Eterno. Pese a la huelga de escuchas que anuncian el fin de la presente humanidad, todavía se oyen los pasos de esa divinidad antediluviana, Hermes, y se puede acceder de su mano a la pura intelectualidad que no es otra cosa que el Conocimiento en mayúsculas. La actividad verdaderamente científica y artística no se demuestra con el número de publicaciones, el éxito en taquilla o la pretendida originalidad de los “descubrimientos” o “reinterpretaciones”, sino con el estudio de los textos sagrados, el despertar de la conciencia de solidaridad cósmica que existe en el ser humano y la contemplación del Ser. Se trata de encarnar en un mismo corazón al artesano y a su obra, de la colaboración consciente y efectiva en el plan divino y, en definitiva, de la naturalidad y
la sencillez que otorga el saber de las potencialidades humanas, el que lo ubica en el seno del Ser Universal. No hay nada profano, ni lo habrá jamás; sólo existe un punto de vista profano que es consecuencia de la degeneración intelectual de la humanidad.

O sea, que el contexto histórico en el que vivieron los autores que comparecerán en este volumen no era el más propicio para la coagulación de las ideas celestes. Sin embargo, a pesar de su medio adverso y de una mentalidad atrofiada, lograron transmitir a su manera el conocimiento de una realidad oculta más allá de las ciencias experimentales, directamente ligada con la Cosmogonía, la Ontología, el Ser Universal y la Metafísica. Y aún hoy hay quienes considerando el mundo como algo inacabado y sabiéndose colaboradores de su creación, laboran sin cesar para restaurar la verdad de forma directa, asidos a un eje invisible en torno al cual pivotan todas las contingencias y que es en sí mismo inmutable. Todavía hoy hay quienes, movidos por la inspiración y la revelación, caminan hacia la conquista de la Gran Paz.


(Continuará)

Notas:
1. Federico González y cols. Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha. Ed. SYMBOLOS, Barcelona, 2003.

2. Un ejemplo muy claro de estas “religiones de estado” es el Anglicanismo, impuesto por Enrique VIII de Inglaterra para conseguir divorciarse de Catalina de Aragón, su primera esposa.

Imagen:
1. Alineaciones de Carnac (3500 a.C.), Bretaña francesa. Fotografía tomada por Alberto Pitarch.

Colección Aleteo de Mercurio 11.
Hermetismo y Ciencia.
Alberto Pitarch.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2026.



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