miércoles, 17 de junio de 2026

Hermetismo y Ciencia

II. Los orígenes de la ciencia moderna

Se podría afirmar que la curiosidad es el motor que mueve al ser humano. Gracias a ella, el hombre y la mujer de nuestros días da un paso más allá y avanza hacia lo desconocido. Se cuestiona los límites de lo establecido, investiga y se adentra en realidades ignotas hasta entonces. La curiosidad es innata al ser humano, quien desde tiempos inmemoriales se ha preguntado acerca de su posición en el mundo, ¿quién soy? ¿de dónde vengo? ¿a dónde voy?

Si nos fijamos en su etimología, que revela el sentido y significado original de la palabra, vemos que proviene del latín curiositas “deseo de saber”. O sea, que la curiosidad es esa fuerza interna intrínseca que lleva al hombre a desear (amar) la Sabiduría, uno de los grados más altos de Conocimiento.

Pero, ¿qué es entonces el Conocimiento? ¿Cómo puede ser algo tan poderoso como para interpelar al ser humano y condicionar completamente su existencia en su búsqueda? Detengámonos a descubrirlo. Empezaremos diciendo qué no es. El Conocimiento no es la acumulación de pequeños saberes contingentes cercados por este o aquel campo de actuación. Tampoco es un grado que se adquiere al finalizar el curso de determinados estudios o un diploma que se obtiene tras la realización de pruebas constantes. Todo esto está muy lejos de lo que verdaderamente es conocer. En primer lugar porque el auténtico conocimiento trata sobre todo de un proceso interno, no dual, y, por lo tanto, excluyente de los pequeños saberes contingentes —por incluirlos a todos sin excepción—. O sea, que no necesita de la aprobación de un tercero que decida sobre su adquisición o valía. En segundo lugar, porque al tratarse de un proceso interno sólo dependerá de uno mismo y de su ímpetu y voluntad para adentrarse en él. En suma, el Conocimiento es el acceso a los estados más altos de uno mismo a través de una escala gradual que lleva al ser humano al máximo de sus posibilidades, traspasando el ámbito humano e individual e identificándolo con la totalidad de lo manifestado —y no manifestado—, es decir, una penetración en espacios mucho más allá de lo físico, psicológico y anímico, que tocan a lo espiritual y reposan finalmente en el ámbito metafísico.

El Conocimiento es, pues, conocerse, tomar conciencia de sí mismo y cerciorarse sobre la verdadera posición que le está asignada al ser humano en el mundo. Lo que precisamente es análogo al origen de la palabra “ciencia” —del latín scientia, de scire, “conocer”—. En estrecha relación con estas etimologías también encontramos a la filosofía, que deriva del griego philos, amor, y sophia, sabiduría. Lo cual nos remite directamente a la Antigüedad, pues es conocido que entonces no existía diferencia entre ciencia y filosofía ya que ambas se referían a la misma empresa, aquélla que llevaba al ser humano curioso a trascender sus límites y le impelía a explorar el más allá (1). Ligado con los procesos internos que simbolizan tanto la ciencia como la filosofía, también cabe considerar del mismo modo al arte en todas sus expresiones, pues en su origen no significaba otra cosa que un proceso intermediario mediante el cual el hombre hacía una obra de arte consigo mismo. Es decir, un medio a través del cual comprender el modelo cósmico, que es el modelo de uno mismo, y, habiéndolo comprendido, trascenderlo y adentrarse en el ámbito metafísico, meta última de cualquier aventura de conocimiento.

En una sociedad arcaica o tradicional, cada actividad ordinaria reflejaba las leyes naturales que al mismo tiempo estaban simbolizando las ideales y éstas a las arquetípicas, o sea que cada momento del transcurrir diario era un valioso soporte con el que adentrarse en mundos más sutiles y vivir en un constante hacer sagrado. Y si reculáramos aún más atrás en el tiempo y de acuerdo a las leyes cíclicas de un cosmos vivo, nos apercibiríamos de que incluso la existencia de dichas actividades era nula, pues el hombre vivía en un estado adánico, en lo que se conoce en la cultura clásica como Edad de Oro, teniendo acceso directo al Conocimiento y por lo tanto viviendo sin la necesidad de realizar actividades que le sirvieran de soporte. El hombre antiguo vivía en armonía perpetua con el medio que le rodeaba, incluyendo desde los estados más groseros y formales hasta los más sutiles y angélicos, participando plenamente de todo su despliegue. Él habitaba en el eterno presente. Platón lo dejó escrito en un fragmento del Critias que Federico González recogió a su vez en una de sus obras teatrales; en él se puede apreciar que con el inicio del devenir cíclico, el ser humano primordial se va alejando cada vez más del Principio:

Otro —Dejadnos que leamos el discurso de Critias: “Durante muchas generaciones, mientras la naturaleza del dios era suficientemente fuerte, obedecían las leyes y estaban bien dispuestos hacia lo divino emparentado con ellos. Poseían pensamientos verdaderos y grandes en todo sentido, ya que aplicaban la suavidad junto con la prudencia a los avatares que siempre ocurren y unos a otros, por lo que, excepto la virtud, despreciaban todo lo demás, tenían en poco las circunstancias presentes y soportaban con facilidad, como una molestia, el peso del oro y de las otras posesiones”.
Otro —“No se equivocaban embriagados por la vida licenciosa, ni perdían el dominio de sí a causa de la riqueza, sino que, sobrios, reconocían con claridad que todas estas cosas crecen de la amistad unida a la virtud común, pero que con la persecución y la honra de los bienes exteriores, éstos decaen y se destruye la virtud con ellos. Sobre la base de tal razonamiento y mientras permanecía la naturaleza divina, prosperaron todos sus bienes, que describimos antes. Mas cuando se agotó en ellos la parte divina porque se había mezclado muchas veces con muchos mortales y predominó el carácter humano, ya no pudieron soportar las circunstancias que los rodeaban y se pervirtieron; y al que los podía observar le parecían desvergonzados, ya que habían destruido lo más bello de entre lo más valioso, y los que no pudieron observar la vida verdadera respecto de la felicidad, creían entonces que eran los más perfectos y felices, porque estaban llenos de injusta soberbia y de poder”.
Otro —Pero, ¿cómo? ¿Acaso me dices que me he autosugestionado por más de veinte años para que al final no haya nada?
Otro —(El anterior le contesta) Sí, nada de lo que podría afirmarse que es algo (2).

¿Quién, entonces, con su estrechez mental puede juzgar a las sociedades arcaicas como “primitivas”, dibujándolas como integradas por una especie de homínidos cuyo lenguaje se limitaba a hacer chiscar dos piedras y pegar berridos como si de bestias ebrias se trataran? En fin, ¿qué se puede esperar del humanoide del siglo XXI, gobernado íntegramente por una mente que se ha modelado con la especialización técnica, las cadenas de montaje industrial, el consumismo extremo y el algoritmo estadístico? Como resultado de esta farsa, se tiende hoy en día a valorar todo a través de las leyes de causa-efecto, la prueba estadística y la materialización, sin adentrarse en las fuerzas motoras que lo originan y que en esencia son las mismas en toda ciencia, aunque en distinta combinación. Lo que quiere decir que si hubo culturas intelectualmente más brillantes que la actual —cosa harto fácil, por otro lado—, aunque no haya rastro arqueológico-formal de ellas, no por ello pueden ser consideradas como inexistentes; y que si esas civilizaciones dejaron, en lugar de un idioma inteligible por el hombre contemporáneo, un lenguaje basado en los símbolos universales —como son las pinturas parietales—, es un sinsentido que sean vistas a los ojos del ser humano del siglo XXI como inferiores y conformadas por unos primitivos cuya única preocupación era llevarse el pedazo de carne a la boca. ¿Y qué decir de todas aquellas culturas que no pusieron nada por escrito ni grabaron en la piedra porque no necesitaban dejar testimonio de nada, pues todos sus miembros compartían la universalidad del cosmos, su trascendencia y su visión de Unidad? El ser humano actual no comprende porque no conoce y como no conoce, lo niega por temor y por egoísmo, pues siempre se quiere ser alguien en este mundo pestilente de especializaciones, galones, títulos y aburridísimas composturas. ¿Cómo no reconocer la superioridad intelectual del primer ser humano? ¡Venga el arcaico al presente!

Existe un lenguaje revelado que se ha expresado mediante símbolos a través del tiempo y que gracias a su estudio, comprensión y reconocimiento permite adentrarse en otros mundos más sutiles donde se puede apreciar la unidad en el pensamiento, desde la China hasta Cancún, desde Segovia hasta Nepal. El origen es el mismo, los arquetipos y las ideas son también los mismos; es sólo su expresión la que se ha ido adaptando para hacerse inteligible a cada momento cíclico. La Tradición es eso: la transmisión, adaptación, enseñanza, manducación y vivificación de las verdades eternas reveladas al ser humano desde el origen de los tiempos. Esto es el amor a la Sabiduría y así se accede al Conocimiento. No importa en qué lugar o tiempo histórico se sitúe el neófito. La posibilidad permanece siempre ahí, latente, adaptada a la humanidad de cada ciclo cósmico. Y aquí en Occidente es la Tradición Hermética la que cumple esta función.

Antiquísimos conocimientos patrimonio de la Tradición Unánime fueron revelados a los sabios egipcios, persas y caldeos. Ellos se valieron de la mitología y el rito, del estudio de la armonía musical, de los astros, de la matemática y geometría sagradas, y de diversos vehículos iniciáticos que permiten acceder a los Misterios, para recrear la Filosofía Perenne diseñando y construyendo un corpus de ideas que ha sido el germen del pensamiento metafísico de Occidente conocido con el nombre de Tradición Hermética, rama occidental de la Tradición Primordial. Hermes Trismegisto, el Tres Veces Grande, da nombre a esta tradición. En verdad, Hermes es el nombre griego de un ser arquetípico invisible que todos los pueblos conocieron y que fue nombrado de distintas maneras. Se trata de un espíritu intermediario entre los dioses y los hombres, de una deidad instructora y educadora, de un curandero divino que revela sus mensajes a todo verdadero iniciado: el que ha pasado por la muerte y la ha vencido (3).


Será entonces de la mano de Hermes y la ciencia hermética como nos adentraremos en el estudio de la ciencia en los albores de la era moderna a través de las espiras del tiempo, penetrando en las obras de algunos autores célebres que las desarrollaron hasta sus últimas consecuencias, basándose todavía en los principios metafísicos.

(Continuará)

Notas:
1. Más allá de lo conocido. Sin que ello signifique algo externo y ajeno a uno mismo, sino por el contrario adentrarse en el conocimiento de sí mismo. La revelación constante de estados que, hallándose más allá de lo ordinario, están presentes en la conciencia del ser humano en su día a día.
2. Federico González. Rapsodia. Obra en tres actos. Ed. SYMBOLOS, Barcelona, 2015.
3. Federico González y cols. Introducción a la Ciencia Sagrada: Programa Agartha. Ed. SYMBOLOS, Barcelona, 2003.

Imagen:
1. Estatua de Mercurio en mármol. Bertel Thorvaldsen (1770-1844). Thorvalden Museum, Copenhage, Dinamarca.

Colección Aleteo de Mercurio 11.
Hermetismo y Ciencia.
Alberto Pitarch.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2026.



lunes, 8 de junio de 2026

Hermetismo y Ciencia

I. Prólogo

La idea del contenido y el título de este cuaderno nace del estudio “Apuntes sobre Hermetismo y Ciencia” que Federico González incluye como capítulo tercero en su libro Hermetismo y Masonería. El acápite comienza así:

A menudo nos hemos topado con el tema de las relaciones entre Hermetismo y ciencia experimental en diversos autores, al punto de ser hoy una referencia habitual en la Historia de la Ciencia. En efecto, las disciplinas que conformarán la Ciencia Moderna, es decir la Cosmología, Matemáticas, Geografía, Física, Medicina, Farmacopea, Química e Ingeniería en general, etc., o sea, el conjunto de materias, con la inclusión de algunas disciplinas recientes como la Psicología, que conforman la civilización occidental –y que otras tradiciones han elaborado igualmente y de las que somos herederos– ha sido el producto de una corriente sapiencial de energías puestas bajo la advocación del dios Hermes, al igual que otras realizaciones culturales que mencionamos en otros artículos (1).

Que la tradición de Hermes, escriba de los dioses y numen dador de las ciencias y las artes sagradas que permitieron a nuestros ancestros adentrarse en los misterios de la cosmogonía para acceder al verdadero Conocimiento, sea también el origen de las disciplinas científicas modernas –un enorme conjunto de saberes parciales cuyos cultores desconocen, o aún peor, niegan la fuente de lo que practican tachando de acientífico o falso todo lo que no es mensurable o registrable de alguna manera, incluido por supuesto aquello tocante al espíritu y la verdadera intelectualidad– es una gran paradoja. O al menos en apariencia. El porqué del asunto tiene que ver, en última instancia, con las leyes universales que rigen los ciclos cósmicos, las cuales determinan la “caída”inexorable de lo que viene a la existencia desde el mismo instante de su aparición en el gran teatro de la vida. Quien nace ha de morir tarde o temprano por el simple motivo de que el cuerpo del otrora un bebé enferma, o se pone viejo y ya no da más de sí, algo que es tan inherente a la naturaleza humana como la pérdida de las hojas en una planta caducifolia. Lo que para el pensamiento tradicional no es nada más que un tránsito necesario para la regeneración, una disolución liberadora que permite la coagulación en otro estado del ser, la ciencia moderna lo contempla como algo horrible que debe ser combatido a toda costa, o al menos retrasado en lo posible, con toneladas de píldoras, terapias génicas, trasplantes de tejidos e implantes bioingenieriles.

Aunque se suele fijar el siglo XVII, y más concretamente la publicación del Discurso del método de René Descartes (1596-1650) como el momento en que se produce el divorcio entre la visión tradicional y la ciencia moderna, dicha ruptura fue más bien un proceso gradual y con altibajos cuyos antecedentes se remontan a la baja Edad Media, época en que la filosofía natural se abre progresivamente a la experimentación. Seguramente es Roger Bacon (ca. 1214 - ca. 1294) el mejor exponente de un cambio de pensamiento “totalmente revolucionario para su época”, que Federico González ilustra con algunas citas del Opus Maius (1267) del científico inglés:

Expuestas las raíces de la sabiduría de los latinos en las lenguas, en la matemática y en la perspectiva, quiero ahora poner al descubierto las raíces de la misma por la ciencia experimental, ya que, sin la experiencia, nada se puede saber suficientemente. En efecto, dos son los modos del conocer, a saber, por la argumentación y por la experiencia. La argumentación concluye y nos hace conceder la conclusión, pero no nos deja ciertos sin hacer desaparecer toda duda, de suerte que quede el ánimo aquietado con la contemplación de la verdad, si no la encuentra por la vía de la experiencia: muchos tienen argumentos para probar las proposiciones, pero como no tienen experiencia, las desprecian, y así no evitan el mal ni van tras el bien. Si uno que nunca ha visto el fuego ha demostrado con argumentos suficientes que el fuego quema y ataca a las cosas y las destruye, nunca por sólo eso se aquietaría el ánimo del que le oyese, ni huiría del fuego antes de poner la mano o un objeto combustible al fuego, para comprobar así por la experiencia lo que el raciocinio le había demostrado. Pero una vez obtenida la experiencia del hecho de la combustión, queda con certeza, el ánimo descansa con la evidencia de la verdad. Luego no basta el raciocinio, sino que se requiere la experiencia. (Sexta parte: Sobre la ciencia experimental, cap. I).

Pero como esta ciencia experimental es ignorada por completo de la masa de los que estudian, no puedo, por eso, tratar de convencerles de su utilidad si antes no hago ver su eficacia y su índole especial. Pues bien: ésta es la única que sabe muy bien por experiencia lo que se puede hacer por las fuerzas naturales, y lo que se puede por el esfuerzo del arte, por el fraude, qué pretenden y qué sueñan los poemas, las conjuraciones, las invocaciones, las deprecaciones, los sacrificios, todo ello de arte de magia, y lo que en ellos se hace, para eliminar toda falsedad, y retener solamente el auténtico arte. (Id., cap. II) (2).

Y Federico añade:

Sin embargo esta experimentación de la que trata R. Bacon no es sólo física, como podría pensarse, él mismo se encarga de transmitírnoslo, ya que su grado más alto es la Revelación; es decir que el Conocimiento de lo Sagrado es la mayor experiencia, aunque también incluye la magia en sus dos vertientes: la que se apoya en la naturaleza de las cosas, y la que utiliza trucos que de alguna manera violentan esa naturaleza, o sea que hay una magia “buena” y otra “mala”, o mejor, hay dos formas de actuar respecto a la naturaleza, una es lícita y la otra no lo es.

(...)

Para el pensamiento de R. Bacon, si la experimentación es una forma de la magia natural y la alquimia una forma de la teúrgia aplicada al Conocimiento y a la obtención de un logro total –la Panacea Universal– todo el proceso de aprendizaje (matemático, cosmográfico, físico, médico, de laboratorio) es parte de un Saber Único, la Ciencia Sagrada. Aunque parezca curioso, este tipo de conceptos han materializado finalmente en la Ciencia Moderna, cuyos supuestos, como hemos expresado, están totalmente invertidos con respecto a estas conclusiones y a toda idea relacionada directa o indirectamente con lo sagrado, discutiendo, o negando, incluso, sus orígenes históricos, como ya hemos señalado (3).

(Extracto del Prólogo: Marc García)

(Continuará)

Notas:
1. Federico González. Hermetismo y Masonería. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2016.
2. Op. cit.
3. Ibid.

Imagen:
1. Enorme esfera celestial construida entre 1570-79 por Chrisopher Schissle en Augsburgo; grabado en Uraniborg y recogido en Astronomiæ Instauratæ Mechanica (Tycho Brahe, 1602). Smithsonian Libraries.

Colección Aleteo de Mercurio 11.
Hermetismo y Ciencia.
Alberto Pitarch.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2026.