lunes, 5 de octubre de 2026

Hermetismo y Ciencia

IX. Tycho Brahe (1546 – 1601)


Retrocedemos ahora en el tiempo para conocer más de cerca a uno de los mentores de Kepler. Tycho Brahe nace en 1546 bajo el Sol de Sagitario en Escania, localidad perteneciente al antiguo Reino de Dinamarca y Noruega, y actualmente a Suecia. Miembro de una de las familias nobiliarias más importantes del país, su padre participaba en el Rigsraad, una especie de Consejo del Reino formado por veinte representantes nombrados directamente por el rey cuya misión era velar activamente por los intereses de la monarquía y la nobleza que lo rodeaba, lo cual incluía declaraciones de guerra, tratados de paz, designación y nombramientos de regentes, etc.

En sus primeros años, Tycho recibió una educación basada en el Filipismo, movimiento fundado por Felipe Melanchton (1) cuyos fundamentos educativos eran las siete artes liberales heredadas de la Edad Media, junto con el estudio de lenguas como el hebreo, el latín y el griego que permitían tanto el escrutinio de las Sagradas Escrituras como la profundización en la poesía y la historia.

Cumplidos los dieciséis años Brahe se mudó a Leipzig, donde empezó sus estudios universitarios centrados en leyes, cultura y lenguas clásicas. A lo que Tycho sumó la astronomía, que, aunque no formara parte del plan docente, aprendió “comprando libros astronómicos secretamente, leyéndolos también en secreto”. Además adquirió un pequeño globo celeste “del tamaño de un puño” junto con el innovador planisferio de Alberto Durero y unas efemérides celestes, elementos con los que poco a poco se fue “habituando a distinguir todas las constelaciones del cielo” (2). Al mismo tiempo empezó a coleccionar trabajos astrológicos y a tomar notas de sus observaciones en cuadernos. De este modo, el joven científico se dio cuenta de que su vocación y destino nada tenía que ver con las pretensiones sociales, civiles y gubernamentales que cabía esperar en una figura de su talla, más ligada a la monarquía y a la vida en la corte. A partir de entonces, Tycho se las iría ingeniando para ir esquivando sus deberes nobles y poder continuar con su vocación celeste.

Tras Leipzig, siguieron otras ciudades como Wittenberg (3) y Rostock (4), donde empezó a profundizar en la obra alquímica de Paracelso. A continuación de estas dos ciudades, el joven Tycho viaja al sur de Alemania y visita Basilea, Friburgo, Lauingen, Ingolstadt y Augsburgo. Es precisamente en Augsburgo donde Brahe encuentra por primera vez un grupo de personas con el que compartir intereses intelectuales, círculo que se reunía alrededor de ágapes en los que deliberaban sobre temas trascendentes, tal como acontecía en otras urbes renacentistas. En estos encuentros confluyeron generosos mecenas, excelentes artesanos y otras personas ilustradas, entre las que destacaba Johann Heinrich Hainzel, quien más tarde sería uno de los patrones de Giordano Bruno y a quien éste dedicó De imaginaginum compositione en 1591 (5). Fue también aquí donde Tycho halló la inspiración, el tiempo, el dinero y sobre todo una mano de obra precisa y cualificada para desarrollar sus primeros instrumentos de observación celeste.

En los siguientes años Tycho se dedicó por igual al estudio de la astronomía, la astrología, las artes espagíricas y la alquimia. Un 11 de noviembre de 1572, cuando Tycho se encuentra saliendo de su laboratorio alquímico para disponerse a cenar, dirige su mirada al cielo y detecta una luz desconocida que brilla más que ningún otro planeta conocido hasta entonces. El joven, atónito e incrédulo ante la magnificencia de lo que estaba contemplando, pregunta a viandantes y al personal de su servicio para corroborar si lo que veía era real y no era el producto de su imaginación. Una nueva estrella había aparecido en la constelación de Casiopea, la hoy conocida como Nova Tycho, una supernova cuyas observaciones quedaron recogidas en De nova stella.


En Elegía a Urania por el autor, un epílogo poético de 230 líneas, Tycho manifiesta que

despreciaba la gloria considerada por otros de su clase: las hazañas bélicas, las reuniones con reyes y príncipes y el camino del vino, las mujeres y el canto. Lo que él esperaba alcanzar era la gloria eterna de haber cultivado exitosamente la astronomía sin dejar que las opiniones de otros interfirieran en su camino. Aunque su sangre era tan noble como cualquiera, no se enorgullecía de su linaje: lo que no acometiera por él mismo no lo tomaría como propio.

El resto de Elegía es alegórico, compuesto en verso con la intención de captar el poder de la estrella y la musa. Tycho narra su camino errante junto al río del bosque de Herrevad mientras el Sol se ponía y el gran carro lunar ascendía al cielo. De repente una diosa aparece de entre las nubes del cielo, causándole temor. Ella lo apacigua diciéndole que es Urania, la una vez amada por reyes, hoy abandonada por los seres humanos. Apolo, admitiendo la tristeza de la musa, la envía para que tome a Tycho para sí. Entonces, ella se da cuenta que Tycho había estado adorando a Vulcano en el laboratorio, escrutando las fuerzas siderales de la tierra, ya que tanto las energías celestes como las terrestres son de una sola naturaleza. Y aunque el trabajo alquímico de Vulcano podía revelar la potencia de las estrellas a través de los bálsamos, el poder de las estrellas celestes era más sublime ya que podía ser ejercido solamente a través del Intelecto. Tycho debe establecer la posición, la distancia y el significado de la nueva estrella y entonces situar la localización de las estrellas fijas; el curso del sol, la luna, los planetas y la influencia de todos estos cuerpos celestes en los fenómenos atmosféricos. Urania se desvanece dejando tras de sí su inspiración divina, prometiendo al autor fama si lograba acometer su empresa. Los pocos que han tenido esta visión del inagotable Olimpo han vuelto su vista a los asuntos triviales de este mundo perecedero, pues su deseo es el deseo de los dioses –emplear la sublime inteligencia para conquistar las sublimes estrellas, forzando a que el éter celestial dé paso al imponente Espíritu (6).

En este fragmento, que formaría parte de Mathematical contemplation of Tycho Brahe of Denmark on the new and never previously seen star just now first observed in the month of November in the year of Our Lord 1572, obra impresa por el editor humanista más sobresaliente de Dinamarca, Lorentz Benedicht, se puede ver cómo el autor abreva en la mitología, tan denostada hoy en día, y cómo es a través de ésta que encuentra la inspiración, el vigor y la energía necesaria para llevar a cabo su empresa investigativa.


Tengamos en cuenta que el relato mítico, lejos de tratar historias inventadas por el hombre, es

una enseñanza que transmite, utilizando el lenguaje emotivo de la poesía, una historia “ejemplar”, una historia-modelo a imitar por los hombres. En este sentido diremos que todo relato mítico despierta una emoción intelectiva que aflora de las profundidades más recónditas de nuestro ser, trasladándonos por su intermedio a un tiempo donde lo profano, lineal y sucesivo no existe. El tiempo mítico es en verdad un no-tiempo, en el sentido al menos en que lo computamos de ordinario, lo que quiere decir que está ocurriendo siempre, en este mismo instante, pues en la realidad del Ser Universal también existen orígenes atemporales. Vivir el mito es volver a recuperar la “memoria” de nuestro origen no-humano (la anamnesis o reminiscencia platónica) donde todo es nuevo y virginal, y la idea de anterior y posterior queda anulada por un presente sin duración cronológica posible. Utilizando la analogía simbólica, frente al poder destructor y disolvente del tiempo horizontal, que deviene en un flujo y reflujo perenne, el acontecimiento mítico posibilita un puente vertical que enlaza con un orden de realidad diferente, supra-histórico por su misma naturaleza. El mensaje que se desprende de los mitos es, pues, algo relacionado con el proceso cosmogónico, con la creación del mundo a partir de un caos primigenio (7).

(Continuará)

Notas:
1. Curioso personaje que debe su apellido a su tío Johannes Reuchlin y que en griego significa “Tierra Negra”. Estudió teología y trabajó mano a mano con Martín Lutero en la reforma de la Iglesia, llegando a liderar dicho movimiento cuando Lutero fue confinado en el castillo de Wartburg. También fue uno de los firmantes de la Protesta de Espira en 1529, acto del cual tomó su nombre el protestantismo. Sin embargo, y aunque pareciera un personaje extremo, fue tolerante con el catolicismo hasta su muerte, luchando por un entendimiento entre católicos y protestantes. Tanto es así que era considerado herético por los luteranos más fanáticos. Murió siendo odiado por los teólogos de estas filas.
2. Victor E. Thoren. The lord of Uraniborg. A biography of Tycho Brahe. Ed. Cambridge University Press, Cambridge, 2006.
3. Ciudad que tuvo que abandonar a los cinco meses debido a una pandemia.
4. Donde se produjo el famoso incidente que le costó parte de la nariz. Cabe recordar que los duelos entre la nobleza danesa eran frecuentes por aquel entonces.
5. Recordar a este respecto que entre los numerosos viajes de Giordano Bruno se encuentra una estadía en la ciudad alemana de Wittenberg desde el verano de 1586 hasta la primavera de 1588. Teniendo en cuenta que lo que movía al joven italiano era principalmente de orden intelectual, se intuye que en las ciudades recorridas existían otras individualidades con las que poder compartir el maná del cielo y adentrarse en el mundo de las ideas.
6. Victor E. Thoren. The lord of Uraniborg. A biography of Tycho Brahe, op. cit.
7. Federico González y cols. Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha. Revista SYMBOLOS nº 25-26, Barcelona, 2003.

Imágenes:
1. Retrato de Tycho Brahe, anónimo, 1596. Skokloster Castle.
2. Cuadrante mural. Recogido en Astronomiæ Instauratæ Mechanica (Tycho Brahe, 1602). Smithsonian Libraries.
3. Emblema de Tycho Brahe: Alquimia. Recogido en Astronomiæ Instauratæ Mechanica del autor, 1602. Smithsonian Libraries.

Colección Aleteo de Mercurio 11.
Hermetismo y Ciencia.
Alberto Pitarch.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2026.



sábado, 19 de septiembre de 2026

Hermetismo y Ciencia

VIII. Johannes Kepler (1571 – 1630)


En verdad puedo decir que cuando recorro el bello orden con que lo uno deriva de una cosa y deviene otra con el pensamiento, es como si leyera una máxima divina escrita directamente en el mundo no con palabras, sino con objetos esenciales, que reza así: Hunde aquí tu entendimiento para comprender estos asuntos. Almanaque del año 1604. (1)

Un jueves 17 de diciembre de 1571 a las dos y media de la tarde en la ciudad alemana de Weil der Stadt, nace Johannes Kepler (2), un sietemesino destinado a cambiar el rumbo de la astronomía.

Kepler nace en el seno de una familia desestructurada con un padre siempre ausente y una madre que desaparece en un momento dado, totalmente falto de atenciones y cariño, siendo a él como primogénito al que le corresponde junto a sus abuelos hacerse cargo de sus tres hermanos (3).

Desde pequeño aprendió latín gracias a las escuelas que los duques de Württemberg implantaron en la región (4). Tiempo después ingresó en un seminario con el fin de prepararse para entrar en la Universidad de Tubinga y estudiar teología (5). Allí aprendió griego penetrando en la lectura de autores clásicos como Cicerón, Virgilio, Jenofonte y Demóstenes, además de profundizar en las enseñanzas del trívium y el cuadrivium propias de la época.


El muchacho era muy singular, introvertido, siempre vuelto hacia sí mismo, de gran sensibilidad e inquietud intelectual. Amante de la lectura, gustaba coleccionar los volúmenes que descubría por si en algún momento necesitaba echar mano de ellos. Otras ramas que el autor trabajó durante sus primeros años fueron la poesía y las representaciones teatrales, en las que se escenificaban tantos temas bíblicos como clásicos. Así, por ejemplo, en 1591 actuó en el papel de Miriam en la tragedia de San Juan Bautista en la plaza del mercado, lo que le provocó burlas de sus compañeros, llegando a caer enfermo días después. Algo, por otro lado, que no era raro dada su figura delicada, frágil y enjuta y la envidia que aquéllos sentían por sus logros académicos.

Conforme avanzaba en sus estudios, su pensamiento se iba volviendo más universal, profundizando con más ahínco en los temas que trataba, muchas veces desde ángulos sorpresivos.


Entre las referencias que se encuentran de sus primeros años universitarios encontramos a Nicolás de Cusa, a quien gustaba apodar divinus, el divino, y con quien compartía la visión geométrica del mundo. En cuanto a los griegos, se dedicó al estudio de todas las alusiones astronómicas y astrológicas de las obras de Homero junto con su profesor de griego, Martín Crusius, a quien tenía especial estima. El tiempo pasaba y el autor iba abrevando cada vez más en las especulaciones filosóficas derivadas del pensamiento pitagórico, platónico y neoplatónico de los autores que llegaban a sus manos.

Aunque fue Michael Mastlin quien marcaría la vida temprana de Kepler de forma definitiva. Docente de matemáticas y astronomía, introdujo la semilla copernicana en el corazón del joven estudiante. Si bien Mastlin había abrazado la teoría de Copérnico, sólo era en pequeños círculos de confianza donde la explicaba pues era totalmente imposible mostrarse favorable a ella de manera abierta si se quería mantener el orden con la facultad de teología y el respeto entre sus compañeros. Kepler, que ardía en su deseo por conocer, escribió acerca del estímulo que recibió del profesor.

Ya en la época en que, con atención, seguí las clases del muy ilustre maestro Michael Mastlin en Tubinga, caí en lo desacertada que es, desde muchos puntos de vista, la concepción hasta ahora válida de la lectura del mundo. A partir de ahí, quedé tan cautivado por Copérnico, a quien mi maestro aludía a menudo en sus enseñanzas, que no sólo defendí en repetidas veces sus opiniones en las discusiones con otros aspirantes, sino que además elaboré una concienzuda disputa dialéctica sobre la tesis de que el primer movimiento (el giro del cielo de las estrellas fijas) resulta de la rotación de la Tierra. Ya entonces me propuse atribuir también a la Tierra los movimientos del sol basándome en los argumentos matemáticos. Con ese objetivo fui recopilando poco a poco, en parte de las exposiciones de Mastlin, en parte de mí mismo, todas las ventajas que ofrece Copérnico frente a Tolomeo (6).

Cuando estaba a punto de concluir sus estudios teológicos en Tubinga fue llamado desde la escuela evangélica de Graz para ejercer de profesor de matemáticas en sustitución de Georg Stadius tras su muerte repentina. Es importante considerar que ejercer un ministerio eclesiástico proporcionaba más prestigio que ser profesor de matemáticas; aun así el joven pensador aceptó el puesto que le ofrecieron sobre el que años más tarde escribió:

Era Dios quien guiaba en secreto a los hombres hacia las distintas artes y ciencias a través de disposiciones externas, y con ello les comunicaba la verdad de que, como parte de su obra creadora, estos asuntos también participan de la providencia creadora (7).

(Continuará)

Notas:
1. Max Casper. Kepler. Ed. Acento, Madrid, 2003.
2. Lo llamaron Johannes, Juan, por coincidir con el día de san Juan apóstol.
3. El padre tenía un carácter marcial que lo llevó a múltiples guerras y enfrentamientos —“soldado corpulento, rudo y camorrista” en palabras del propio Kepler—, mientras que la madre tenía un carácter más mercurial. “En lo que respecta a su madre, parece haber sido una mujer curiosa. (…) Era ostensiblemente enérgica e inquieta, interesada por todo, cavilosa pero también una chismosa y una bocazas. Recolectaba hierbas y preparaba ungüentos alentada por su fe en los poderes y en las relaciones mágicas, como si viera a través de los objetos de la naturaleza”. De la abuela comenta: “muy inquieta, lista, embustera, diligente en asuntos religiosos, delgada, de naturaleza encendida, impulsiva, eterna maquinadora, envidiosa, hostil y rencorosa. Max Casper. Kepler. op. cit.
4. Éstas asumieron las funciones de las antiguas escuelas monásticas, decretando no sólo su estudio, sino que era necesario que los alumnos hablaran entre sí latín, que facilitó al autor la maestría en dicha lengua.
5. Johannes reconoció su vocación desde muy temprana edad, sabiéndose partícipe de un plan divino ordenado.
6. Max Casper. Kepler. ibid.
7. Ibid.

Imágenes:
1. Autor desconocido. Retrato de Johannes Kepler, 1620. Kepler Museum, Weil der Stadt.
2. Autor desconocido. Tubinga en la actualidad.
3. Autor desconocido. Fuente en el centro de Tubinga.

Colección Aleteo de Mercurio 11.
Hermetismo y Ciencia.
Alberto Pitarch.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2026.



sábado, 5 de septiembre de 2026

Hermetismo y Ciencia

VII. Galileo Galilei (1564 – 1642)


Galileo di Vincenzo Bonaiuti de’ Galilei nace un 15 de febrero de 1564 en el seno de una familia pisana acomodada dedicada al comercio. Desde niño Galileo se interesó por la filosofía de los antiguos, lo que le hizo destacar en lenguas como el latín y el griego. Y, aunque su padre lo forzó a matricularse en estudios de medicina, fue en ámbitos como la poesía, la música, el dibujo o la pintura donde Galileo despuntó. Asumiendo la obligación familiar y teniendo en cuenta que era el mayor de siete hermanos, el joven estudiante accedió a los deseos de su padre e ingresó en la facultad de medicina de la universidad de Pisa, donde rápidamente, y dado su carácter curioso e inconformista, se ganó el sobrenombre de “El Peleón”. Siguiendo una constante que como veremos persigue a todos los hombres de ciencia presentados en el presente volumen, él estaba interesado en menesteres más universales, lejos de los autoimpuestos por la familia y las limitaciones sujetas a cualquier campo, lo cual provocó finalmente un rendimiento universitario insuficiente y, en última instancia, su expulsión de la universidad.

Sin embargo, es justo en este instante en el que parece todo perdido cuando la entidad intermediaria que conocemos como Hermes-Mercurio, patrón de la comunicación, las ciencias y las lenguas, aparece de forma súbita en la vida del autor.

En este contexto, Galileo conoce al profesor florentino de matemáticas Ostilio Ricci, quién le inició en el estudio de la obra de Pitágoras, Euclides y Platón, descubriendo asimismo la teoría que Nicolás Copérnico había publicado algunos años antes. El joven tenía todavía diecinueve años. Su sed de conocer aparecía ahora encauzada bajo una metodología que utilizaba el carácter profundo y sagrado de los números para explorar el cosmos y dar una respuesta inteligente a todo lo que acontece en él. A partir de entonces, la fama de Galileo se fue acrecentando entre los grupos de intelectuales de forma exponencial hasta que llegó a oídos de la familia más poderosa de aquel tiempo, los Médici, quienes marcados por su brillantez decidieron acogerlo como tutor del joven Cosme II, el que más adelante tomaría la regencia como Gran Duque de Florencia.


Bajo su gobierno, Cosme le procuró un lugar destacado en la corte donde desempeñaba las funciones de filósofo, astrónomo y matemático (1). Su prestigio fue acrecentándose más y más, tan es así que también fue llamado a ocupar una cátedra en la universidad de Pisa.

Sin embargo, el clima favorable que reinaba en Florencia dio un giro de ciento ochenta grados cuando el joven duque muere a la prematura edad de treinta y un años. En este momento el ducado pasó a manos de Fernando II y Cristina de Lorena (2), quienes no compartían la amplitud de miras de su predecesor, lo que unido a la corriente disolutiva que la Iglesia resultante del Concilio de Trento estaba esparciendo desde hacía años por Italia, acabaría yugulando el espíritu renacentista de tolerancia y libertad que había imperado hasta entonces en la Toscana.

A partir de este momento los adversarios del autor se fueron multiplicando así como también la cadencia de sus golpes y la gravedad de sus acciones. La naturaleza de éstos era bien diversa; por un lado, estaban los intelectuales de la época que seguían la corriente aristotélica y que entre sus filas contaban con altos miembros de la nobleza, respetados hombres de ciencia, teólogos, entidades monásticas y un sinfín de mediocres miembros de la sociedad de la época, todos ellos ignorantes y perpetuos enemigos de la libertad intelectual —pues nunca un sistema encerrado en sí mismo puede entrever la grandeza y el esplendor del Conocimiento que emana en última instancia de la Nada Ilimitada—. Por otro lado estaba el tema familiar, ligado directamente a la existencia humana y sujeto por lo tanto a las idas y venidas del mundo de las formas, lo que incluye la inexorable vivencia del ciclo de la vida, con sus constantes muertes y nacimientos. Así, tras la muerte de su padre, Galileo se tuvo que ocupar de la educación de sus seis hermanos así como del mantenimiento de su madre. Para más inri, el joven pisano también contrajo artritis, lo que le causaría intensos dolores hasta el fin de sus días (3).

El autor luchó toda su vida en aras de la Verdad, y aun habiendo nacido en un momento histórico en el que la Iglesia estaba imbuida de una escolástica rígidamente aferrada a los postulados aristotélicos, su fama como científico se acrecentó y llegó a ser recibido con honores por el propio Papa Pablo V. Su visita fue acogida con entusiasmo por los círculos de astrónomos y matemáticos del Colegio Romano, importante institución jesuita que agrupaba a muchos científicos de la época. Aunque esto duró poco, pues sus postulados científicos hicieron temer a la Iglesia la pérdida de su poder, sustentado en la fe de sus acólitos en su doctrina. A partir de entonces, el cardenal jesuita Bellarmino —quien años antes había contribuido a quemar vivo al gran Giordano Bruno— y la corriente más conservadora de los dominicos emprendieron una guerra soterrada contra el joven científico (4).


(Continuará)

Notas:
1. A uno de sus más célebres descubrimientos, cuatro lunas que giran en torno a Júpiter, lo bautizó como “astros mediceos” en honor a la casa que le procuraba el mecenazgo.
2. Bajo su regencia se fundó la Accademia del Cimento, una de las primeras sociedades científicas que, sin embargo, cerró sus puertas sólo diez años después cuando su principal mecenas junto con Fernando II, el príncipe Leopoldo de Médicis, fue nombrado cardenal en Roma (se dice que ésta fue una condición impuesta para su nombramiento).
3. Es importante destacar este punto no por la particularidad con la que tuvo que lidiar este científico sino por la constante presencia de impedimentos de toda índole que van apareciendo en el camino de búsqueda del Conocimiento y que el adepto tiene que sortear. También para prevenir de la idealización de un tiempo otro, pues teniendo presente que éste está organizado cualitativamente en ciclos, lo mismo que se presentó en la Italia de la contrarreforma se nos presenta ahora, así como las mismas energías que golpearon a Galileo son las mismas que nos golpean hoy (siempre con formas adecuadas y cercanas, o sea, a través de rostros conocidos y mediante las necesidades básicas materiales como la salud, el alimento y la enfermedad, o las psicológicas como el sentirse querido, el chantaje emocional, el amor carnal, el ansia de éxito, etc.).
4. Galileo representaba el prestigio científico de los Médici, lo cual le salvó del fatal destino de muchos otros contrarios a la opinión de la Iglesia de entonces, encabezados por Giordano Bruno. El joven científico fue únicamente amonestado e invitado a retractarse pasados unos años.

Imágenes:
1. Justus Sustermans. Retrato de Galileo Galilei, 1635. Galleria Uffizi, Florencia.
2. Giuseppe Bertini. Galileo Galilei mostrando al Dogo de Venecia cómo utilizar el telescopio, 1858. Salla Bertini, Villa Andrea Ponti, Varese.
3. Joseph-Nicolas Robert-Fleury. Galileo ante el Santo Oficio, 1847.

Colección Aleteo de Mercurio 11.
Hermetismo y Ciencia.
Alberto Pitarch.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2026.



jueves, 20 de agosto de 2026

Hermetismo y Ciencia

VI. Nicolás Copérnico (1473 – 1543)


Pistoletazo de salida para los individuos que encarnaron la hoy considerada revolución científica. Empezamos con Nicolás Copérnico, cabeza de serie que demostró en lenguaje matemático la teoría helio-centrista del universo, la cual influiría de forma radical en el pensamiento filosófico, religioso, político y social de los siglos posteriores. Así, en De Revolutionibus, bajo el extraordinario diagrama que muestra por primera vez al sol en el centro del universo junto con la tierra y los otros planetas orbitando a su alrededor, Copérnico escribe:

Y en medio de todo permanece el Sol. Pues, ¿quién en este bellísimo templo pondría esta lámpara en otro lugar mejor, desde el que pudiera iluminar todo? Y no sin razón unos le llaman lámpara del mundo, otros mente, otros rector. Trismegisto le llamó dios visible… (1).

De lo que se desprende de forma clarísima la concepción que tenía el autor del universo: un templo inmenso iluminado por la luz radiante del sol, al que Trismegisto llamó dios visible. De este minúsculo fragmento que parece haber pasado inadvertido a muchos estudiosos de la ciencia actual se pueden extraer varias conclusiones. La primera es la concepción de un cosmos vivo en cuyo centro irradia la luminaria solar, a lo que sigue que la luminaria solar no es el fin último de la creación, o la deidad si habláramos en términos religiosos, sino que tan sólo es el aspecto visible de ésta, lo cual implica el reconocimiento del cosmos como un símbolo sagrado cuyo origen y significado se remonta más allá de la manifestado, es decir, al ámbito metafísico.

Pero vayamos por partes. ¿Quién era Nicolás Copérnico? Copérnico nació en Torun, Prusia Real, Reino de Polonia (2), un 19 de febrero de 1473 (3) en el seno de una familia acomodada dedicada al comercio. Con tan solo diez años de edad, su padre muere pasando su tutoría a manos de su tío, el poderoso obispo de Warmia, un importante hombre de estado. A partir de ese momento, Copérnico recibiría una exquisita educación que aunaba la escolástica habitual de la época junto con el influjo del pensamiento renacentista que se estaba gestando en Italia y que resonó especialmente en el incipiente científico (4). A los 18 años empieza sus estudios en la Universidad de Cracovia, uno de los centros de estudios astronómicos más florecientes de su época (5), tras lo cual seguiría una estadía en la Universidad de Bolonia donde aparte de cursar estudios en derecho canónico colaborará con Domenico Novara, a quien ayudó en sus tareas observacionales. Esto le revertiría su primera observación astronómica, el eclipse de la estrella Palilicium (Alfa Tauri, Aldebarán) por la luna el 9 de marzo de 1497 (6). Tras esta estancia viaja a Roma para finalmente regresar al norte de Italia y matricularse en estudios de medicina en la Universidad de Padua, otra de las entidades punteras del momento donde se estudiaba la obra de Avicena, Hipócrates y Galeno junto con la de otros autores como Aristóteles o Plinio. Aunque lo verdaderamente relevante de sus años en dicho centro educativo fue el imbuirse del ideal renacentista que colmaba tanto la universidad como los círculos intelectuales de la ciudad, lo cual despertó el interés del joven polaco en el estudio del griego como forma de acercarse al conocimiento de los clásicos. Tras este episodio regresa a su tierra natal donde residirá hasta el fin de sus días. Allí, se establece en el castillo de Lidzback, sede del obispado de Warmia, donde profundizó en los textos clásicos del mismo modo que siguió ahondando en la astronomía. De esta época data una curiosa traducción de varios poemas helenísticos recopilados por el historiador bizantino del siglo VII Teofalicto Simocatta, hecho que no hace sino resaltar el incipiente interés que Nicolás mostraba por los autores clásicos. Copérnico abrazaba totalmente el espíritu renacentista que estaba iluminando las distintas cortes europeas.


Las observaciones continúan y en 1507 Copérnico escribe para su círculo más cercano Commentariolus, un pequeño anticipo del tratado sobre el sistema heliocéntrico que publicaría años más tarde y que se limitó a unas pocas copias manuscritas. Aunque la obra era demasiado técnica para ser comprendida por muchos astrónomos de su tiempo, sí hubo compañeros que la recibieron con interés como Tycho Brahe, de quien hablaremos más adelante.

Tras la muerte de su tío el obispo Watzenrode, Copérnico abandona Lidzback y se establece de forma definitiva en Frombork, donde adquirió una torre desde la que poder realizar sus observaciones. De este periodo datan numerosas actividades oficiales relacionadas con el multifacético autor: la reforma del calendario —que incluye misivas a la Santa Sede—, la propuesta de una reforma financiera que afectaría a todo el país y que adelantaría una teoría cuantitativa del dinero (7), el estudio de la organización de territorios colonizados, etc. Temas en los que no ahondaremos por ser de importancia secundaria para este volumen cuyo fin es dar testimonio del origen hermético de la ciencia moderna y su influencia en la historia de las ideas.


(Continuará)

Notas:
1. Nicolás Copérnico. Sobre las Revoluciones. Ed. Altaya, Barcelona, 1994.
2. A finales del siglo XV y principios del XVI, Polonia era uno de los estados más poderosos de Europa.
3. Kepler estableció mediante métodos astrológicos la hora y el minuto, las 16:48 horas.
4. El Concilio de Constanza (1414-1418) y el de Basilea (1431-1449) habían empezado a extender de forma indirecta el humanismo italiano en la región. Además, existía cierta simpatía hacia los ideales renacentistas en la Universidad de Cracovia, donde el autor estudió.
5. Teniendo en cuenta las materias que se impartían, Copérnico conoció aquí las teorías planetarias, los problemas de la esfera, las tablas de los eclipses, los Elementos de Euclides así como también el Tetrabiblos de Ptolomeo. El historiador bávaro Hartmann Schedel recoge la fama de la universidad en el campo astronómico en su Crónica del mundo, publicado en 1493.
6. Nicolás Copérnico. Sobre las Revoluciones, op. cit.
7. En Monete cudende ratio Copérnico afirma que, para solucionar el problema de la devaluación de la moneda como consecuencia de la incorporación de varios tipos de moneda y diversas falsificaciones introducidas en el mercado, era necesario equiparar la moneda prusiana y la polaca y establecer una única casa de la moneda que diera estabilidad a la misma. Esto nos recuerda lo que René Guénon comenta sobre la corrupción de la moneda como uno de los signos más significativos de la caída del hombre del ciclo actual. René Guénon. Autorité spirituelle et pouvoir temporel. Ed. Vrin, París, 1929.

Imágenes:
1. Retrato de Nicolás Copérnico. Museo Regional de Torún, Polonia, 1580.
2. Catedral del Castillo de Warmia, residencia de Copérnico entre 1516 y 1521. Con licencia Creative Commons.
3. Torre Radziejowski en Frombork, desde donde Copérnico realizó múltiples observaciones astronómicas. Con licencia Creative Commons.

Colección Aleteo de Mercurio 11.
Hermetismo y Ciencia.
Alberto Pitarch.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2026.



miércoles, 5 de agosto de 2026

Hermetismo y Ciencia

V. Los orígenes de la ciencia moderna

En esta encrucijada surge la Tradición Hermética, rama de la Tradición Primordial propia de Occidente, motor intelectual que impulsará la realización intelectual de los hombres y mujeres de conocimiento por más de dos mil años manteniendo su mensaje completo y a la vez fresco gracias a una adaptación constante que se ha producido a través del illo tempore, siendo así como la doctrina se ha hecho comprensible y por tanto viva en los corazones de aquellos que la han reconocido como fuente de vida a lo largo del tiempo.

Y así es como la Tradición Hermética se ha ido expresando en Occidente. A través de distintas formas adecuadas al tiempo histórico que la ha recibido. Son diversos los vehículos herméticos: la Alquimia, la Aritmosofía, la Cábala, la Astrología o el Simbolismo, así como también la Filosofía, la Metafísica, la Cosmogonía, la Mitología y las artes liberales, o el arte en sus distintas vertientes (poesía, literatura, música, teatro, danza, arquitectura, artes plásticas) (1).

A lo largo del presente volumen se irán presentando distintos autores que, imbuidos del Hermetismo, dedicaron su vida a acercarse al Conocimiento. A veces los testimonios escritos que ligan al autor con la Tradición Hermética serán más evidentes, otras no tanto, qué importa. Lo que realmente interesa es poner de manifiesto el origen hermético de la ciencia y no realizar un trabajo erudito. Se quiere testimoniar la vigencia de la Tradición Hermética, aunque a veces no haya sido tan evidente o los diversos poderes temporales la hayan intentado silenciar. Sin más dilación se invita al lector a un viaje de la mano de distintos autores no muy distantes de nuestro tiempo que todavía se apoyaban en la doctrina tradicional y, cómo no, en la poesía emanada de la lira que Hermes regaló a Apolo.

Podemos decir que la ciencia moderna, aunque tenga sus raíces en la Alejandría de los siglos II a.C. a III d.C., nace con la revolución copernicana en 1543 y se consolida con los Principia Mathematica de Newton de 1687. Lo que distingue a la “nueva ciencia” de la filosofía natural del medioevo es el papel descollante de la “experimentación material” como punto de apoyo de la especulación científica. Esto concuerda con el agotamiento progresivo de las posibilidades intelectuales de la humanidad, que inhabilitada de sus capacidades más altas, aquéllas ligadas con la contemplación de los principios, ya sólo se fija en el mundo material de las formas. Lo cual va aparejado a un individualismo creciente, pues el hombre ya no es capaz de verse integrado en un todo unitario sino que, enajenado de sí mismo, sólo ve un conjunto de seres entre los cuales quiere destacar, creando de este modo una especie de competencia feroz que conducirá sin duda alguna a la extinción total de la presente humanidad. En efecto, estas características de la época actual no sólo afectan a las distintas individualidades, sino a la humanidad en general de modo que la decadencia es generalizada.

Nos gustaría detenernos un poco en el periodo llamado de la “revolución científica”. ¿Qué es lo que pasaba en Europa entre 1543 y 1687? Indudablemente fueron las guerras de la religión lo que marcaron el devenir de la sociedad de entonces. La Guerra de los Ochenta años en los Países Bajos, las Guerras de los Tres Reinos en las Islas Británicas, la Guerra de los Treinta Años en el Sacro Imperio Romano Germánico, las guerras entre el reino de Francia y el reino de Navarra, la de Colonia, etc. El tema es complejo y los protagonistas son muy dispares, y aún sin necesidad de profundizar en cada uno de los funestos sucesos sí que se puede percibir un factor común: la religión. La Reforma y la Contrarreforma ponen de relieve un cambio en la humanidad caracterizado por una creciente incomprensión de la deidad, el apropiamiento de la verdad, la manipulación del conocimiento revelado con fines individuales, la exaltación del ámbito humano y el desarrollo del poder y la posesión. Todo lo cual se extiende entre los distintos estamentos de la sociedad; la Iglesia tentada por las retribuciones temporales se vuelve hacia el valor de lo temporal, que impone mediante moralismos.

Al mismo tiempo la humanidad, influenciada por Descartes, se torna hacia una objetividad profana e ideológica fundamentada en la explicación racional y la razón aparece supeditada a los “hechos”, todo lo cual derivará en la tiranía y el despotismo y, en otro grado, en las usurpaciones de la realeza al sacerdocio, la que, aprovechando la degeneración eclesiástica y la ruptura de la autoridad sacerdotal, atacará al poder espiritual rebajándolo a lo temporal mediante la acción violenta. Así, se construyen las “religiones de estado”, una especie de códigos de confort espiritual adaptada a cada uno de los intereses reales de entonces combinando elementos intelectuales y sentimentales, fomentando con ello la confusión y aumentando el conflicto con la Iglesia de Roma. El olvido del orden jerárquico provocó de forma inmediata un desequilibrio que se tradujo en la ausencia de la idea de justicia y, en última instancia, la catástrofe (2).

Y desde ese momento del ciclo histórico la cosa no ha hecho sino empeorar. Pues a medida que avanza el tiempo la unión del hombre con su centro se ha vuelto más oculta y cerrada, siendo más difícil su acceso. La incomprensión, la vulgarización, la simplificación y la propaganda campan a sus anchas en las organizaciones iniciáticas, que, aunque deberían propiciar sobre todo el acceso a la vivencia de los estados superiores del Ser, están más preocupadas por la acción social y el poder temporal que por transmitir el mensaje intacto de la Tradición. La atrofia intelecual continúa creciendo de forma exponencial y en esta desproporción de fin de ciclo nada queda a salvo: se exalta la salud como un estado humano de privación de enfermedad limitándose ésta al ámbito físico, se promociona una conciencia sentimental moralista que aniquila cualquier brillo intelectual mediante la opinión de clase, se adora al trabajo considerándolo como un medio de “dignidad” del ser humano cuando en realidad sólo es una acción más que contribuye a acelerar el tiempo, se potencia la estética vacía de belleza y el formalismo y el ceremonialismo, frutos ellos del humanismo más rancio, se confunde lo accidental con lo esencial, se adulan los sistemas filosóficos individualistas que cortan con lo trascendente, se promueven valores como la austeridad y el sufrimiento y, en fin, se comparte una angustia general que no puede ser sino el resultado de una necesidad de agitación y una inquietud perpetua, fruto del ser que todo lo busca fuera de sí porque se siente vacío.

Aunque no todo está perdido; el Espíritu está aquí y está para quedarse, si acaso pudiera hablarse en algún tiempo verbal sobre aquello que es Eterno. Pese a la huelga de escuchas que anuncian el fin de la presente humanidad, todavía se oyen los pasos de esa divinidad antediluviana, Hermes, y se puede acceder de su mano a la pura intelectualidad que no es otra cosa que el Conocimiento en mayúsculas. La actividad verdaderamente científica y artística no se demuestra con el número de publicaciones, el éxito en taquilla o la pretendida originalidad de los “descubrimientos” o “reinterpretaciones”, sino con el estudio de los textos sagrados, el despertar de la conciencia de solidaridad cósmica que existe en el ser humano y la contemplación del Ser. Se trata de encarnar en un mismo corazón al artesano y a su obra, de la colaboración consciente y efectiva en el plan divino y, en definitiva, de la naturalidad y
la sencillez que otorga el saber de las potencialidades humanas, el que lo ubica en el seno del Ser Universal. No hay nada profano, ni lo habrá jamás; sólo existe un punto de vista profano que es consecuencia de la degeneración intelectual de la humanidad.

O sea, que el contexto histórico en el que vivieron los autores que comparecerán en este volumen no era el más propicio para la coagulación de las ideas celestes. Sin embargo, a pesar de su medio adverso y de una mentalidad atrofiada, lograron transmitir a su manera el conocimiento de una realidad oculta más allá de las ciencias experimentales, directamente ligada con la Cosmogonía, la Ontología, el Ser Universal y la Metafísica. Y aún hoy hay quienes considerando el mundo como algo inacabado y sabiéndose colaboradores de su creación, laboran sin cesar para restaurar la verdad de forma directa, asidos a un eje invisible en torno al cual pivotan todas las contingencias y que es en sí mismo inmutable. Todavía hoy hay quienes, movidos por la inspiración y la revelación, caminan hacia la conquista de la Gran Paz.


(Continuará)

Notas:
1. Federico González y cols. Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha. Ed. SYMBOLOS, Barcelona, 2003.

2. Un ejemplo muy claro de estas “religiones de estado” es el Anglicanismo, impuesto por Enrique VIII de Inglaterra para conseguir divorciarse de Catalina de Aragón, su primera esposa.

Imagen:
1. Alineaciones de Carnac (3500 a.C.), Bretaña francesa. Fotografía tomada por Alberto Pitarch.

Colección Aleteo de Mercurio 11.
Hermetismo y Ciencia.
Alberto Pitarch.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2026.



lunes, 20 de julio de 2026

Hermetismo y Ciencia

IV. Los orígenes de la ciencia moderna


Teniendo en cuenta lo expuesto hasta ahora y considerando que el interés del presente volumen es testimoniar los orígenes herméticos (y por tanto sagrados) de la ciencia, cabe traer al presente una de las ciencias más primordiales, aquélla que se desarrolla estudiando los números, sus módulos, interrelaciones, proporciones, ciclos y cadencias. Pues, ¿qué forma de expresión es más pura que el número que escapa a la limitación lógico-formal que de costumbre empapa a las letras y su discurso? El número está absolutamente en todo: por ejemplo, se desarrolla en el espacio a través de la arquitectura y las formas que establecen la dimensionalidad donde se enmarca la existencia humana; también está presente en el tiempo a través del sonido, de las lenguas, la poética y la música, facilitando de este modo la creación del calendario, la comunicación y la transmisión del mensaje. La ciencia del número consiste en la contemplación de las formas puras como expresión completa de la deidad sirviendo de base para la especulación intelectual que ayuda a trazar puentes hacia la concentración constante, la contemplación y la metafísica.

Ellos son módulos armónicos y medidas que relacionan al microcosmos (hombre), con el macrocosmos (universo), y responden a vibraciones secretas, que encuentran sus correspondencias en todas las cosas (1).

Hablar del número y de la historia de la ciencia es hablar de Pitágoras y de todo lo que su figura representó en la historia de las ideas y, consecuentemente, de Occidente. Él fue una entidad intelectual que sintetizó todo el saber de la Antigüedad a través de la ciencia del número y sus distintas expresiones (aritmética, geometría, música, astronomía, etc.), haciendo comprensibles las ideas universales a los seres humanos de su tiempo, esto es, adaptándolas al tiempo histórico que le tocó vivir. Pitágoras es, pues, uno de los hitos fundamentales del saber depositado en la tradición griega, que el sabio de Samos actualizó.

En el punto de intersección entre el extremo de Europa, Asia Menor y Africa (Egipto) el origen de los pueblos griegos o helenos es indoeuropeo, y a través de este y de la corriente tradicional (Apolínea) venida del Norte, la Tradición Griega expresa una de las confluencias de la Tradición Primordial y la Atlante (2).

Es decir, que en la doctrina pitagórica se recoge el saber de los pueblos nómadas venidos de oriente, del norte y del oeste, así como otras tradiciones de transmisión oral que estaban a punto de perderse en ese momento del ciclo cósmico.

En la Antigüedad existía una leyenda según la cual Pitágoras fue engendrado en el seno materno gracias a una intervención directa el dios Apolo, también padre de las Musas y heredero de la lira de Hermes. Se destacaba así el origen celeste y divino de su doctrina, máxime teniendo en cuenta que Apolo (numen de la Luz inteligible, la Armonía y la Belleza) era considerado una deidad de origen hiperbóreo, lo que la ponía en relación con la Tradición Primordial. El mismo nombre de Pitágoras procede de la Pitia del templo de Delfos (dedicado a Apolo) que profetizó su nacimiento como un bien donado a los hombres, nacimiento que aconteció aproximadamente el año 570 a.C. en la isla griega de Samos. Habiendo recibido los misterios órficos propios de la antigua tradición griega, Pitágoras abandona su patria natal para realizar una serie de viajes que lo llevarán por todo el mundo antiguo, especialmente Fenicia, Babilonia y Egipto, país en donde residió durante un largo periodo de tiempo, siendo iniciado por los sacerdotes egipcios, guardianes de la sabiduría de Hermes-Thot. Madurado su pensamiento, y tras realizar la síntesis de todo el saber recibido, Pitágoras regresó a Samos treinta y cuatro años después, preparado para cumplir con el alto destino predicho en su nacimiento, y que no era otro que el de crear las bases sobre las que se asentaría la cultura griega, y posteriormente la civilización occidental.
(...)
Sus enseñanzas (cosmogónicas, esotéricas y metafísicas) se articulaban en torno al Número, donde residía el origen de la Armonía Universal, pues a través de él se revelan las medidas y proporciones de todas las cosas, celestes y terrestres, idea que Platón recoge en el Timeo, su libro pitagórico por excelencia. Para Pitágoras “todo está dispuesto conforme al Número” encontrando en la tetraktys o Década el número perfecto y la expresión misma de esa Armonía, pues “sirve de medida para el todo como una escuadra y una cuerda en manos del Ordenador”. Armonía manifestada fundamentalmente también por medio de la música y las formas geométricas, como atestiguan sus famosos teoremas y la estrella pentagramática o pentalfa, distintivo de la propia fraternidad pitagórica, la que continuó perviviendo durante largo tiempo, al menos hasta la Alejandría de los siglos II y III d.C., donde acabó integrándose en la Tradición Hermética, llegando así hasta nuestros días a través de las diversas artes y ciencias que tienden a la transmutación del ser humano mediante la Sabiduría, la Inteligencia, el Amor y la Belleza (3).

Si la ciencia actual se constituye como un conocimiento objetivo acerca de una materia concreta mediante la observación, la experimentación, la formulación de hipótesis y la verificación, es innegable que también aquí el número está presente, aunque en su vertiente más limitada: la estrictamente cuantitativa. El número está detrás de cualquier construcción moderna, pero sus ejecutores no se dan cuenta de lo que ello significa porque se ha olvidado la simbólica esencial e interior de lo numérico, su esoterismo.

No fue hasta el relevo tomado por Platón que toda la cosmogonía numérica sería expresada —o por lo menos recogida— mediante palabras. Platón hereda la tradición pitagórica y la hace comprensible a sus contemporáneos mediante diálogos entre distintos personajes, en cierto modo “humanizándolos” para que la comprensión de dichas formas puras pueda ser recibida, reconocida y vivenciada en las almas de aquellos dispuestos a escuchar en aquel momento del ciclo cósmico. En el Fedro, Platón comenta que el mundo de las formas es derivado del ideal, y que éste no es sino emanado del punto eterno. Además, relaciona cuatro de los poliedros regulares con los cuatro elementos:

Tierra: cubo; Aire: octaedro; Fuego: tetraedro; Agua: icosaedro,

siendo el éter, el quinto elemento, asociado al dodecaedro, el sólido más alto de todos por estar vinculado al cosmos en su plenitud. Al mismo tiempo, esta correspondencia del simbolismo geométrico con la Alquimia será heredada por los Collegia Fabrorum romanos, quienes la desarrollarán operativamente y más tarde pasará al medioevo; y bien entrado el siglo XVIII dónde alcanzará su máximo esplendor tal y como veremos más adelante. Esta concepción de un cosmos geométrico se puede comprender igualmente como la interacción de los cuatro elementos que lo conforman en distintos estados, que además presentan diferente carácter según la carga sexuada que muestren (positiva o masculina, femenina o negativa y neutra).

Junto con Pitágoras y Platón, otros amantes de Sofía siguieron sus pasos a través del número y la geometría, tales como Aristeo el Antiguo, quien en su Comparación de Cinco Regulares Sólidos afirma que “el mismo círculo circunscribe tanto el pentágono del dodecaedro como el triángulo del icosaedro cuando ambos están inscritos en la misma esfera”. Este trabajo inspiró al mismo tiempo al muy reconocido Euclides, tras el cual siguieron otros como Arquímedes, Apolonio de Pérgamo (quien escribió acerca de los ratios y dimensiones del icosaedro y el dodecaedro), Hypsicles de Alejandría (el cual firma la primera obra en que se divide la esfera en trescientos sesenta grados), Herón de Alejandría (inventor del primer molino de viento y el Aelópila, una máquina térmica basada en la ley de acción y reacción cientos de años antes de que Isaac Newton la postulara; además de escribir sobre neumática, hidráulica, óptica, matemáticas e incluso robótica), o Pappus de Alejandría, entre otros.

La irradiación sapiencial abarcaba además otros campos, como la física, la aritmética, la música y la astronomía, dentro de los cuales también destacan Hiparco de Rodas, Claudio Tolomeo, Demetrio de Falera o Nicomaco de Gerasa. Además de muchos otros sabios que desarrollaron el ideal platónico en sí mismos y que hoy podemos conocer gracias a sus obras escritas, como Filón de Alejandría, Apolonio de Tiana, Teón de Esmirna, Máximo de Tiro, Apuleyo, Ammonio Saccas, Plotino, Porfirio, Hermias, Jámblico, Edesio de Capadocia o Plutarco de Atenas. Resulta imposible —y sería incluso insultante— diferenciar entre autores en función de la ciencia en la que se apoyaron para desarrollar sus postulados intelectuales unánimemente tendentes a la Metafísica, por lo que en verdad sólo se puede hablar de un corpus hermético revelado por una entidad intelectual que se manifestó a través de distintos seres que dieron lugar a desarrollos en múltiples campos disímiles en sus aplicaciones formales, pero esencialmente idénticos.

(Continuará)

Notas:
1. Federico González y cols. Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha. Ed. SYMBOLOS, Barcelona, 2003.
2. Ibid.
3. Ibid.

Imagen:
1. Alineaciones de Carnac (3500 a.C.), Bretaña francesa. Fotografía tomada por Alberto Pitarch.

Colección Aleteo de Mercurio 11.
Hermetismo y Ciencia.
Alberto Pitarch.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2026.



domingo, 5 de julio de 2026

Hermetismo y Ciencia

III. Los orígenes de la ciencia moderna

Será entonces de la mano de Hermes y la ciencia hermética como nos adentraremos en el estudio de la ciencia en los albores de la era moderna a través de las espiras del tiempo, penetrando en las obras de algunos autores célebres que las desarrollaron hasta sus últimas consecuencias, basándose todavía en los principios metafísicos.

Aunque antes de presentar a nuestros autores, que la ciencia actual considera como científicos precursores, nos gustaría rescatar del olvido a algunos de los centros geográficos significativos desde el punto de vista tradicional en los que dejaron su huella los científicos de la antigüedad, aquéllos de los que desconocemos sus nombres pero que trabajaron sin descanso, desposándose finalmente con la diosa Sabiduría y accediendo así a la visión unitaria del cosmos, fin de todo trabajo de conocimiento cualquiera que sea.

Hablamos por ejemplo de Stonehenge, observatorio astronómico sorprendentemente aceptado como tal por la ciencia actual (1) en cuya construcción no sólo participaron astrónomos sino también lo que hoy llamaríamos geógrafos, geólogos, arquitectos, ingenieros, físicos y maemáticos (2).


De hecho, la construcción es una superposición de tres estructuras, la primera de las cuales está compuesta por 56 hoyos que rodean el recinto interior levantado en piedra; la segunda está compuesta por un conjunto de piedras locales exteriores a la estructura principal y la tercera es la tan fotografiada estructura tallada que se levanta imponente en la planicie de Salisbury, y cuyos trilitos fueron traídos desde las montañas de Prescelly, del lejano Gales (lo cual manifiesta una inteligencia ordenadora y conocedora de las propiedades de las rocas así como de su relación con los astros con los que están intrínsecamente ligadas).




De forma análoga, encontramos Newgrange en el valle irlandés de Boyne (3200 a.C.), las Piedras de Callanish en la isla escocesa de Lewis 2900 a.C.) o los más de setenta círculos neolíticos hallados en la región escocesa de Aberdeenshire, conocidos hoy como “Recumbent Stone circle”. También en Escocia, cerca del círculo ártico en las Islas Orkney, se encuentran más de 3000 hallazgos neolíticos entre los que destaca el conjunto de Maeshowe (2800 a.C.). También en Europa continental hay una multitud de hallazgos arqueológicos que testimonian un saber ancestral basado en el número y la proporción; en la Bretaña francesa están las conocidas alineaciones de Carnac (3500 a.C.), donde se halla el Cromlech de Crucuno (1800 a.C.), un cuadrilátero de planta rectangular cuyas diagonales lo dividen en dos triángulos pitagóricos iguales que pueden ser expresados mediante la proporción 3:4:5 y que además actúan como marcadores solsticiales, mientras que los lados norte y sur lo hacen como alineamientos equinocciales.


En el moderno estado de Sajonia-Anhalt, Alemania, se ha descubierto otra configuración peculiar que data del 4900 a.C. y que es considerado como el observatorio astronómico más antiguo de Europa. Se trata del Círculo de Goseck (3), cuya planta estaría compuesta por tres círculos concéntricos con una entrada norte y dos al sur en forma de V que marcarían los solsticios; los círculos no estaban formados con rocas sino con 1678 estacas de roble de 2.5 metros de alto. O sea, que según nos adentramos en la noche de los tiempos, vemos que las construcciones no eran en roca sino en madera, lo que favoreció su desaparición con el devenir; sin embargo, el saber que se desprende de estos centros astronómicos (y como hemos dicho antes, geográficos, geológicos y aritméticos) es el testimonio de que los hombres y mujeres que nos precedieron no eran salvajes que vivían mirándose el ombligo y que sólo cazaban o cultivaban para llevarse un bocado sino que tenían un conocimiento intelectual mucho mayor del que puede tener hoy en día cualquier ciudadano medio.

En fin, los testimonios en piedra diseminados por las llanuras de las Islas Británicas y los construidos sobre madera en la Europa continental dan prueba de un conocimiento real del movimiento de los astros así como de sus influencias en los cuerpos terrestres aun sin recurrir a las monumentales edificaciones egipcias, mesopotámicas o mesoamericanas. El conocimiento se expresó culturalmente de forma distinta, adaptado a los usos y costumbres de los indígenas del lugar, sin menoscabo intelectual o cultural alguno. La incursión en la ciencia del número como expresión de la realidad íntima del cosmos se desarrollaba de forma paralela en todo el globo por todos aquellos que participaban de la comunión salvífica del Verbo Creador, o sea en aquellos que trabajaban su alma de acuerdo a los ritmos y ciclos y que se ofrecían por entero a encarnar las ideas que al mismo tiempo cohabitaban.

Por lo que no se puede afirmar que existiera una separación real entre el saber científico y el saber intelectual; la única distinción aparente sería la de los estados del Ser, en cuya escala el saber científico no sería sino uno de los estados precedentes al saber intelectual, única sede de la diosa Sabiduría a la que tanto los hermanos del neolítico como algunos locos hoy en día todavía le cantan. El saber científico no es sino un medio, un soporte o un puente entre los mundos formales y las leyes que los rigen y otros estados más sutiles de nuestro ser. Entonces, es sólo por el reconocimiento de lo formal como reflejo de lo informal que la ciencia es fructífera; desde aquí, se parte hacia el desarrollo de otras aplicaciones prácticas que facilitarán el sustento de la población, el orden social y la perfección cultural. Así, los ritos agrarios y de fecundidad de la antigüedad formaban parte de ese orden de conocimiento que implica siempre traspasar velos hacia mundos más internos que paradójicamente coexisten simultáneamente; por lo que no se debería afirmar que los habitantes del neolítico desarrollaron un nítido conocimiento astronómico para poder establecer un calendario útil en aras a optimizar unas producciones agrícolas que garantizaran el sustento, sino que más bien habría que decir que tanto el saber astronómico como los ritos agrarios, así como cualquier otra clase de actividad sobre el medio que les tocó vivir, tenían como fin la identificación con la inmanencia que las originaba y el reconocimiento de la realidad metafísica de la que todo pende.

(Continuará)

Notas:
1. En 1963 Gerald Hawkins publica una carta en la revista Nature en la que demostraba mediante el lenguaje matemático que el círculo externo de Stonehenge I estaba relacionado con las direcciones anuales extremas de la salida y puesta del sol (solsticios), así como también señalaba las oscilaciones máximas y mínimas de la luna (salidas y puestas más septentrionales y meridionales durante el mes lunar). Tres años más tarde Fred Hoyle publicó un estudio confirmando que también se podían predecir de forma certera los eclipses en base a la geometría del monumento.
2. En la antigüedad no existía esta división de profesiones pues los hombres tenían un conocimiento mucho más amplio que ahora y el mismo ingeniero era astrónomo, astrólogo, matemático, médico, etc. Y aún por encima de estas vocaciones estaba el sacerdocio, quien gobernaba de acuerdo a los designios celestes.
3. Se han hallado más de 250 lugares arqueológicos similares a lo largo de Alemania, Austria y República Checa; la mayoría de ellos no han sido investigados todavía.

Imágenes:
1. Stonehenge (3100 a.C.), fotografía tomada por Andy Powell.
2. Stonehenge. Distribución de menhires, trilitos y demás rocas, según se encuentran a principios del siglo XXI. By Author ©Anthony Johnson 2008.
3. Stonehenge (3100 a.C.), fotografía tomada por Diego Delso CC BY-SA 4.0.
4. Alineaciones de Carnac (3500 a.C.), Bretaña francesa. Fotografía tomada por Alberto Pitarch.

Colección Aleteo de Mercurio 11.
Hermetismo y Ciencia.
Alberto Pitarch.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2026.