lunes, 8 de junio de 2026

Hermetismo y Ciencia

I. Prólogo

La idea del contenido y el título de este cuaderno nace del estudio “Apuntes sobre Hermetismo y Ciencia” que Federico González incluye como capítulo tercero en su libro Hermetismo y Masonería. El acápite comienza así:

A menudo nos hemos topado con el tema de las relaciones entre Hermetismo y ciencia experimental en diversos autores, al punto de ser hoy una referencia habitual en la Historia de la Ciencia. En efecto, las disciplinas que conformarán la Ciencia Moderna, es decir la Cosmología, Matemáticas, Geografía, Física, Medicina, Farmacopea, Química e Ingeniería en general, etc., o sea, el conjunto de materias, con la inclusión de algunas disciplinas recientes como la Psicología, que conforman la civilización occidental –y que otras tradiciones han elaborado igualmente y de las que somos herederos– ha sido el producto de una corriente sapiencial de energías puestas bajo la advocación del dios Hermes, al igual que otras realizaciones culturales que mencionamos en otros artículos (1).

Que la tradición de Hermes, escriba de los dioses y numen dador de las ciencias y las artes sagradas que permitieron a nuestros ancestros adentrarse en los misterios de la cosmogonía para acceder al verdadero Conocimiento, sea también el origen de las disciplinas científicas modernas –un enorme conjunto de saberes parciales cuyos cultores desconocen, o aún peor, niegan la fuente de lo que practican tachando de acientífico o falso todo lo que no es mensurable o registrable de alguna manera, incluido por supuesto aquello tocante al espíritu y la verdadera intelectualidad– es una gran paradoja. O al menos en apariencia. El porqué del asunto tiene que ver, en última instancia, con las leyes universales que rigen los ciclos cósmicos, las cuales determinan la “caída”inexorable de lo que viene a la existencia desde el mismo instante de su aparición en el gran teatro de la vida. Quien nace ha de morir tarde o temprano por el simple motivo de que el cuerpo del otrora un bebé enferma, o se pone viejo y ya no da más de sí, algo que es tan inherente a la naturaleza humana como la pérdida de las hojas en una planta caducifolia. Lo que para el pensamiento tradicional no es nada más que un tránsito necesario para la regeneración, una disolución liberadora que permite la coagulación en otro estado del ser, la ciencia moderna lo contempla como algo horrible que debe ser combatido a toda costa, o al menos retrasado en lo posible, con toneladas de píldoras, terapias génicas, trasplantes de tejidos e implantes bioingenieriles.

Aunque se suele fijar el siglo XVII, y más concretamente la publicación del Discurso del método de René Descartes (1596-1650) como el momento en que se produce el divorcio entre la visión tradicional y la ciencia moderna, dicha ruptura fue más bien un proceso gradual y con altibajos cuyos antecedentes se remontan a la baja Edad Media, época en que la filosofía natural se abre progresivamente a la experimentación. Seguramente es Roger Bacon (ca. 1214 - ca. 1294) el mejor exponente de un cambio de pensamiento “totalmente revolucionario para su época”, que Federico González ilustra con algunas citas del Opus Maius (1267) del científico inglés:

Expuestas las raíces de la sabiduría de los latinos en las lenguas, en la matemática y en la perspectiva, quiero ahora poner al descubierto las raíces de la misma por la ciencia experimental, ya que, sin la experiencia, nada se puede saber suficientemente. En efecto, dos son los modos del conocer, a saber, por la argumentación y por la experiencia. La argumentación concluye y nos hace conceder la conclusión, pero no nos deja ciertos sin hacer desaparecer toda duda, de suerte que quede el ánimo aquietado con la contemplación de la verdad, si no la encuentra por la vía de la experiencia: muchos tienen argumentos para probar las proposiciones, pero como no tienen experiencia, las desprecian, y así no evitan el mal ni van tras el bien. Si uno que nunca ha visto el fuego ha demostrado con argumentos suficientes que el fuego quema y ataca a las cosas y las destruye, nunca por sólo eso se aquietaría el ánimo del que le oyese, ni huiría del fuego antes de poner la mano o un objeto combustible al fuego, para comprobar así por la experiencia lo que el raciocinio le había demostrado. Pero una vez obtenida la experiencia del hecho de la combustión, queda con certeza, el ánimo descansa con la evidencia de la verdad. Luego no basta el raciocinio, sino que se requiere la experiencia. (Sexta parte: Sobre la ciencia experimental, cap. I).

Pero como esta ciencia experimental es ignorada por completo de la masa de los que estudian, no puedo, por eso, tratar de convencerles de su utilidad si antes no hago ver su eficacia y su índole especial. Pues bien: ésta es la única que sabe muy bien por experiencia lo que se puede hacer por las fuerzas naturales, y lo que se puede por el esfuerzo del arte, por el fraude, qué pretenden y qué sueñan los poemas, las conjuraciones, las invocaciones, las deprecaciones, los sacrificios, todo ello de arte de magia, y lo que en ellos se hace, para eliminar toda falsedad, y retener solamente el auténtico arte. (Id., cap. II) (2).

Y Federico añade:

Sin embargo esta experimentación de la que trata R. Bacon no es sólo física, como podría pensarse, él mismo se encarga de transmitírnoslo, ya que su grado más alto es la Revelación; es decir que el Conocimiento de lo Sagrado es la mayor experiencia, aunque también incluye la magia en sus dos vertientes: la que se apoya en la naturaleza de las cosas, y la que utiliza trucos que de alguna manera violentan esa naturaleza, o sea que hay una magia “buena” y otra “mala”, o mejor, hay dos formas de actuar respecto a la naturaleza, una es lícita y la otra no lo es.

(...)

Para el pensamiento de R. Bacon, si la experimentación es una forma de la magia natural y la alquimia una forma de la teúrgia aplicada al Conocimiento y a la obtención de un logro total –la Panacea Universal– todo el proceso de aprendizaje (matemático, cosmográfico, físico, médico, de laboratorio) es parte de un Saber Único, la Ciencia Sagrada. Aunque parezca curioso, este tipo de conceptos han materializado finalmente en la Ciencia Moderna, cuyos supuestos, como hemos expresado, están totalmente invertidos con respecto a estas conclusiones y a toda idea relacionada directa o indirectamente con lo sagrado, discutiendo, o negando, incluso, sus orígenes históricos, como ya hemos señalado (3).

(Extracto del Prólogo: Marc García)

(Continuará)

Notas:
1. Federico González. Hermetismo y Masonería. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2016.
2. Op. cit.
3. Ibid.

Imagen:
1. Enorme esfera celestial construida entre 1570-79 por Chrisopher Schissle en Augsburgo; grabado en Uraniborg y recogido en Astronomiæ Instauratæ Mechanica (Tycho Brahe, 1602). Smithsonian Libraries.

Colección Aleteo de Mercurio 11.
Hermetismo y Ciencia.
Alberto Pitarch.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2026.