sábado, 21 de febrero de 2026

René Guénon y la Cábala

2. La Cábala y sus orígenes


Guénon explica en el capítulo “Qabbalah” de la obra póstuma Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos:

El término de qabbalah, en hebreo, no significa otra cosa que “tradición”, en el sentido más general (…).
La raíz QBL, en hebreo y en árabe, significa esencialmente la relación de dos cosas que están colocadas una frente a otra; de ahí provienen todos los diversos sentidos de las palabras que se derivan de ella, como, por ejemplo, los de encuentro y aún de oposición. De esta relación resulta también la idea de un paso de uno a otro de los dos términos en presencia, de donde ideas como las de recibir, acoger y aceptar, expresadas en ambas lenguas por el verbo qabal; y de ahí deriva directamente qabbalah, es decir, propiamente “lo que es recibido” o transmitido (en latín traditium) de uno a otro (1).

Siendo una palabra de origen hebreo, la Cábala designa especialmente al esoterismo de la tradición judía. Ésta, como toda tradición verdadera, “se vincula a los orígenes y procede de la Tradición primordial”, habiendo sido transmitida de manera regular e ininterrumpida desde su revelación según el propio nombre de “tradición” indica. Esta transmisión

constituye la “cadena” (shelsheleth en hebreo, sisilah en árabe) que une el presente al pasado y que ha de continuarse del presente al futuro: es la “cadena de la tradición” (shelsheleth haqabbalah), o la “cadena iniciática” de que hemos tenido ocasión de hablar recientemente, y es también la determinación de una “dirección” (volvemos a encontrar aquí el doble sentido del árabe qiblah) lo que, a través de la sucesión de los tiempos, orienta al ciclo hacia su fin y une éste con su origen, y que, extendiéndose incluso más allá de estos dos puntos extremos a causa de que su fuente principial es intemporal y “no humana”, lo vincula armónicamente con los demás ciclos, concurriendo a formar con éstos una “cadena” más vasta, la que ciertas tradiciones orientales llaman “cadena de los mundos”, en la que se integra progresivamente todo el orden de la manifestación universal (2).

Guénon destaca la importancia que tiene la ciencia de los números tanto en la Cábala como en el Pitagorismo, pero niega de plano que de este hecho —que nada tiene de extraño entre formas tradicionales derivadas en última instancia de un mismo tronco— se pueda inferir que la Cábala derive de aquél o bien del neoplatonismo, hipótesis muy en boga en medios académicos de la época del autor (3). Por otra parte, éste afirma categóricamente que suponer una filiación común del Pitagorismo y la Cábala respecto a la antigua tradición egipcia es “una teoría de la que mucho se ha abusado”, y que

en lo que concierne al Judaísmo, nos es imposible, pese a ciertas aserciones fantasiosas, descubrir en él la menor relación con todo lo que de la tradición egipcia puede conocerse (4) (nos referimos a la forma, que es lo único que hay que considerar en esto, puesto que, por lo demás, el fondo es idéntico necesariamente en todas las tradiciones); sin duda habría lazos más reales con la tradición caldea, ya sea por derivación o por simple afinidad, y en la medida en que es posible captar algo de estas tradiciones extinguidas desde hace tantos siglos (5).

Si Abram/Abraham, hombre justo de la ciudad de Ur, es el símbolo del vínculo entre la incipiente tradición hebrea y la caldea (6), su encuentro con Melquisedec significa el entroncamiento de aquélla con la gran Tradición Unánime:

He aquí primeramente el texto del pasaje bíblico del que estamos hablando: “Y Melki-Tsedeq, rey de Salem, hizo traer pan y vino; pues era sacerdote del Dios Altísimo (El Élion). Y bendijo a Abram diciendo: Bendito Abram del Dios Altísimo, dueño de cielos y tierra; y bendito sea el Dios Altísimo, que ha puesto a tus enemigos en tus manos. Y Abram le dio el diezmo de todo cuanto había tomado” (…). Melki-Tsedeq es presentado como alguien superior a Abraham, puesto que lo bendice, y “no cabe duda de que el menor es bendecido por el mayor”; además, por su parte, Abraham reconoce esta superioridad, ya que le concede el diezmo, lo cual es señal de su dependencia. Se produce aquí una verdadera “investidura”, casi en el sentido feudal de la expresión, pero con la diferencia de que se trata de una investidura espiritual; y podemos añadir que aquí se encuentra el punto de contacto de la tradición hebraica con la magna tradición primordial. Esa “bendición” a la que se refiere consiste de manera propiamente dicha en la comunicación de cierta “influencia espiritual”, de la cual Abraham participará de ahí en adelante (…) (7)

y que éste transmitirá a sus sucesores junto con el conocimiento de los misterios del Ser y del No Ser, o mejor dicho, de lo que de ellos puede ser conocido. Una transmisión que siempre va a estar en jaque por quien, según la tradición cabalística, penetra en el Pardés para “cortar las raíces de las plantas” y hacer imposible “toda comunicación efectiva con el Principio”… (8).

(Continuará)

Notas:
1. René Guénon. Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos. Ed. Obelisco, Barcelona, 1984. Este texto también ha sido publicado en la compilación de artículos del autor francés Sobre la Cábala y el esoterismo judío. Ed. Sanz y Torres, Madrid, 2023.
2. René Guénon. Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos. Ed. Obelisco, Barcelona, 1984.
3. Lo cual no excluye que algunos autores cabalistas igualmente penetrados del Pitagorismo y del neoplatonismo hayan empleado ciertos elementos de estas tradiciones en la difusión de la Cábala en su medio, algo que, por cierto, facilitó su propagación en el Occidente renacentista y propició la gestación de la Cábala cristiana. Ver Federico González y Mireia Valls. Presencia Viva de la Cábala. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2006. Y de los mismos autores: Presencia Viva de la Cábala II. La Cábala Cristiana. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2013.
4. Pese a lo rotundo de la aseveración del autor —que matiza en lo que sigue—, es innegable el papel que Moisés, hijo adoptivo de la hermana del faraón e iniciado en los misterios de Isis y Osiris, jugó como puente entre ambas tradiciones en un fin de ciclo de la tradición egipcia que vino a coincidir con la eclosión de la tradición de Abraham, Isaac y Jacob.
5. Ibid.
6. Tradición que, como la hebrea, estaría relacionada con la “corriente tradicional venida de la ‘isla perdida de Occidente’”, una procedencia que los propios nombres de “hebreos” y “árabes” sugiere. Guénon explica en otro lugar que a la raíz de “formas tan diversas como Hiber, iber o eber, y también ereb por transposición de las letras, se la encuentra designando a la vez la región del invierno, es decir, el Norte y la región de la tarde, o del sol poniente, es decir, Occidente, y a los pueblos que habitan una y otra región”. René Guénon. Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos, op. cit.
7. René Guénon. El Rey del Mundo, ibid.
8. René Guénon. Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada. Ed. Eudeba, Buenos Aires, 1988. La Haguigá explica que fue el rabino Aher quien penetró en el Pardés para destruir las plantas del Paraíso. Aher significa literalmente “el Otro”, y es un nombre que pega perfectamente a quien decide instalarse de por vida en la dualidad irreconciliable, renunciando a su auténtica identidad como ser humano y autoexiliándose del centro. Y ojo, porque uno mismo puede ser ese traidor.

Imagen:
1. Peter Paul Rubens. El encuentro de Abraham y Melquisedec. Óleo sobre tabla, ca. 1626. Museum of Fine Arts, Houston.

Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.



miércoles, 11 de febrero de 2026

René Guénon y la Cábala

1. René Guénon y la Cábala


En esta ocasión, debemos precisar aún otro punto que se vincula estrechamente a estas consideraciones: es que todo conocimiento exclusivamente “libresco” no tiene nada en común con el conocimiento iniciático, considerado incluso en su estado simplemente teórico (1).

En la Koré Kosmou —también conocida como La Hija (o Pupila) del Mundo—, Isis explica a Horus cómo Hermes ascendió a los cielos:

En esto, Hermes se disponía a remontar hacia los astros para escoltar a los dioses sus primos. Sin embargo dejaba por sucesores a Tat, a la vez su hijo y el heredero de estas enseñanzas, luego, poco después, a Asclepios el Imuthés, según los designios de Ptah-Hefaistos, y a otros aún, a todos aquellos que, por la voluntad de la Providencia reina de todas las cosas, debían realizar una búsqueda exacta y concienzuda de la doctrina celeste. Hermes pues, estaba a punto de decir en su defensa, ante el espacio circundante, que ni siquiera había entregado la doctrina íntegra a su hijo, en vista de la edad todavía muy temprana de éste, cuando, habiéndose levantado el día, siendo que, con sus ojos que todo lo ven, contemplaba el Oriente, percibió algo indistinto, y, a medida que lo examinaba, lentamente, al fin, le vino la decisión precisa de depositar los símbolos sagrados de los elementos cósmicos cerca de los objetos secretos de Osiris, y después, tras haber realizado además una plegaria y pronunciado tales y cuales palabras, ascendió al cielo.
Pero no conviene, niño mío, que deje este relato incompleto: es necesario que refiera todo lo que dijo Hermes en el momento de depositar los libros. Él, pues, habló así: “Oh libros sagrados que fuisteis escritos por mis manos imperecederas, vosotros sobre los que, habiéndoos ungido con el elixir de inmortalidad, tengo todo poder, permaneced imputrescibles e incorruptibles, a través de los tiempos de todos los ciclos, sin que os vea u os descubra ninguno de aquellos que habrán de recorrer las planicies de esta tierra, hasta el día en que el cielo envejecido dé a luz a organismos dignos de vosotros, aquéllos que el Creador ha llamado Almas”
(2).

Los libros de Hermes y las obras en que los maestros herméticos de todos los tiempos han vertido sus vivencias espirituales y sus enseñanzas conforman un corpus mediante el cual la tradición revelada por el dios ha llegado viva y actuante hasta este fin de ciclo. De la operatividad de estos intermediarios da cuenta Federico González en un pasaje de su obra Hermetismo y Masonería:

De hecho, para los hermetistas el libro es un transmisor directo de conocimientos, que se aúnan en una doctrina, la cual es absolutamente transformadora ya que tomando conciencia de nosotros mismos conocemos también nuestro ser en el mundo, es decir los secretos de la cosmogonía en virtud de las leyes de la analogía que establecen las correspondencias entre macro y microcosmos. La intermediación de este conocimiento del Sí, siempre es por la mediación simbólica de un tercer elemento, capaz de conectar dos proposiciones y realizar el milagro de la triunidad del Ser, tanto del hombre como del mundo, puesto que sabemos que la cosmogonía es el Ser (ontología) del Universo (3)

la cual también se revela a través de los símbolos y los libros venerados de otras tradiciones de la humanidad, que aunque diversas en su apariencia, expresan una misma y única Cosmogonía Perenne. Por esta unanimidad, los iniciados de cualquier tradición pueden acceder al conocimiento cabal de la doctrina de otras formas tradicionales a través del estudio de sus textos y la meditación en sus símbolos, efectivizarla “no librescamente” en su interior y difundirla fehacientemente. Precisamente esto es lo que hizo René Guénon con la Cábala y su simbólica (4); sus enseñanzas sobre el esoterismo de la tradición hebrea constituyen la columna vertebral de este trabajo (5).

(Continuará)

Notas:
1. René Guénon. Apercepciones sobre la Iniciación. Ed. Sanz y Torres, Madrid, 2006.
2. Koré Kosmou. Citado en Federico González. Hermetismo y Masonería. Doctrina, Historia, Actualidad. “Introducción”. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2016.
3. Op. cit.
4. Armando Asti Vera, en un estudio preliminar incluido en la versión de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada publicada por Eudeba (Buenos Aires, 1988), explica que Guénon debió estar vinculado en su juventud a una organización iniciática oriental a través de la cual recibió “los elementos necesarios para la elaboración de su síntesis tradicional” de las doctrinas hindúes y taoístas. También es conocido que recibió una iniciación masónica y que más tarde se vinculó a la tradición islámica. En cuanto a su conocimiento de la Cábala, a decir por las citas que acompaña a los libros y artículos en que trata de ella, pensamos que se nutrió principalmente del estudio de la Biblia, el Sefer Yetsirah, el Zohar y la obra contemporánea La Kabbale juive, de Paul Vulliaud.
5. Guénon trató de la Cábala y su simbolismo extensamente en dos de las obras que publicó en vida, El Rey del Mundo (1927) y El simbolismo de la cruz (1931). Además, las compilaciones póstumas Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos, y más recientemente, Sobre la Cábala y el esoterismo judío recogen un buen número de artículos que el autor escribió sobre distintos aspectos de la Cábala en varias revistas de estudios tradicionales.

Imagen:
1. Detalle de códice iluminado medioeval. Perteneciénte a la Galería de Imágenes de éste Cuaderno.

Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.



martes, 20 de enero de 2026

El libro hebreo de Enoch (8ª parte)

A modo de epílogo

Es muy extraño que nos haya tocado escribir estas últimas líneas en un instante del devenir en que se está vertiendo tanta sangre en Palestina. De los textos que hemos recordado aquí apenas queda memoria, y a lo sumo se logra aprehender sus sentidos literal y alegórico. Una lectura que resulta insuficiente para su plena comprensión (1) y que además arriesga alimentar en algunos la creencia de que la vida de los seres humanos es una pendejada de buenos contra malos o de malos contra buenos (las etiquetas de bueno y malo las pone cada cual discrecionalmente) en que los buenos creen que han de prevalecer sobre los malos porque ellos son buenos y los otros no, y los supuestos malos pretenden acabar con los presuntos buenos porque entienden que estos últimos son más malos que los considerados malos. Algo que, robando unas conocidas palabras a Shakespeare, no es más que una “historia contada por un necio, llena de ruido y furia, que nada significa” para aquel que consigue atisbar que vivimos para encantarnos con el recuerdo del Sí Mismo y entregarnos a él de este modo, o sea para serlo. Si somos lo que conocemos, con la contemplación de los lugares a los que Metatron y Rabí Ismael nos invitan y la revisita de esos paisajes con la imaginación activa podremos acceder a la vivencia de estados superiores de nuestro ser, y llegaremos a comprender verdaderamente que nuestro origen es nuestro destino. Absorbámonos en el silencio poderoso que se va a apoderar de nosotros tras la lectura de cada uno de los capítulos del Libro hebreo de Enoch, pues ello “es volver definitivamente a la Nada Primordial” (2).

Fin

Notas:
1. Desde la lectura alegórico-literal es imposible entender, por ejemplo, que el Israel que YHVH salva es el símbolo de una nación universal integrada por los iniciados de todas las tradiciones y tiempos, y que el Santo bendito sea es un aspecto del Uno, de un Principio generador único y común para todo el cosmos.
2. Federico González Frías. Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. Entrada: “Silencio”, ibid.

Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.



jueves, 8 de enero de 2026

El libro hebreo de Enoch (7 ª parte)

Visiones de Rabí Ismael sobre las alas de Metatron

En los ocho últimos capítulos del Libro hebreo de Enoch, Rabí Ismael transmite un conjunto de visiones a las que accede montado sobre las alas de Metatron (“yo fui con él y él me tomó de la mano, me izó sobre sus alas y me mostró...”). Son paisajes desde lo alto de planos elevados del Ser Universal que el Príncipe de la Faz puede recorrer libremente –como es propio de quien se cosmiza y deifica–, y cuya visión comparte libre y gratuitamente con aquel que, habiendo invocado al Principio y vacío de sí mismo, le han sido abiertas las puertas de los palacios del cielo de Aravot. En estos vuelos, Metatron enseña al rabino las letras grabadas en el Trono de gloria por las que el mundo, los cielos, los ángeles y la propia Merkaba han sido creados; las aguas superiores y el fuego, la nieve y el granizo de lo alto; las almas de los justos que han sido creados y han regresado a su origen y las de los que aún no han sido creados; el lugar a donde van a parar las almas de los malvados y las de los tibios; las almas de los “padres del mundo”, los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob y los justos que han ascendido al cielo y oran ante el Santo bendito sea; el Velo celeste en el que están inscritas “todas las generaciones de las generaciones del mundo, todos los actos de las generaciones del mundo, pasadas o presentes, hasta el agotamiento de todas las generaciones”; los espíritus de las estrellas que aparecen cada noche en el firmamento; y las almas de los ángeles oficiantes abrasados por el fuego salido del meñique del Santo bendito sea, convertidas en brasas (1). La última de las visiones es la de la mano de Dios:

Rabí Ismael dijo: Metatron me dijo:
Ven y te mostraré la mano derecha del Lugar, la que se ha retirado a causa de la ruina del Templo. De ella irradian toda suerte de brillos luminosos, por ella han sido creados 955 firmamentos
(2), y ni los serafines ni los ofanim tienen permiso para contemplarla antes del día de la salvación.
Yo fui con él, él me tomó de la mano, él me izó sobre sus alas y me la mostró con todo tipo de alabanzas, de júbilo y de elogio. Ninguna boca puede decir su alabanza y ningún ojo puede contemplarla a causa del exceso de su grandeza, de su alabanza, de su prestigio, de su gloria y de su belleza. Asimismo, todas las almas que merecen ver la dicha de Jerusalén están junto a ella y la glorifican, y la llaman a la clemencia diciendo tres veces cada día: “Despiértate, despiértate, revístenos de fuerza, brazo de YHVH”
(Is 51, 9). (…) En ese momento, el brazo derecho del Lugar se pone a llorar haciendo brotar y fluir cinco ríos de lágrimas desde sus cinco dedos, los que caen en medio del Gran Mar y hacen temblar el mundo entero, como se ha dicho: “La tierra se quiebra, se parte en trozos / la tierra estalla, vuela en pedazos / la tierra se tambalea, se tambalea por todos lados / la tierra vacila, vacila como alguien que está ebrio, / es sacudida como una choza” (Is 24, 19 y ss). Cinco veces, que corresponden a los cinco dedos de su gran diestra (3).


Cuando el Santo bendito sea constata que no hay ningún justo en la generación, que no hay ningún fiel en la tierra, que no hay justicia en las manos de los hijos del hombre, que no hay ningún hombre como Moisés ni suplicante como Samuel para pedir misericordia ante el Lugar para la salvación, para la redención, para que se manifieste su reino en el mundo, para que haga reaparecer su gran diestra ante él a fin de llevar a cabo una gran salvación de Israel, en seguida el Santo bendito sea se acuerda de su justicia y de su mérito, de su compasión y de su propia fidelidad, y salva para sí mismo su gran brazo (…). “Voy a salvar a mi brazo” (Is 63, 5). El Santo bendito sea dice en ese momento: En cuanto a mí, ¿hasta cuándo voy a esperar a los hijos del hombre para realizar la liberación de mi brazo por la justicia? Yo por mí mismo, y a causa de mi mérito y mi justicia, yo voy a salvar a mi brazo y salvaré con él a mis hijos de entre las naciones del mundo, como ha sido dicho: “En mi favor, en mi favor actuaré, pues cómo mi nombre sería profanado” (Is 48, 11).
Entonces el Santo bendito sea manifiesta al mundo su gran brazo y muestra a las naciones del mundo que su longitud es como la longitud del universo, que va de un extremo del mundo al otro, que su anchura es como la anchura del universo, que la belleza de su esplendor es como el resplandor de la luz del sol en su potencia en la estación de Tamouz (4). Inmediatamente después, Israel es redimido por él de su seno y aparece el Mesías, el cual hará subir a Jerusalén [a los israelitas] con gran alegría. Y desde los cuatro reinos del mundo, el reino de Israel comerá con el Mesías, y las naciones del mundo no comerán con ellos, pues se dice: “YHVH ha desnudado su santo brazo a los ojos de todos los pueblos, y todos los confines de la tierra verán la salvación de nuestro Dios” (Is 52, 10).
Y se ha dicho: “Sólo YHVH le guía, ningún dios extranjero con él” (Dt 32, 12). “YHVH será Rey sobre toda la tierra” (Za 14, 9) (5).

(Continuará)

Notas:
1. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 41-47, ibid.
2. Ver nota IX del texto correspondiente a la primera parte de esta serie de acápites.
3. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 48, ibid.
4. Tamouz o Tamuz es un mes de 29 días del calendario hebreo que se corresponde con los meses de junio-julio del calendario gregoriano.
5. Ibid.

Imagen:
1. La mano de Dios. Fresco de la iglesia de Sant Climent de Taüll, c. 1123. Museu Nacional d’Art de Catalunya, Barcelona.

Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.



viernes, 19 de diciembre de 2025

El libro hebreo de Enoch (6 ª parte)

En la hora de la triple alabanza

Hay una hora en que los miles de miles de miríadas de ángeles de las alturas proclaman la alabanza del Principio en lo invisible (explica Metatron que son “496.000 miríadas de campamentos en la altura de Aravot y cada campamento cuenta con 496.000 ángeles”). Lo llaman Santo porque es sagrado e inviolable (1) y repiten tres veces esa palabra porque es triple en su Unidad, pues contiene en su seno a la Dualidad primordial que impregna a toda la manifestación. Cuando llega la hora de decir “Santo”,

un viento de tempestad surge de delante del Santo bendito sea y cae sobre los campamentos de la Shekinah, y una gran tormenta se levanta en medio de ellos como se ha dicho: “He aquí el huracán de YHVH, el furor se ha desencadenado, la tempestad causa estragos” (Jer 30, 23).
Enseguida los miles de miles [de miríadas de ángeles de
Aravot] se convierten en chispas, los miles de miles se convierten en antorchas, los miles de miles se convierten en brasas ardientes, los miles de miles se convierten en llamas, los miles de miles se convierten en machos, los miles de miles se convierten en hembras, los miles de miles se convierten en vientos, los miles de miles se convierten en fuego ardiente, los miles de miles se convierten en una llama, los miles de miles se convierten en chispas, los miles de miles se convierten en hachmalim de luz (2) hasta que aceptan el yugo del reino del Elevado y Exaltado, el Formador de todos, con terror, miedo, estremecimiento, sudor, gruñidos, tiritera, pavor y temblor. E inmediatamente los devuelve a su primer estado. Todo ello con el fin de que el temor de su Rey esté ante ellos en todo instante de modo que concentren su corazón para decir el canto en cada momento (...)” (3).

Cuando los ángeles oficiantes desean decir el canto, el Río de Fuego crece en varios miles de miles de miríadas de miríadas de potencias de vigores de fuego y fluye y pasa por debajo del Trono de gloria, por entre los campamentos de los ángeles oficiantes y de las cohortes de Aravot. Todos los ángeles oficiantes descienden en primer lugar al Río de Fuego y se zambullen en el fuego del Río de Fuego, después hunden su lengua y su boca siete veces en el Río de Fuego, seguidamente salen y se revisten con restos de blasón y restos de hachmal, y se disponen en cuatro filas cara al Trono de gloria en cada firmamento (4).


La pronunciación por parte de los ángeles oficiantes de la Qedoucha, la oración del Trisagion o triple “Santo”, provoca una sacudida de alcance cósmico en la que “todas las columnas de los firmamentos y su base vacilan, los portales de los palacios de Aravot tiemblan, los cimientos del universo y de Chehaquim son sacudidos, las cámaras de Ma’on y las cámaras de Makhon se retuercen, y todas las armonías de Raqia, las estrellas y las constelaciones se alarman. El orbe del sol y el orbe de la luna se apartan precipitadamente de sus circuitos y corren hacia atrás 12.000 parasanges queriendo arrojarse del cielo a causa del estruendo de la voz [de los ángeles], de su encanto, de la vibración de su potencia y de las chispas y los relámpagos que salen de su boca (...). Hasta que el Príncipe del mundo (5) les grita y les dice: inmovilizaos en vuestros lugares, no temáis nada pues los ángeles oficiantes entonan el canto ante el Santo bendito sea como se ha dicho: ‘Cuando todas las estrellas de la mañana cantaban alegremente y los hijos de Dios hacían resonar sus aclamaciones’ (Job 38, 7)” (6).

Cuando los ángeles oficiantes dicen “Santo”,

todos los nombres expresados, grabados por una pluma de llama sobre el Trono de gloria, emprenden el vuelo como águilas, provistos de dieciséis alas, y rodean y circundan al Santo bendito sea por los cuatro lados del Lugar de la gloria de su Shekinah. Los ángeles del ejército, los oficiales de llama, los ofanim de valentía, los querubines de la Shekinah, los santos vivientes, los serafines, los ér’elim, los tapsarim (7), las cohortes de llamas, las legiones [de fuego] devorador, los órdenes flambeantes, los ejércitos de llamas, los santos príncipes ornados de coronas, vestidos de realeza, cubiertos de gloria, rodeados de belleza, engalanados de magnificencia, ceñidos de majestad caen sobre sus caras tres veces y dicen: Bendito es el nombre de la gloria de su reino por siempre jamás (8).

Pero cuando los ángeles oficiantes no pronuncian el “Santo” según el orden apropiado,

un fuego devorador surge del meñique del Santo bendito sea, cae sobre sus filas, se divide en 496.000 miríadas de partes correspondientes a los cuatro campamentos de los ángeles y los devora de golpe, como se ha dicho: “Un fuego le precede cuando marcha, devorando a todos los enemigos de su entorno” (Sal 97, 3). Inmediatamente el Santo bendito sea abre su boca y, pronunciando una palabra, crea a otros en su lugar, nuevos y semejantes a ellos. Cada uno se levanta ante el Trono de la gloria y dice “Santo”, como se ha dicho: “Nuevos cada mañana, grande es tu confianza” (Lm 3, 23) (9).

(Continuará)

Notas:
1. Acepción de la palabra “santo” en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua.
2. Los hachmalim son un orden de ángeles centelleantes.
3. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 35, vv. 1, 5-6, ibid.
4. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 36, vv. 1-2, ibid.
5. Ver nota V del texto correspondiente a la quinta parte de esta serie de acápites.
6. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 38, vv. 1-3, ibid.
7. Los ér’elim y los tapsarim son altas órdenes de ángeles.
8. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 39, vv. 1-2, ibid.
9. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 40, vv. 3-4, ibid.

Imagen:
1. Ríos de fuego del volcán Kilauea. El Correo, 8 de junio de 2023.

Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.



sábado, 6 de diciembre de 2025

El libro hebreo de Enoch (5 ª parte)

El tribunal y el juicio a la humanidad en el cielo de Aravot

Metatron enseña a Rabí Ismael que un “príncipe más exaltado que todos los príncipes, más maravilloso que todos los oficiantes” y que está por encima de todos los órdenes angélicos lleva “la cartera de los escritos en cuyo interior se halla el Libro de las memorias”, volumen en el que están consignados los hechos de la vida de todos los seres humanos. Es Dadveriel YHVH, el “príncipe de los archivos” cuyo nombre quiere decir “que de cada palabra que emana de él, sin excepción, se crea un ángel”. Dadveriel YHVH “identifica los sellos de la cartera, la abre y coge los libros que deposita en las manos del Santo bendito sea, y el Santo bendito sea los toma y los coloca en su presencia ante los escribas para que sean leídos en el gran Tribunal situado en la altura del firmamento de Aravot, ante la Familia de lo alto” (1). En un recinto frente al Trono de gloria, mirando al Santo bendito sea, se encuentran “cuatro grandes príncipes, llamados Vigilantes y Santos, más elevados, más glorificados, más temibles, más queridos, más fascinantes, más nobles, más grandes que todos los hijos de las alturas”. El esplendor del lugar en que se hallan “es parecido al del Trono de gloria” y el de su figura “se parece al resplandor de la Shekinah”, a tal punto que “ni los serafines, que son los más grandes de entre los hijos de las alturas, los pueden contemplar”. Son dos Vigilantes y dos Santos, y “cada uno de ellos posee setenta nombres correspondientes a las setenta lenguas que hay en el mundo (2) y que dependen del nombre del Santo bendito sea”. Éste “no hace nada en su mundo antes de dialogar con ellos, y a continuación actúa” (3).

Y prosigue Metatron:

Cada día sin excepción, cuando el Santo bendito sea está sentado sobre el Trono del juicio para juzgar al mundo entero y los libros de los vivos y los libros de los muertos están abiertos ante él, todos los hijos de las alturas permanecen erguidos en su presencia con terror, espanto, miedo, estremecimiento. Cuando el Santo bendito sea se sienta para juzgar sobre el Trono del juicio, su vestido es blanco como la nieve, la cabellera de su cabeza es como de pura lana, su manto es todo él como una luz radiante. Está completamente cubierto de justicia como si fuese una coraza. Los Vigilantes y los Santos están de pie ante él como los oficiales de justicia ante el juez. Debaten cada causa en particular y concluyen sobre el asunto que ha sido juzgado ante el Santo bendito sea tal como se ha dicho: “De un decreto de los Vigilantes procede esta sentencia y de una orden de los Santos esta decisión” (Dan 4, 14) (...) (4).
Cuando el gran Tribunal se sienta en la altura del firmamento de Aravot, ninguna criatura del mundo tiene la palabra a excepción de los grandes príncipes llamados YHVH por el nombre del Santo bendito sea. ¿Cuántos príncipes hay? Los setenta y dos príncipes de los reinos existentes en el mundo, sin contar el Príncipe del mundo (5) que habla en favor del mundo ante el Santo bendito sea cada día a la hora en que el libro que consigna todos los actos del mundo se abre (...) (6).

Acompañan también al Santo bendito sea en el juicio, a la derecha del Trono, la Justicia y los “ángeles de compasión”; a la izquierda, la Fidelidad y los “ángeles de paz”; y frente a él, la Verdad. Hay un escriba a los pies del Trono y un querubín por encima del sitial. Los “ángeles de destrucción” se levantan a la llamada del Altísimo y “los serafines de gloria rodean al Trono como muros, muros de relámpagos, los ofanim los envuelven como antorchas dispuestas en torno al Trono de gloria, y nubes de fuego y nubes de llamas las flanquean a derecha e izquierda” (7). Cuando el Santo bendito sea abre el libro, “mitad fuego, mitad llamas”,

[los ángeles de destrucción] se retiran de su presencia al instante para ejecutar el juicio sobre los malvados y la espada [de YHVH] es extraída de su vaina, espada cuyo resplandor irradia como el relámpago y se propaga de un extremo al otro del mundo, como se ha dicho: “Por el fuego YHVH entra en juicio, y por su espada contra toda carne” (Is 66, 16). Todos los habitantes del mundo se atemorizan y estremecen ante él cuando divisan su espada afilada como el relámpago [radiando] de un confín al otro del mundo y los rayos y las chispas que de ella brotan, tan numerosos como las estrellas del firmamento, como ha sido dicho: “Cuando habré afilado mi espada fulgurante” (Dt 32, 41) (8).

(Continuará)

Notas:
1. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 27, vv. 1-3, ibid.
2. Ver nota VI del texto correspondiente a la cuarta parte de esta serie de acápites. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 17, nota 11, ibid.
3. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 28, vv. 1-4; 29, 1-2, ibid.
4. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 28, vv. 5-8, ibid. En el Libro hebreo de Enoch no se habla de un juicio final único al término del ciclo de existencia de la humanidad presente sino de un juicio diario, permanente.
5. La identidad de este “Príncipe del mundo”, título que el cristianismo usa con un significado muy distinto al que aquí tiene, fue motivo de controversia en la literatura judaica del medioevo. El Zohar lo identifica con Metatron y esta asimilación, según observa Gershom Scholem, está avalada por las atribuciones que Metatron posee en el Libro hebreo de Enoch. Ver Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 30, nota 4, ibid.
6. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 30, v. 1-2, ibid.
7. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 31, v. 1; 33, vv. 1-3, ibid.
8. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 32, v. 1-2, vv. 1-3, ibid.

Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.



jueves, 20 de noviembre de 2025

El libro hebreo de Enoch (4 ª parte)

Las jerarquías angélicas y el orden del cosmos

Tras el impresionante relato de su transmutación, Metatron instruye a Rabí Ismael sobre los “grandes príncipes, los bellos, los venerados, los maravillosos, los honorables” regentes angélicos que junto a sus cohortes (1) rigen los cielos sobre los que se eleva la Merkaba, estados del Ser o planos intermediarios a caballo del grado de la existencia sobre el que se proyecta nuestra conciencia ordinaria y del mundo de los principios ontológicos. Son siete cielos —como siete son las sefiroth de construcción cósmica del Árbol de la Vida— y estos son sus gobernantes:

Michael, el gran príncipe, está asignado al séptimo firmamento, el superior, que se encuentra en Aravot.
Gabriel, príncipe del ejército, está asignado al sexto firmamento, que se encuentra en Makhon.
Chatquiel, príncipe del ejército, está asignado al quinto firmamento, que se encuentra en Ma’on.
Chahaqiel, príncipe del ejército, está asignado al cuarto firmamento, que se encuentra en Zevoul.
Baradiel, príncipe del ejército, está asignado al tercer firmamento, que se encuentra en Chehaqim.
Baraqiel, príncipe del ejército, está asignado al segundo firmamento, que se encuentra en la altura de Raqia.
Sidriel, príncipe del ejército, está asignado al primer firmamento, que se encuentra en Vilon, que se encuentra en Chamayim (2).

El nombre Vilon es un latinismo derivado de velum, “velo”, y Chamayim es “la región en la que el sol, la luna y las estrellas han sido puestas” (3), aunque el nombre que le atribuye el Génesis es propiamente raqia ha chamayim (4), “la extensión de los cielos”, el ámbito que separa la Tierra y las aguas inferiores de las aguas superiores y que por consiguiente vendría a abarcar el primer y el segundo firmamento mencionados por Metatron. Se trata, pues, de la bóveda celeste, de un gran telón esférico con un enorme grosor por el que discurren el Sol, la Luna, las constelaciones y todas las estrellas en general, astros y asterismos cuyos orbes se encuentran a cargo, respectivamente, de los príncipes Galgaliel, Ophaniel, Rahatiel y Kokhaviel junto a los ángeles que les acompañan (5).


Los ángeles de los siete firmamentos constituyen una jerarquía perfecta, puesto que cada cual “retira la corona de gloria de su cabeza y cae sobre su rostro” ante la visión del príncipe del firmamento inmediatamente superior. Y el príncipe del firmamento más alto se prosterna ante

72 príncipes celestes de los reinos correspondientes a las 70 lenguas que hay en el mundo (6). Llevan como tocados coronas reales, están revestidos con vestimentas reales, van recubiertos de ornamentos reales, montan caballos reales y tienen en las manos cetros reales. Cuando uno de ellos se desplaza en el firmamento, los servidores reales corren delante suyo con gran honor y gran pompa, a la manera como [los reyes] se desplazan en la tierra sobre carros, con caballeros y numerosos soldados, con gloria, grandeza, nobleza, aclamación y magnificencia (7).

Los 72 príncipes de las lenguas se inclinan ante los guardianes de la puerta que da acceso al primer palacio de Aravot, y los de los umbrales de los palacios más internos ante los custodios de la entrada al palacio siguiente. Esta jerarquía ascendente prosigue en el interior del séptimo palacio, un recinto que alberga, si así pudiese decirse, a lo más recóndito de lo que es el mundo de Atsiluth en la cábala sefirótica. Los guardianes de su puerta veneran a “cuatro príncipes gloriosos asignados a los cuatro campamentos de la Shekinah”, éstos a “Taga’ats, el príncipe grande y reverenciado”, Taga’ats a Atatiel, “el gran príncipe de los tres dedos”, Atatiel a Hamon, “el príncipe grande, temible, glorioso, espléndido, venerado, que hace temblar a todos los hijos de las alturas cuando llega el momento de decir ‘Santo’”, y Hamon a Tetrasiel YHVH, el primer ángel de una cadena de 17 príncipes que portan el nombre impronunciable de la deidad. Son estos, por orden ascendente, Tetrasiel YHVH, Atrouggiel YHVH, Na’arouriel YHVH, Sasnigel YHVH, Zazriel YHVH, Guevouratiel YHVH, Araphiel YHVH, Achroili YHVH, Galitsour YHVH (el “revelador del misterio”), Zakzachiel YHVH (el que “escribe los méritos de Israel sobre el Trono de gloria”), Anaphiel YHVH (“el que guarda las llaves de los palacios del firmamento de Aravot”) (8), Soter Achiel YHVH (el que “sirve ante el Rostro sobre los cuatro brazos del Río de Fuego, frente al Trono de gloria”), Choqed Hozi YHVH (el que “pesa todos los méritos sobre el plato de una balanza ante el Santo bendito sea”), Ze Penourai YHVH (el que “se enfurece contra el Río de Fuego y lo extingue en su Lugar”), Azgobhai YHVH (el que “ciñe con vestidos de vida y envuelve con mantos de vida a los justos del mundo en los tiempos futuros así como a los piadosos del mundo para que vivan en ellos una vida eterna”) y dos príncipes aún más altos, Sopheriel YHVH (“el que hace morir” e inscribe en el libro de los muertos a quien ha llegado la hora de perecer) y Chopheriel YHVH (“el que hace vivir” a quienes el Santo bendito sea quiere que vivan y los inscribe en el libro de los vivos) (9). Todas estas entidades angélicas, arquetipos emanados del pensamiento divino y aspectos del Uno de nombre impronunciable, conforman un enorme basamento sobre el que se asienta la Merkaba y todo lo que la rodea en la visión del profeta Ezequiel (10).

Metatron revela a Rabí Ismael que Rekaviel YHVH, “príncipe distinguido y honorable, espléndido y noble, prestigioso y venerable, valiente y poderoso, grande y magnífico, fuerte y suntuoso, maravilloso y exaltado, puro y querido, soberano, soberbio, imponente, antiguo, osado, tal que ninguno entre los príncipes es idéntico a él”, es el ángel que cuida de las ruedas del Carro. Estas son “ocho, dos en cada dirección” (11); cuatro vientos “las envuelven en un círculo”, cuatro ríos de fuego “fluyen y emergen de debajo de ellas” y cuatro nubes, “nubes de Fuego, nubes de Llama, nubes de Brasa, nubes de Azufre”, se alzan frente a ellas (12). Los cuatro seres vivientes, de cuatro caras y cuatro alas, apoyan sus pies sobre las ruedas y “cada viviente en particular es como la plenitud del mundo entero” (13). Estos seres están a cargo de otro ángel, Hayaliel YHVH, “príncipe noble y terrible, príncipe grande y temible, príncipe ante el cual todos los hijos de las alturas se estremecen, príncipe que es capaz de devorar al universo entero de un solo bocado” y “golpea a los [cuatro] vivientes con látigos de fuego. Los exalta cuando cantan alabanzas, laudes y júbilos, y los apremia a decir a continuación: ‘Santo, Santo, Santo, Bendita es la gloria de YHVH desde su Lugar’” (14). Los vivientes

portan el Trono de gloria cada uno con tres dedos, siendo la medida de la altura de cada dedo de 8.766.000 parasanges (15). Por debajo de los pies de los vivientes fluyen siete ríos de fuego; cada río tiene una anchura de 365.000 parasanges, su profundidad es de 248.000 miríadas de parasanges, y su longitud no tiene límite ni medida. Cada río revierte como una cúpula hacia los cuatro vientos del firmamento de Aravot y después cae y se vacía sobre Ma’on. Y de Ma’on sobre Zevoul, de Zevoul sobre Chehaquim, de Chehaquim sobre Raqia, de Raqia sobre Chamayim, y de Chamayim sobre la cabeza de los malvados de la Gehena, como se ha dicho: “He aquí el huracán de YHVH, la tempestad se desencadena, ella se descarga sobre la cabeza de los malvados” ( Jer 23, 19) (16).

Junto a los seres vivientes se hallan los querubines, “cuyas alas se elevan por encima de sus cabezas”. Dice Metatron de estas entidades angélicas:

La Shekinah está posada sobre su espalda, el esplendor de la gloria está sobre sus caras, un canto de alabanza está en su boca. Sus manos son sus alas, sus pies están cubiertos por sus alas, hay rayos resplandecientes sobre su cabeza. Los rodean piedras de zafiro, hay pilares de fuego sobre su cuadrado, hay columnas de fuego a su lado. Un zafiro aquí y un zafiro allá, bajo los zafiros brasas de retama. Un querubín aquí y un querubín allá, las alas de los querubines ciñen sus cráneos. Las despliegan para cantar con ellas un canto a Aquél que habita las nubes y para enaltecer con ellas la magnificencia del Rey de reyes (17).

Un ángel de YHVH se encarga de “despertar la forma de su bella prestancia, acrecentar la magnificencia de su eminencia, aumentar la superioridad de su belleza (...)” para “preparar una sede a Aquel que se sienta sobre los querubines”. Es Kerouviel YHVH, “príncipe imponente y maravilloso, valeroso y alabado con todo tipo de alabanzas”, “príncipe valiente lleno de fuerzas vivas, príncipe majestuoso y la majestad está con él, príncipe justo y la justicia está con él, príncipe santo y la santidad está con él. Príncipe glorificado por millares de ejércitos, príncipe exaltado por miríadas de soldados. Su ira hace temblar el universo, su cólera sacude los campamentos, el pavor que inspira hace que se tambaleen los cimientos, con su estruendo Aravot se estremece. Su estatura está llena de brasas, la altura de su envergadura es semejante a la altura de los siete firmamentos, la anchura de su envergadura es como la anchura de los siete firmamentos, la profundidad de su envergadura es como la de los siete firmamentos. La abertura de su boca arde como una antorcha, su lengua es un fuego devorador, sus párpados son como el esplendor del relámpago, sus ojos son como chispas resplandecientes, el aspecto de su cara es como un fuego ardiente. Hay una corona de santidad sobre su cabeza y el nombre maravilloso está grabado sobre ella; de ella salen relámpagos (...)”. Kerouviel YHVH insta a los querubines “con respeto e ímpetu a cumplir la voluntad de su Creador, a cada instante sin cesar ya que en la sumidad de su cabeza habita constantemente la gloria del gran Rey” que los preside (18).

Hay otros dos órdenes de ángeles por encima de los querubines: los ofanim (19) y, coronando la jerarquía angélica del Carro, los serafines. Metatron describe a los ofanim como seres cubiertos de ojos y alas que portan vestidos tachonados de zafiros (“72 piedras de zafiro a la derecha de cada uno de ellos (...). 72 piedras de zafiro a la izquierda de cada uno de ellos”) y ciñen coronas en las que hay engastadas 4 esmeraldas “cuyo brillo se extiende hacia las cuatro esquinas de Aravot de modo parejo al orbe del Sol, cuyo brillo irradia hacia los cuatro vientos del mundo. ¿Y por qué se llama [a esa piedra] esmeralda? Porque su resplandor es parecido al aspecto del relámpago” (20). Ophaniel YHVH es su ángel custodio, “un príncipe grande, terrible, valeroso, glorioso, imponente y venerable, antiguo e intrépido” que “les sirve y magnifica” para que puedan alabar a su Creador. Ophaniel YHVH tiene “cuatro caras en cada lado”, “cien alas en cada lado” y “8.766 ojos correspondientes al número de horas del año, 2.191 en cada lado. De cada par de ojos que hay en cada una de sus caras surgen relámpagos. De cada uno brotan antorchas que nadie puede mirar, ya que quien las mira se consume de inmediato. La altura de su talla es un viaje de 2.500 años, ningún ojo la puede ver. Y ninguna boca puede decir la fuerza de la firmeza de su poder salvo el Rey de reyes de reyes, el Santo bendito sea” (21).

Los serafines son ángeles cuyas caras brillan como el Trono de gloria (22), “tanto que hasta los vivientes sagrados, los majestuosos ofanim y los querubines ilustres no pueden contemplarlos ya que, a quien los mira, sus ojos se ciegan por su gran resplandor” (23). Dice también Metatron:

¿Cuántos son los serafines? Cuatro, correspondientes a los cuatro vientos del mundo. ¿Y de cuántas alas disponen? De seis alas, correspondientes a los seis días del Génesis. ¿Cuántas caras tienen? Dieciséis caras, cuatro en cada dirección. La dimensión de los serafines y la altura de cada uno de ellos corresponde a los siete firmamentos. En cuanto a la dimensión de las alas, cada una es como una plenitud de firmamento, la dimensión de cada cara es como la cara del sol levante. (...)
¿Y por qué tienen el nombre de serafines? Porque queman los registros de Satán. Cada día se sienta Satán en compañía de Samael, el príncipe de Roma, y de Doubiel, el príncipe de Persia
(24); inscribe las iniquidades de Israel sobre los registros y confía a los serafines la misión de hacerlos llegar al Santo bendito sea para eliminar a Israel del mundo. Pero los serafines conocen los secretos del Santo bendito sea, saben que no quiere que caiga la nación de Israel. ¿Y qué hacen pues los serafines? Cada día toman los registros de las manos de Satán y los queman en el brasero ardiente que está frente al Trono elevado y exaltado para que no lleguen ante el Santo bendito sea cuando está sentado sobre el Trono del juicio y juzga al mundo entero según la verdad (25).

Seraphiel YHVH es el príncipe que vela por los serafines. Entidad extraordinariamente luminosa cuya “figura es como la de los ángeles y su cuerpo como el de las águilas”, está “llena de ojos como las estrellas de los cielos, que no tienen límite ni tienen número”. “La corona que está sobre su cabeza es como el resplandor del Trono de gloria”, y el nombre que ésta lleva es “Príncipe de la Paz”. Seraphiel YHVH “acompaña a los serafines día y noche y les enseña un canto, un salmo, un elogio, un viva y una ovación para que magnifiquen a su Rey con todos los tipos de alabanza y santificación” (26).


(Continuará)

Notas:
1. “Todos estos son príncipes de ejército de un firmamento, cada uno de ellos está acompañado de 496.000 miríadas de ángeles oficiantes”. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 17, v. 2, ibid. Mopsik observa que 496 es la suma del valor de las letras del alefato que componen la palabra Malkhuth, el Reino (ver ibid., nota 2 al capítulo citado).
2. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 17, v. 3, ibid.
3. Ver la entrada “Shamayim” en la versión online de la Jewish Encyclopedia de 1906. Esta palabra deriva de shama, “el alto lugar”, y mayim o mayyim, “aguas”.
4. Biblia de Jerusalén, ibid.
5. Acompañan a Galgaliel 96 ángeles, 88 a Ophaniel, 72 a Rahatiel y “365.000 miríadas de ángeles oficiantes, grandes y honorables” a Kokhaviel, los que “hacen circular a las estrellas de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad en el firmamento del cielo”. Las longitudes de los recorridos diarios de las luminarias y las constelaciones son igualmente simbólicas: 365.000 parasanges la del Sol, 354.000 parasanges la de la Luna y 339.000 parasanges la de las constelaciones. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 17, vv. 4-7, ibid.
6. En otras versiones del Libro hebreo de Enoch se dice que las lenguas que se hablan en el mundo son 72. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 17, nota 11, ibid.
7. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 17, v. 8, ibid.
8. Anaphiel YHVH es además el príncipe a quien el Santo bendito sea encomienda el ascenso a los cielos y la custodia de Enoch-Metatron.
9. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 18, vv. 1-24, ibid.
10. Ver nota III del texto correspondiente a la primera parte de esta serie de acápites.
11. O sea cuatro ruedas ‘dobles’ que “parecían dispuestas como si una rueda estuviese dentro de la otra”. Biblia de Jerusalén. Ez 1, 16, op. cit.
12. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 19, vv. 1-5, ibid.
13. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 21, v. 1, ibid.
14. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 20, vv. 1-2, ibid.
15. Ver nota XV del texto correspondiente a la segunda parte de esta serie de acápites. El módulo 8.766 es el número exacto de horas de un año solar de 365,25 días.
16. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 33, vv. 4-5, ibid. El redactor del libro omite el cielo de Makhon en esta serie descendente de firmamentos por la que se vierten las cascadas de fuego. La Gehena es el infierno ardiente (según la entrada “Gehenna” de la Jewish Encyclopedia de 1906, originalmente se daba dicho nombre a un valle situado al sur de Jerusalén en el que se sacrificaban niños al dios Moloch conforme a las tradiciones antiguas de los pobladores del país de Canaan). Así, Metatron enseña que el fuego de la Gehena procede de lo alto.
17. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 22, vv. 13-15, ibid.
18. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 22, vv. 1-5, 16, ibid.
19. Mopsik explica que en la literatura de los Palacios, los ofanim son considerados entidades distintas a las ruedas que Ezequiel contempla en su visión y que en Ez 1, 15 se denominan con el mismo nombre. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 25, nota 7, ibid.
20. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 25, vv. 6-7, ibid.
21. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 25, vv. 1-5, ibid.
22. “Serafín” proviene de seraf, “arder”. Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 26, nota 13, ibid.
23. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 26, v. 11, ibid.
24. Roma y Persia son el emblema de las fuerzas que abolieron los símbolos de la autoridad espiritual y el poder temporal del pueblo judío, el templo de Jerusalén y la institución de la monarquía.
25. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 26, vv. 9-12, ibid.
26. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 26, vv. 3-8, ibid.

Imágenes:
1. “El concierto de los ángeles”, de Gaudenzio Ferrari, ca. 1535. Santuario de Santa Maria della Grazia, Saronno, Italia.
2. Ezequiel y la visión de la Merkaba. Grabado de Mateo Merian para su obra Icones Biblicae, Frankfurt, 1670.

Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.