viernes, 6 de marzo de 2026

René Guénon y la Cábala

3. La cosmogonía cabalística y el Árbol de la Vida


La cosmogonía es el vehículo simbólico por medio del cual el cabalista se abre a los misterios del Uno sin nombre. En el Sefer Yetsirah, libro sagrado que expresa la cosmogonía a través del simbolismo de las letras y los números, se dice:

Formó del Thohú (vacío) una cosa e hizo lo que es de lo que no era. Talló unas grandes columnas del éter inasequible. Reflexionó, y la Palabra (Memrá) produjo todo objeto y toda cosa por su Nombre Uno (1).

Y en palabras de Guénon:

“La Luz (Aor) brotó del misterio del éter (Avir). El punto oculto se manifestó, es decir, la letra yod (2). Esta letra representa jeroglíficamente el Principio y se dice que de ella se formaron todas las restantes letras del alfabeto hebreo, formación que, según el Sefer Yetsirah, simboliza la del mundo manifestado. También se dice que el punto primordial incomprensible, que es el Uno no manifestado, forma tres que representan el Comienzo, el Medio y el Fin, y que estos tres puntos reunidos constituyen la letra yod, que también es el Uno manifestado (o, más exactamente, afirmado en tanto que principio de la manifestación universal) o, dicho en lenguaje teológico, Dios haciéndose “Centro del Mundo” por medio de su Verbo. “Cuando la yod fue producida, dice el Sefer Yetsirah, lo que quedó de este misterio o del Avir (éter) oculto fue Aor (luz)”; en efecto, si quitamos la yod de la palabra Avir queda Aor.
A este respecto, P. Vulliaud cita el siguiente comentario de Moisés de León: “Después de recordar que el Santo, bendito sea, incognoscible, sólo puede ser captado a través de sus atributos (midot) por los que ha creado los mundos, empecemos por la exégesis de la primera palabra de la Torá: Bereshit. Respecto a este misterio, algunos autores antiguos nos han enseñado que está oculto en el grado supremo, el éter puro e impalpable. Este grado es la suma total de todos los espejos posteriores (es decir, exteriores con relación a este mismo grado). Estos proceden de él, por el misterio del punto, el cual, él mismo, es un grado oculto que emana del éter puro y misterioso. El primer grado, que está totalmente oculto (es decir, no manifestado), no puede ser captado. Asimismo, como el misterio del punto supremo, aunque esté profundamente escondido, puede ser captado por el misterio del Palacio interior” (3).

Este Palacio interior o “Santo Palacio” es el “punto central y primordial” en el que el ser “está establecido en el infinito, borrado en el infinito”. En sí, “no se encuentra situado en ningún lugar, ya que es absolutamente independiente del espacio, no siendo éste más que el resultado de su expansión o desarrollo indefinido en todos los sentidos y, en consecuencia, procediendo por entero de él” (4). El texto de Moisés de León que Guénon recoge de Paul Vulliaud continúa así:

“El misterio de la Corona suprema (Keter, la primera de las diez Sefirot) corresponde al del puro e inalcanzable éter (Avir). Es él la causa de todas las causas y el origen de todos los orígenes. Es en este principio, origen invisible de todas las cosas, donde nace el ‘punto’ oculto del que todo procede. Por esto se dice en el Sefer Yetsirah: ‘Antes del Uno, ¿qué puedes contar?’. Es decir: antes de este punto, ¿qué puedes contar o comprender? Antes de este punto no había nada salvo Ain, o sea, el misterio del éter puro o incaptable, así denominado (con una simple negación) a causa de su incomprensibilidad (5). El comienzo comprensible de la existencia se encuentra en el misterio del ‘punto’ supremo (6). Y dado que este punto es el ‘comienzo’ de todas las cosas, se le denomina ‘Pensamiento’ (Mahasheba). El misterio del Pensamiento creativo corresponde al ‘punto’ oculto. Es en el Palacio interior donde el misterio unido al ‘punto’ puede ser comprendido, ya que el puro e inasequible éter permanece siempre misterioso. El ‘punto’ es el éter hecho palpable (por medio de la ‘concentración’, punto de partida de toda diferenciación) en el misterio del Palacio interior o Santo de los Santos (7). Todo, sin excepción, primero debe ser concebido en el Pensamiento. Y si alguien dijera: ‘Ved, hay algo nuevo en el mundo’, haced que se calle, ya que fue anteriormente concebido en el Pensamiento. El Santo Palacio interior emana del ‘punto’ oculto (por las líneas salidas de este punto siguiendo las seis direcciones del espacio). El Santo de los Santos, el quincuagésimo año (alusión al jubileo, que representa el retorno al estado primordial), también se denomina Voz que emana del Pensamiento. Por lo tanto, todos los seres y todas las causas emanan por la fuerza del ‘punto’ de arriba. Esto es todo por lo que se refiere a los misterios de las tres Sefirot supremas” (8).

Guénon trata aspectos muy interesantes de la simbólica del Árbol de la Vida en el capítulo de El Simbolismo de la Cruz que lleva por título “El Árbol del Medio”, epígrafe que alude a los árboles que representan al Eje del Mundo en distintas tradiciones (9). “Este árbol se alza en el centro del mundo, o más bien de un mundo, es decir, en el del dominio en el que se desarrolla un estado de existencia, como el estado humano, que es el que se considera más a menudo en un caso semejante. En particular, dentro del simbolismo bíblico, es el ‘Árbol de la Vida’, plantado en medio del ‘Paraíso terrenal’, el que representa el centro de nuestro mundo (…)”. Sobre éste, el autor recuerda que el Génesis alude a otro árbol “que juega un papel no menos importante e incluso, generalmente más conocido: el ‘Árbol de la Ciencia del bien y del mal’”.

Las relaciones existentes entre estos dos árboles son muy misteriosas: el relato bíblico, inmediatamente después de designar al “Árbol de la Vida” diciendo que se encuentra “en medio del jardín”, nombra al “Árbol de la Ciencia del bien y del mal”; más adelante, dice que este último también se encontraba “en medio del jardín”; y finalmente, Adán, después de comer el fruto del “Árbol de la Ciencia”, sólo tenía que “tender su mano” para coger también el fruto del “Árbol de la Vida” (10).

La proximidad de los dos árboles indica que están estrechamente unidos en su simbolismo, a tal punto que “algunos árboles emblemáticos [del Medio] presentan rasgos que evocan tanto a uno como a otro”:

Tal como su nombre indica, la naturaleza del “Árbol de la Ciencia del bien y del mal” se caracteriza por su dualidad, ya que en esta designación encontramos dos términos que son, no ya complementarios, sino verdaderamente opuestos (...); no puede ocurrir lo mismo con el “Árbol de la Vida”, cuya función de “Eje del Mundo” implica, por el contrario, esencialmente, la unidad. Por lo tanto, cuando encontramos en un árbol emblemático una imagen de la dualidad, parece correcto ver en ello una alusión al “Árbol de la Ciencia”, mientras que desde otros puntos de vista, el símbolo considerado sería incontestablemente una representación del “Árbol de la Vida” (11).

Estas dos facetas están especialmente claras en el modelo del Árbol de la Vida sefirótico de la Cábala, donde

la “columna de la derecha” y la “columna de la izquierda” ofrecen una imagen de la dualidad; pero entre las dos se encuentra la “columna del medio”, donde se equilibran las dos tendencias opuestas y donde se vuelve a encontrar la unidad verdadera del “Árbol de la Vida” (12).

El símbolo de la ingesta del fruto del “Árbol de la Ciencia” que la serpiente ofrece a Eva —que es el mismo Adán en su faceta femenina y receptiva— expresa que la “caída” se produce por la adhesión a una visión dual de la existencia que aleja al ser humano del centro y lo aliena de su sí mismo. “Este centro se ha vuelto inaccesible para el hombre caído al haber perdido el ‘sentido de eternidad’, que es también el ‘sentido de la unidad’ (13); volver al centro, por la restauración del ‘estado primordial’, y alcanzar el ‘Árbol de la Vida’, es recuperar ese ‘sentido de la eternidad’”. Es en el luz o “núcleo de inmortalidad” del hombre, ubicado simbólicamente en la base de su columna vertebral, donde se hallan “los elementos virtuales necesarios para la restauración del ser”, una energía motora análoga a la fuerza que la tradición hindú llama kundalini. Ésta

se representa bajo la figura de una serpiente enrollada sobre sí misma, en una región del organismo sutil que corresponde precisamente también al extremo inferior de la columna vertebral; ello sucede así al menos en el hombre común, aunque por el efecto de ciertas prácticas como las del hatha-yoga se despierta, se despliega y eleva a través de las “ruedas” (chakras) o “lotos” (kamalas) que responden a los diversos plexos, para alcanzar la región correspondiente al “tercer ojo”, es decir, el ojo frontal de Shiva. Este estadio representa la restitución del “estado primordial”, en el cual el hombre descubre el “sentido de la eternidad” y, gracias a ello, obtiene aquello que en otra parte hemos dado en llamar inmortalidad virtual. Hasta aquí, nos encontramos todavía dentro de un estado propiamente humano; en una fase ulterior, kundalini llega por último a alcanzar la cima de la cabeza. Esta fase final se relaciona con la conquista de los estados superiores del ser (14).

Se dice que el Adán caído perdió el Graal, símbolo del corazón del mundo y de la tradición primordial, cuando fue expulsado del Pardés. Pero su tercer hijo, Seth, el Adán regenerado, “consiguió entrar de nuevo en el Paraíso terrenal y recobrar de esta manera el precioso vaso”, restableciendo de este modo la unión con el centro (15).

(Continuará)

Notas:
1. René Guénon. El Simbolismo de la Cruz. Ed. Obelisco, Barcelona, 1984. En cuanto a las “grandes columnas” talladas, el autor escribe en una nota a pie de página que “se trata de las ‘columnas’ del árbol sefirótico: columnas del centro, de la derecha y de la izquierda”.
2. Paul Vulliaud. La Kabbale juive. Citado en René Guénon. El Simbolismo de la Cruz. Ed. Obelisco, Barcelona, 1984.
3. René Guénon. El Simbolismo de la Cruz, ibid.
4. Ibid.
5. Guénon añade en nota: “Corresponde al Cero metafísico, o al ‘No Ser’ de la tradición extremo oriental, simbolizado por el ‘vacío’”.
6. Acota el autor francés: “O sea, en el Ser, principio de la Existencia, que es lo mismo que la manifestación universal, así como la unidad es el principio y el comienzo de todos los números”.
7. Y en nota de nuestro autor: “El ‘Santo de los Santos’ estaba representado por la parte más interior del Templo de Jerusalén, constituía el Tabernáculo (mishkan) donde se manifestaba la Shekinah, es decir, ‘la presencia divina’”.
8. Ibid.
9. Por ejemplo, el árbol de las manzanas de oro del jardín de las Hespérides o el árbol Yggdrasil de la tradición nórdica.
10. Ibid.
11. Ibid.
12. Ibid.
13. El bloqueo por los querubines del camino de acceso al Paraíso simboliza la imposibilidad del retorno al centro para quien ha perdido este “sentido de la unidad”.
14. René Guénon. El Rey del Mundo. Ed. Paidós, Barcelona, 2003.
15. René Guénon. El Rey del Mundo, ibid. El nombre de Seth “es expresión de la idea de fundamento y estabilidad, por lo cual sugiere de algún modo la restauración del orden primordial destruido por causa de la caída del hombre”.

Imagen:
1. Árbol de la Vida sefirótico. Autoría desconocida, 1674. Perteneciente a la Galería de Imágenes de éste Cuaderno.

Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.



sábado, 21 de febrero de 2026

René Guénon y la Cábala

2. La Cábala y sus orígenes


Guénon explica en el capítulo “Qabbalah” de la obra póstuma Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos:

El término de qabbalah, en hebreo, no significa otra cosa que “tradición”, en el sentido más general (…).
La raíz QBL, en hebreo y en árabe, significa esencialmente la relación de dos cosas que están colocadas una frente a otra; de ahí provienen todos los diversos sentidos de las palabras que se derivan de ella, como, por ejemplo, los de encuentro y aún de oposición. De esta relación resulta también la idea de un paso de uno a otro de los dos términos en presencia, de donde ideas como las de recibir, acoger y aceptar, expresadas en ambas lenguas por el verbo qabal; y de ahí deriva directamente qabbalah, es decir, propiamente “lo que es recibido” o transmitido (en latín traditium) de uno a otro (1).

Siendo una palabra de origen hebreo, la Cábala designa especialmente al esoterismo de la tradición judía. Ésta, como toda tradición verdadera, “se vincula a los orígenes y procede de la Tradición primordial”, habiendo sido transmitida de manera regular e ininterrumpida desde su revelación según el propio nombre de “tradición” indica. Esta transmisión

constituye la “cadena” (shelsheleth en hebreo, sisilah en árabe) que une el presente al pasado y que ha de continuarse del presente al futuro: es la “cadena de la tradición” (shelsheleth haqabbalah), o la “cadena iniciática” de que hemos tenido ocasión de hablar recientemente, y es también la determinación de una “dirección” (volvemos a encontrar aquí el doble sentido del árabe qiblah) lo que, a través de la sucesión de los tiempos, orienta al ciclo hacia su fin y une éste con su origen, y que, extendiéndose incluso más allá de estos dos puntos extremos a causa de que su fuente principial es intemporal y “no humana”, lo vincula armónicamente con los demás ciclos, concurriendo a formar con éstos una “cadena” más vasta, la que ciertas tradiciones orientales llaman “cadena de los mundos”, en la que se integra progresivamente todo el orden de la manifestación universal (2).

Guénon destaca la importancia que tiene la ciencia de los números tanto en la Cábala como en el Pitagorismo, pero niega de plano que de este hecho —que nada tiene de extraño entre formas tradicionales derivadas en última instancia de un mismo tronco— se pueda inferir que la Cábala derive de aquél o bien del neoplatonismo, hipótesis muy en boga en medios académicos de la época del autor (3). Por otra parte, éste afirma categóricamente que suponer una filiación común del Pitagorismo y la Cábala respecto a la antigua tradición egipcia es “una teoría de la que mucho se ha abusado”, y que

en lo que concierne al Judaísmo, nos es imposible, pese a ciertas aserciones fantasiosas, descubrir en él la menor relación con todo lo que de la tradición egipcia puede conocerse (4) (nos referimos a la forma, que es lo único que hay que considerar en esto, puesto que, por lo demás, el fondo es idéntico necesariamente en todas las tradiciones); sin duda habría lazos más reales con la tradición caldea, ya sea por derivación o por simple afinidad, y en la medida en que es posible captar algo de estas tradiciones extinguidas desde hace tantos siglos (5).

Si Abram/Abraham, hombre justo de la ciudad de Ur, es el símbolo del vínculo entre la incipiente tradición hebrea y la caldea (6), su encuentro con Melquisedec significa el entroncamiento de aquélla con la gran Tradición Unánime:

He aquí primeramente el texto del pasaje bíblico del que estamos hablando: “Y Melki-Tsedeq, rey de Salem, hizo traer pan y vino; pues era sacerdote del Dios Altísimo (El Élion). Y bendijo a Abram diciendo: Bendito Abram del Dios Altísimo, dueño de cielos y tierra; y bendito sea el Dios Altísimo, que ha puesto a tus enemigos en tus manos. Y Abram le dio el diezmo de todo cuanto había tomado” (…). Melki-Tsedeq es presentado como alguien superior a Abraham, puesto que lo bendice, y “no cabe duda de que el menor es bendecido por el mayor”; además, por su parte, Abraham reconoce esta superioridad, ya que le concede el diezmo, lo cual es señal de su dependencia. Se produce aquí una verdadera “investidura”, casi en el sentido feudal de la expresión, pero con la diferencia de que se trata de una investidura espiritual; y podemos añadir que aquí se encuentra el punto de contacto de la tradición hebraica con la magna tradición primordial. Esa “bendición” a la que se refiere consiste de manera propiamente dicha en la comunicación de cierta “influencia espiritual”, de la cual Abraham participará de ahí en adelante (…) (7)

y que éste transmitirá a sus sucesores junto con el conocimiento de los misterios del Ser y del No Ser, o mejor dicho, de lo que de ellos puede ser conocido. Una transmisión que siempre va a estar en jaque por quien, según la tradición cabalística, penetra en el Pardés para “cortar las raíces de las plantas” y hacer imposible “toda comunicación efectiva con el Principio”… (8).

(Continuará)

Notas:
1. René Guénon. Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos. Ed. Obelisco, Barcelona, 1984. Este texto también ha sido publicado en la compilación de artículos del autor francés Sobre la Cábala y el esoterismo judío. Ed. Sanz y Torres, Madrid, 2023.
2. René Guénon. Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos. Ed. Obelisco, Barcelona, 1984.
3. Lo cual no excluye que algunos autores cabalistas igualmente penetrados del Pitagorismo y del neoplatonismo hayan empleado ciertos elementos de estas tradiciones en la difusión de la Cábala en su medio, algo que, por cierto, facilitó su propagación en el Occidente renacentista y propició la gestación de la Cábala cristiana. Ver Federico González y Mireia Valls. Presencia Viva de la Cábala. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2006. Y de los mismos autores: Presencia Viva de la Cábala II. La Cábala Cristiana. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2013.
4. Pese a lo rotundo de la aseveración del autor —que matiza en lo que sigue—, es innegable el papel que Moisés, hijo adoptivo de la hermana del faraón e iniciado en los misterios de Isis y Osiris, jugó como puente entre ambas tradiciones en un fin de ciclo de la tradición egipcia que vino a coincidir con la eclosión de la tradición de Abraham, Isaac y Jacob.
5. Ibid.
6. Tradición que, como la hebrea, estaría relacionada con la “corriente tradicional venida de la ‘isla perdida de Occidente’”, una procedencia que los propios nombres de “hebreos” y “árabes” sugiere. Guénon explica en otro lugar que a la raíz de “formas tan diversas como Hiber, iber o eber, y también ereb por transposición de las letras, se la encuentra designando a la vez la región del invierno, es decir, el Norte y la región de la tarde, o del sol poniente, es decir, Occidente, y a los pueblos que habitan una y otra región”. René Guénon. Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos, op. cit.
7. René Guénon. El Rey del Mundo, ibid.
8. René Guénon. Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada. Ed. Eudeba, Buenos Aires, 1988. La Haguigá explica que fue el rabino Aher quien penetró en el Pardés para destruir las plantas del Paraíso. Aher significa literalmente “el Otro”, y es un nombre que pega perfectamente a quien decide instalarse de por vida en la dualidad irreconciliable, renunciando a su auténtica identidad como ser humano y autoexiliándose del centro. Y ojo, porque uno mismo puede ser ese traidor.

Imagen:
1. Peter Paul Rubens. El encuentro de Abraham y Melquisedec. Óleo sobre tabla, ca. 1626. Museum of Fine Arts, Houston.

Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.



miércoles, 11 de febrero de 2026

René Guénon y la Cábala

1. René Guénon y la Cábala


En esta ocasión, debemos precisar aún otro punto que se vincula estrechamente a estas consideraciones: es que todo conocimiento exclusivamente “libresco” no tiene nada en común con el conocimiento iniciático, considerado incluso en su estado simplemente teórico (1).

En la Koré Kosmou —también conocida como La Hija (o Pupila) del Mundo—, Isis explica a Horus cómo Hermes ascendió a los cielos:

En esto, Hermes se disponía a remontar hacia los astros para escoltar a los dioses sus primos. Sin embargo dejaba por sucesores a Tat, a la vez su hijo y el heredero de estas enseñanzas, luego, poco después, a Asclepios el Imuthés, según los designios de Ptah-Hefaistos, y a otros aún, a todos aquellos que, por la voluntad de la Providencia reina de todas las cosas, debían realizar una búsqueda exacta y concienzuda de la doctrina celeste. Hermes pues, estaba a punto de decir en su defensa, ante el espacio circundante, que ni siquiera había entregado la doctrina íntegra a su hijo, en vista de la edad todavía muy temprana de éste, cuando, habiéndose levantado el día, siendo que, con sus ojos que todo lo ven, contemplaba el Oriente, percibió algo indistinto, y, a medida que lo examinaba, lentamente, al fin, le vino la decisión precisa de depositar los símbolos sagrados de los elementos cósmicos cerca de los objetos secretos de Osiris, y después, tras haber realizado además una plegaria y pronunciado tales y cuales palabras, ascendió al cielo.
Pero no conviene, niño mío, que deje este relato incompleto: es necesario que refiera todo lo que dijo Hermes en el momento de depositar los libros. Él, pues, habló así: “Oh libros sagrados que fuisteis escritos por mis manos imperecederas, vosotros sobre los que, habiéndoos ungido con el elixir de inmortalidad, tengo todo poder, permaneced imputrescibles e incorruptibles, a través de los tiempos de todos los ciclos, sin que os vea u os descubra ninguno de aquellos que habrán de recorrer las planicies de esta tierra, hasta el día en que el cielo envejecido dé a luz a organismos dignos de vosotros, aquéllos que el Creador ha llamado Almas”
(2).

Los libros de Hermes y las obras en que los maestros herméticos de todos los tiempos han vertido sus vivencias espirituales y sus enseñanzas conforman un corpus mediante el cual la tradición revelada por el dios ha llegado viva y actuante hasta este fin de ciclo. De la operatividad de estos intermediarios da cuenta Federico González en un pasaje de su obra Hermetismo y Masonería:

De hecho, para los hermetistas el libro es un transmisor directo de conocimientos, que se aúnan en una doctrina, la cual es absolutamente transformadora ya que tomando conciencia de nosotros mismos conocemos también nuestro ser en el mundo, es decir los secretos de la cosmogonía en virtud de las leyes de la analogía que establecen las correspondencias entre macro y microcosmos. La intermediación de este conocimiento del Sí, siempre es por la mediación simbólica de un tercer elemento, capaz de conectar dos proposiciones y realizar el milagro de la triunidad del Ser, tanto del hombre como del mundo, puesto que sabemos que la cosmogonía es el Ser (ontología) del Universo (3)

la cual también se revela a través de los símbolos y los libros venerados de otras tradiciones de la humanidad, que aunque diversas en su apariencia, expresan una misma y única Cosmogonía Perenne. Por esta unanimidad, los iniciados de cualquier tradición pueden acceder al conocimiento cabal de la doctrina de otras formas tradicionales a través del estudio de sus textos y la meditación en sus símbolos, efectivizarla “no librescamente” en su interior y difundirla fehacientemente. Precisamente esto es lo que hizo René Guénon con la Cábala y su simbólica (4); sus enseñanzas sobre el esoterismo de la tradición hebrea constituyen la columna vertebral de este trabajo (5).

(Continuará)

Notas:
1. René Guénon. Apercepciones sobre la Iniciación. Ed. Sanz y Torres, Madrid, 2006.
2. Koré Kosmou. Citado en Federico González. Hermetismo y Masonería. Doctrina, Historia, Actualidad. “Introducción”. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2016.
3. Op. cit.
4. Armando Asti Vera, en un estudio preliminar incluido en la versión de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada publicada por Eudeba (Buenos Aires, 1988), explica que Guénon debió estar vinculado en su juventud a una organización iniciática oriental a través de la cual recibió “los elementos necesarios para la elaboración de su síntesis tradicional” de las doctrinas hindúes y taoístas. También es conocido que recibió una iniciación masónica y que más tarde se vinculó a la tradición islámica. En cuanto a su conocimiento de la Cábala, a decir por las citas que acompaña a los libros y artículos en que trata de ella, pensamos que se nutrió principalmente del estudio de la Biblia, el Sefer Yetsirah, el Zohar y la obra contemporánea La Kabbale juive, de Paul Vulliaud.
5. Guénon trató de la Cábala y su simbolismo extensamente en dos de las obras que publicó en vida, El Rey del Mundo (1927) y El simbolismo de la cruz (1931). Además, las compilaciones póstumas Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos, y más recientemente, Sobre la Cábala y el esoterismo judío recogen un buen número de artículos que el autor escribió sobre distintos aspectos de la Cábala en varias revistas de estudios tradicionales.

Imagen:
1. Detalle de códice iluminado medioeval. Perteneciénte a la Galería de Imágenes de éste Cuaderno.

Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.



martes, 20 de enero de 2026

El libro hebreo de Enoch (8ª parte)

A modo de epílogo

Es muy extraño que nos haya tocado escribir estas últimas líneas en un instante del devenir en que se está vertiendo tanta sangre en Palestina. De los textos que hemos recordado aquí apenas queda memoria, y a lo sumo se logra aprehender sus sentidos literal y alegórico. Una lectura que resulta insuficiente para su plena comprensión (1) y que además arriesga alimentar en algunos la creencia de que la vida de los seres humanos es una pendejada de buenos contra malos o de malos contra buenos (las etiquetas de bueno y malo las pone cada cual discrecionalmente) en que los buenos creen que han de prevalecer sobre los malos porque ellos son buenos y los otros no, y los supuestos malos pretenden acabar con los presuntos buenos porque entienden que estos últimos son más malos que los considerados malos. Algo que, robando unas conocidas palabras a Shakespeare, no es más que una “historia contada por un necio, llena de ruido y furia, que nada significa” para aquel que consigue atisbar que vivimos para encantarnos con el recuerdo del Sí Mismo y entregarnos a él de este modo, o sea para serlo. Si somos lo que conocemos, con la contemplación de los lugares a los que Metatron y Rabí Ismael nos invitan y la revisita de esos paisajes con la imaginación activa podremos acceder a la vivencia de estados superiores de nuestro ser, y llegaremos a comprender verdaderamente que nuestro origen es nuestro destino. Absorbámonos en el silencio poderoso que se va a apoderar de nosotros tras la lectura de cada uno de los capítulos del Libro hebreo de Enoch, pues ello “es volver definitivamente a la Nada Primordial” (2).

Fin

Notas:
1. Desde la lectura alegórico-literal es imposible entender, por ejemplo, que el Israel que YHVH salva es el símbolo de una nación universal integrada por los iniciados de todas las tradiciones y tiempos, y que el Santo bendito sea es un aspecto del Uno, de un Principio generador único y común para todo el cosmos.
2. Federico González Frías. Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. Entrada: “Silencio”, ibid.

Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.



jueves, 8 de enero de 2026

El libro hebreo de Enoch (7 ª parte)

Visiones de Rabí Ismael sobre las alas de Metatron

En los ocho últimos capítulos del Libro hebreo de Enoch, Rabí Ismael transmite un conjunto de visiones a las que accede montado sobre las alas de Metatron (“yo fui con él y él me tomó de la mano, me izó sobre sus alas y me mostró...”). Son paisajes desde lo alto de planos elevados del Ser Universal que el Príncipe de la Faz puede recorrer libremente –como es propio de quien se cosmiza y deifica–, y cuya visión comparte libre y gratuitamente con aquel que, habiendo invocado al Principio y vacío de sí mismo, le han sido abiertas las puertas de los palacios del cielo de Aravot. En estos vuelos, Metatron enseña al rabino las letras grabadas en el Trono de gloria por las que el mundo, los cielos, los ángeles y la propia Merkaba han sido creados; las aguas superiores y el fuego, la nieve y el granizo de lo alto; las almas de los justos que han sido creados y han regresado a su origen y las de los que aún no han sido creados; el lugar a donde van a parar las almas de los malvados y las de los tibios; las almas de los “padres del mundo”, los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob y los justos que han ascendido al cielo y oran ante el Santo bendito sea; el Velo celeste en el que están inscritas “todas las generaciones de las generaciones del mundo, todos los actos de las generaciones del mundo, pasadas o presentes, hasta el agotamiento de todas las generaciones”; los espíritus de las estrellas que aparecen cada noche en el firmamento; y las almas de los ángeles oficiantes abrasados por el fuego salido del meñique del Santo bendito sea, convertidas en brasas (1). La última de las visiones es la de la mano de Dios:

Rabí Ismael dijo: Metatron me dijo:
Ven y te mostraré la mano derecha del Lugar, la que se ha retirado a causa de la ruina del Templo. De ella irradian toda suerte de brillos luminosos, por ella han sido creados 955 firmamentos
(2), y ni los serafines ni los ofanim tienen permiso para contemplarla antes del día de la salvación.
Yo fui con él, él me tomó de la mano, él me izó sobre sus alas y me la mostró con todo tipo de alabanzas, de júbilo y de elogio. Ninguna boca puede decir su alabanza y ningún ojo puede contemplarla a causa del exceso de su grandeza, de su alabanza, de su prestigio, de su gloria y de su belleza. Asimismo, todas las almas que merecen ver la dicha de Jerusalén están junto a ella y la glorifican, y la llaman a la clemencia diciendo tres veces cada día: “Despiértate, despiértate, revístenos de fuerza, brazo de YHVH”
(Is 51, 9). (…) En ese momento, el brazo derecho del Lugar se pone a llorar haciendo brotar y fluir cinco ríos de lágrimas desde sus cinco dedos, los que caen en medio del Gran Mar y hacen temblar el mundo entero, como se ha dicho: “La tierra se quiebra, se parte en trozos / la tierra estalla, vuela en pedazos / la tierra se tambalea, se tambalea por todos lados / la tierra vacila, vacila como alguien que está ebrio, / es sacudida como una choza” (Is 24, 19 y ss). Cinco veces, que corresponden a los cinco dedos de su gran diestra (3).


Cuando el Santo bendito sea constata que no hay ningún justo en la generación, que no hay ningún fiel en la tierra, que no hay justicia en las manos de los hijos del hombre, que no hay ningún hombre como Moisés ni suplicante como Samuel para pedir misericordia ante el Lugar para la salvación, para la redención, para que se manifieste su reino en el mundo, para que haga reaparecer su gran diestra ante él a fin de llevar a cabo una gran salvación de Israel, en seguida el Santo bendito sea se acuerda de su justicia y de su mérito, de su compasión y de su propia fidelidad, y salva para sí mismo su gran brazo (…). “Voy a salvar a mi brazo” (Is 63, 5). El Santo bendito sea dice en ese momento: En cuanto a mí, ¿hasta cuándo voy a esperar a los hijos del hombre para realizar la liberación de mi brazo por la justicia? Yo por mí mismo, y a causa de mi mérito y mi justicia, yo voy a salvar a mi brazo y salvaré con él a mis hijos de entre las naciones del mundo, como ha sido dicho: “En mi favor, en mi favor actuaré, pues cómo mi nombre sería profanado” (Is 48, 11).
Entonces el Santo bendito sea manifiesta al mundo su gran brazo y muestra a las naciones del mundo que su longitud es como la longitud del universo, que va de un extremo del mundo al otro, que su anchura es como la anchura del universo, que la belleza de su esplendor es como el resplandor de la luz del sol en su potencia en la estación de Tamouz (4). Inmediatamente después, Israel es redimido por él de su seno y aparece el Mesías, el cual hará subir a Jerusalén [a los israelitas] con gran alegría. Y desde los cuatro reinos del mundo, el reino de Israel comerá con el Mesías, y las naciones del mundo no comerán con ellos, pues se dice: “YHVH ha desnudado su santo brazo a los ojos de todos los pueblos, y todos los confines de la tierra verán la salvación de nuestro Dios” (Is 52, 10).
Y se ha dicho: “Sólo YHVH le guía, ningún dios extranjero con él” (Dt 32, 12). “YHVH será Rey sobre toda la tierra” (Za 14, 9) (5).

(Continuará)

Notas:
1. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 41-47, ibid.
2. Ver nota IX del texto correspondiente a la primera parte de esta serie de acápites.
3. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 48, ibid.
4. Tamouz o Tamuz es un mes de 29 días del calendario hebreo que se corresponde con los meses de junio-julio del calendario gregoriano.
5. Ibid.

Imagen:
1. La mano de Dios. Fresco de la iglesia de Sant Climent de Taüll, c. 1123. Museu Nacional d’Art de Catalunya, Barcelona.

Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.



viernes, 19 de diciembre de 2025

El libro hebreo de Enoch (6 ª parte)

En la hora de la triple alabanza

Hay una hora en que los miles de miles de miríadas de ángeles de las alturas proclaman la alabanza del Principio en lo invisible (explica Metatron que son “496.000 miríadas de campamentos en la altura de Aravot y cada campamento cuenta con 496.000 ángeles”). Lo llaman Santo porque es sagrado e inviolable (1) y repiten tres veces esa palabra porque es triple en su Unidad, pues contiene en su seno a la Dualidad primordial que impregna a toda la manifestación. Cuando llega la hora de decir “Santo”,

un viento de tempestad surge de delante del Santo bendito sea y cae sobre los campamentos de la Shekinah, y una gran tormenta se levanta en medio de ellos como se ha dicho: “He aquí el huracán de YHVH, el furor se ha desencadenado, la tempestad causa estragos” (Jer 30, 23).
Enseguida los miles de miles [de miríadas de ángeles de
Aravot] se convierten en chispas, los miles de miles se convierten en antorchas, los miles de miles se convierten en brasas ardientes, los miles de miles se convierten en llamas, los miles de miles se convierten en machos, los miles de miles se convierten en hembras, los miles de miles se convierten en vientos, los miles de miles se convierten en fuego ardiente, los miles de miles se convierten en una llama, los miles de miles se convierten en chispas, los miles de miles se convierten en hachmalim de luz (2) hasta que aceptan el yugo del reino del Elevado y Exaltado, el Formador de todos, con terror, miedo, estremecimiento, sudor, gruñidos, tiritera, pavor y temblor. E inmediatamente los devuelve a su primer estado. Todo ello con el fin de que el temor de su Rey esté ante ellos en todo instante de modo que concentren su corazón para decir el canto en cada momento (...)” (3).

Cuando los ángeles oficiantes desean decir el canto, el Río de Fuego crece en varios miles de miles de miríadas de miríadas de potencias de vigores de fuego y fluye y pasa por debajo del Trono de gloria, por entre los campamentos de los ángeles oficiantes y de las cohortes de Aravot. Todos los ángeles oficiantes descienden en primer lugar al Río de Fuego y se zambullen en el fuego del Río de Fuego, después hunden su lengua y su boca siete veces en el Río de Fuego, seguidamente salen y se revisten con restos de blasón y restos de hachmal, y se disponen en cuatro filas cara al Trono de gloria en cada firmamento (4).


La pronunciación por parte de los ángeles oficiantes de la Qedoucha, la oración del Trisagion o triple “Santo”, provoca una sacudida de alcance cósmico en la que “todas las columnas de los firmamentos y su base vacilan, los portales de los palacios de Aravot tiemblan, los cimientos del universo y de Chehaquim son sacudidos, las cámaras de Ma’on y las cámaras de Makhon se retuercen, y todas las armonías de Raqia, las estrellas y las constelaciones se alarman. El orbe del sol y el orbe de la luna se apartan precipitadamente de sus circuitos y corren hacia atrás 12.000 parasanges queriendo arrojarse del cielo a causa del estruendo de la voz [de los ángeles], de su encanto, de la vibración de su potencia y de las chispas y los relámpagos que salen de su boca (...). Hasta que el Príncipe del mundo (5) les grita y les dice: inmovilizaos en vuestros lugares, no temáis nada pues los ángeles oficiantes entonan el canto ante el Santo bendito sea como se ha dicho: ‘Cuando todas las estrellas de la mañana cantaban alegremente y los hijos de Dios hacían resonar sus aclamaciones’ (Job 38, 7)” (6).

Cuando los ángeles oficiantes dicen “Santo”,

todos los nombres expresados, grabados por una pluma de llama sobre el Trono de gloria, emprenden el vuelo como águilas, provistos de dieciséis alas, y rodean y circundan al Santo bendito sea por los cuatro lados del Lugar de la gloria de su Shekinah. Los ángeles del ejército, los oficiales de llama, los ofanim de valentía, los querubines de la Shekinah, los santos vivientes, los serafines, los ér’elim, los tapsarim (7), las cohortes de llamas, las legiones [de fuego] devorador, los órdenes flambeantes, los ejércitos de llamas, los santos príncipes ornados de coronas, vestidos de realeza, cubiertos de gloria, rodeados de belleza, engalanados de magnificencia, ceñidos de majestad caen sobre sus caras tres veces y dicen: Bendito es el nombre de la gloria de su reino por siempre jamás (8).

Pero cuando los ángeles oficiantes no pronuncian el “Santo” según el orden apropiado,

un fuego devorador surge del meñique del Santo bendito sea, cae sobre sus filas, se divide en 496.000 miríadas de partes correspondientes a los cuatro campamentos de los ángeles y los devora de golpe, como se ha dicho: “Un fuego le precede cuando marcha, devorando a todos los enemigos de su entorno” (Sal 97, 3). Inmediatamente el Santo bendito sea abre su boca y, pronunciando una palabra, crea a otros en su lugar, nuevos y semejantes a ellos. Cada uno se levanta ante el Trono de la gloria y dice “Santo”, como se ha dicho: “Nuevos cada mañana, grande es tu confianza” (Lm 3, 23) (9).

(Continuará)

Notas:
1. Acepción de la palabra “santo” en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua.
2. Los hachmalim son un orden de ángeles centelleantes.
3. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 35, vv. 1, 5-6, ibid.
4. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 36, vv. 1-2, ibid.
5. Ver nota V del texto correspondiente a la quinta parte de esta serie de acápites.
6. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 38, vv. 1-3, ibid.
7. Los ér’elim y los tapsarim son altas órdenes de ángeles.
8. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 39, vv. 1-2, ibid.
9. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 40, vv. 3-4, ibid.

Imagen:
1. Ríos de fuego del volcán Kilauea. El Correo, 8 de junio de 2023.

Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.



sábado, 6 de diciembre de 2025

El libro hebreo de Enoch (5 ª parte)

El tribunal y el juicio a la humanidad en el cielo de Aravot

Metatron enseña a Rabí Ismael que un “príncipe más exaltado que todos los príncipes, más maravilloso que todos los oficiantes” y que está por encima de todos los órdenes angélicos lleva “la cartera de los escritos en cuyo interior se halla el Libro de las memorias”, volumen en el que están consignados los hechos de la vida de todos los seres humanos. Es Dadveriel YHVH, el “príncipe de los archivos” cuyo nombre quiere decir “que de cada palabra que emana de él, sin excepción, se crea un ángel”. Dadveriel YHVH “identifica los sellos de la cartera, la abre y coge los libros que deposita en las manos del Santo bendito sea, y el Santo bendito sea los toma y los coloca en su presencia ante los escribas para que sean leídos en el gran Tribunal situado en la altura del firmamento de Aravot, ante la Familia de lo alto” (1). En un recinto frente al Trono de gloria, mirando al Santo bendito sea, se encuentran “cuatro grandes príncipes, llamados Vigilantes y Santos, más elevados, más glorificados, más temibles, más queridos, más fascinantes, más nobles, más grandes que todos los hijos de las alturas”. El esplendor del lugar en que se hallan “es parecido al del Trono de gloria” y el de su figura “se parece al resplandor de la Shekinah”, a tal punto que “ni los serafines, que son los más grandes de entre los hijos de las alturas, los pueden contemplar”. Son dos Vigilantes y dos Santos, y “cada uno de ellos posee setenta nombres correspondientes a las setenta lenguas que hay en el mundo (2) y que dependen del nombre del Santo bendito sea”. Éste “no hace nada en su mundo antes de dialogar con ellos, y a continuación actúa” (3).

Y prosigue Metatron:

Cada día sin excepción, cuando el Santo bendito sea está sentado sobre el Trono del juicio para juzgar al mundo entero y los libros de los vivos y los libros de los muertos están abiertos ante él, todos los hijos de las alturas permanecen erguidos en su presencia con terror, espanto, miedo, estremecimiento. Cuando el Santo bendito sea se sienta para juzgar sobre el Trono del juicio, su vestido es blanco como la nieve, la cabellera de su cabeza es como de pura lana, su manto es todo él como una luz radiante. Está completamente cubierto de justicia como si fuese una coraza. Los Vigilantes y los Santos están de pie ante él como los oficiales de justicia ante el juez. Debaten cada causa en particular y concluyen sobre el asunto que ha sido juzgado ante el Santo bendito sea tal como se ha dicho: “De un decreto de los Vigilantes procede esta sentencia y de una orden de los Santos esta decisión” (Dan 4, 14) (...) (4).
Cuando el gran Tribunal se sienta en la altura del firmamento de Aravot, ninguna criatura del mundo tiene la palabra a excepción de los grandes príncipes llamados YHVH por el nombre del Santo bendito sea. ¿Cuántos príncipes hay? Los setenta y dos príncipes de los reinos existentes en el mundo, sin contar el Príncipe del mundo (5) que habla en favor del mundo ante el Santo bendito sea cada día a la hora en que el libro que consigna todos los actos del mundo se abre (...) (6).

Acompañan también al Santo bendito sea en el juicio, a la derecha del Trono, la Justicia y los “ángeles de compasión”; a la izquierda, la Fidelidad y los “ángeles de paz”; y frente a él, la Verdad. Hay un escriba a los pies del Trono y un querubín por encima del sitial. Los “ángeles de destrucción” se levantan a la llamada del Altísimo y “los serafines de gloria rodean al Trono como muros, muros de relámpagos, los ofanim los envuelven como antorchas dispuestas en torno al Trono de gloria, y nubes de fuego y nubes de llamas las flanquean a derecha e izquierda” (7). Cuando el Santo bendito sea abre el libro, “mitad fuego, mitad llamas”,

[los ángeles de destrucción] se retiran de su presencia al instante para ejecutar el juicio sobre los malvados y la espada [de YHVH] es extraída de su vaina, espada cuyo resplandor irradia como el relámpago y se propaga de un extremo al otro del mundo, como se ha dicho: “Por el fuego YHVH entra en juicio, y por su espada contra toda carne” (Is 66, 16). Todos los habitantes del mundo se atemorizan y estremecen ante él cuando divisan su espada afilada como el relámpago [radiando] de un confín al otro del mundo y los rayos y las chispas que de ella brotan, tan numerosos como las estrellas del firmamento, como ha sido dicho: “Cuando habré afilado mi espada fulgurante” (Dt 32, 41) (8).

(Continuará)

Notas:
1. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 27, vv. 1-3, ibid.
2. Ver nota VI del texto correspondiente a la cuarta parte de esta serie de acápites. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 17, nota 11, ibid.
3. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 28, vv. 1-4; 29, 1-2, ibid.
4. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 28, vv. 5-8, ibid. En el Libro hebreo de Enoch no se habla de un juicio final único al término del ciclo de existencia de la humanidad presente sino de un juicio diario, permanente.
5. La identidad de este “Príncipe del mundo”, título que el cristianismo usa con un significado muy distinto al que aquí tiene, fue motivo de controversia en la literatura judaica del medioevo. El Zohar lo identifica con Metatron y esta asimilación, según observa Gershom Scholem, está avalada por las atribuciones que Metatron posee en el Libro hebreo de Enoch. Ver Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 30, nota 4, ibid.
6. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 30, v. 1-2, ibid.
7. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 31, v. 1; 33, vv. 1-3, ibid.
8. Charles Mopsik. Le Livre hébreu d’Hénoch ou Livre des Palais. Cap. 32, v. 1-2, vv. 1-3, ibid.

Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.