lunes, 20 de julio de 2026

Hermetismo y Ciencia

IV. Los orígenes de la ciencia moderna


Teniendo en cuenta lo expuesto hasta ahora y considerando que el interés del presente volumen es testimoniar los orígenes herméticos (y por tanto sagrados) de la ciencia, cabe traer al presente una de las ciencias más primordiales, aquélla que se desarrolla estudiando los números, sus módulos, interrelaciones, proporciones, ciclos y cadencias. Pues, ¿qué forma de expresión es más pura que el número que escapa a la limitación lógico-formal que de costumbre empapa a las letras y su discurso? El número está absolutamente en todo: por ejemplo, se desarrolla en el espacio a través de la arquitectura y las formas que establecen la dimensionalidad donde se enmarca la existencia humana; también está presente en el tiempo a través del sonido, de las lenguas, la poética y la música, facilitando de este modo la creación del calendario, la comunicación y la transmisión del mensaje. La ciencia del número consiste en la contemplación de las formas puras como expresión completa de la deidad sirviendo de base para la especulación intelectual que ayuda a trazar puentes hacia la concentración constante, la contemplación y la metafísica.

Ellos son módulos armónicos y medidas que relacionan al microcosmos (hombre), con el macrocosmos (universo), y responden a vibraciones secretas, que encuentran sus correspondencias en todas las cosas (1).

Hablar del número y de la historia de la ciencia es hablar de Pitágoras y de todo lo que su figura representó en la historia de las ideas y, consecuentemente, de Occidente. Él fue una entidad intelectual que sintetizó todo el saber de la Antigüedad a través de la ciencia del número y sus distintas expresiones (aritmética, geometría, música, astronomía, etc.), haciendo comprensibles las ideas universales a los seres humanos de su tiempo, esto es, adaptándolas al tiempo histórico que le tocó vivir. Pitágoras es, pues, uno de los hitos fundamentales del saber depositado en la tradición griega, que el sabio de Samos actualizó.

En el punto de intersección entre el extremo de Europa, Asia Menor y Africa (Egipto) el origen de los pueblos griegos o helenos es indoeuropeo, y a través de este y de la corriente tradicional (Apolínea) venida del Norte, la Tradición Griega expresa una de las confluencias de la Tradición Primordial y la Atlante (2).

Es decir, que en la doctrina pitagórica se recoge el saber de los pueblos nómadas venidos de oriente, del norte y del oeste, así como otras tradiciones de transmisión oral que estaban a punto de perderse en ese momento del ciclo cósmico.

En la Antigüedad existía una leyenda según la cual Pitágoras fue engendrado en el seno materno gracias a una intervención directa el dios Apolo, también padre de las Musas y heredero de la lira de Hermes. Se destacaba así el origen celeste y divino de su doctrina, máxime teniendo en cuenta que Apolo (numen de la Luz inteligible, la Armonía y la Belleza) era considerado una deidad de origen hiperbóreo, lo que la ponía en relación con la Tradición Primordial. El mismo nombre de Pitágoras procede de la Pitia del templo de Delfos (dedicado a Apolo) que profetizó su nacimiento como un bien donado a los hombres, nacimiento que aconteció aproximadamente el año 570 a.C. en la isla griega de Samos. Habiendo recibido los misterios órficos propios de la antigua tradición griega, Pitágoras abandona su patria natal para realizar una serie de viajes que lo llevarán por todo el mundo antiguo, especialmente Fenicia, Babilonia y Egipto, país en donde residió durante un largo periodo de tiempo, siendo iniciado por los sacerdotes egipcios, guardianes de la sabiduría de Hermes-Thot. Madurado su pensamiento, y tras realizar la síntesis de todo el saber recibido, Pitágoras regresó a Samos treinta y cuatro años después, preparado para cumplir con el alto destino predicho en su nacimiento, y que no era otro que el de crear las bases sobre las que se asentaría la cultura griega, y posteriormente la civilización occidental.
(...)
Sus enseñanzas (cosmogónicas, esotéricas y metafísicas) se articulaban en torno al Número, donde residía el origen de la Armonía Universal, pues a través de él se revelan las medidas y proporciones de todas las cosas, celestes y terrestres, idea que Platón recoge en el Timeo, su libro pitagórico por excelencia. Para Pitágoras “todo está dispuesto conforme al Número” encontrando en la tetraktys o Década el número perfecto y la expresión misma de esa Armonía, pues “sirve de medida para el todo como una escuadra y una cuerda en manos del Ordenador”. Armonía manifestada fundamentalmente también por medio de la música y las formas geométricas, como atestiguan sus famosos teoremas y la estrella pentagramática o pentalfa, distintivo de la propia fraternidad pitagórica, la que continuó perviviendo durante largo tiempo, al menos hasta la Alejandría de los siglos II y III d.C., donde acabó integrándose en la Tradición Hermética, llegando así hasta nuestros días a través de las diversas artes y ciencias que tienden a la transmutación del ser humano mediante la Sabiduría, la Inteligencia, el Amor y la Belleza (3).

Si la ciencia actual se constituye como un conocimiento objetivo acerca de una materia concreta mediante la observación, la experimentación, la formulación de hipótesis y la verificación, es innegable que también aquí el número está presente, aunque en su vertiente más limitada: la estrictamente cuantitativa. El número está detrás de cualquier construcción moderna, pero sus ejecutores no se dan cuenta de lo que ello significa porque se ha olvidado la simbólica esencial e interior de lo numérico, su esoterismo.

No fue hasta el relevo tomado por Platón que toda la cosmogonía numérica sería expresada —o por lo menos recogida— mediante palabras. Platón hereda la tradición pitagórica y la hace comprensible a sus contemporáneos mediante diálogos entre distintos personajes, en cierto modo “humanizándolos” para que la comprensión de dichas formas puras pueda ser recibida, reconocida y vivenciada en las almas de aquellos dispuestos a escuchar en aquel momento del ciclo cósmico. En el Fedro, Platón comenta que el mundo de las formas es derivado del ideal, y que éste no es sino emanado del punto eterno. Además, relaciona cuatro de los poliedros regulares con los cuatro elementos:

Tierra: cubo; Aire: octaedro; Fuego: tetraedro; Agua: icosaedro,

siendo el éter, el quinto elemento, asociado al dodecaedro, el sólido más alto de todos por estar vinculado al cosmos en su plenitud. Al mismo tiempo, esta correspondencia del simbolismo geométrico con la Alquimia será heredada por los Collegia Fabrorum romanos, quienes la desarrollarán operativamente y más tarde pasará al medioevo; y bien entrado el siglo XVIII dónde alcanzará su máximo esplendor tal y como veremos más adelante. Esta concepción de un cosmos geométrico se puede comprender igualmente como la interacción de los cuatro elementos que lo conforman en distintos estados, que además presentan diferente carácter según la carga sexuada que muestren (positiva o masculina, femenina o negativa y neutra).

Junto con Pitágoras y Platón, otros amantes de Sofía siguieron sus pasos a través del número y la geometría, tales como Aristeo el Antiguo, quien en su Comparación de Cinco Regulares Sólidos afirma que “el mismo círculo circunscribe tanto el pentágono del dodecaedro como el triángulo del icosaedro cuando ambos están inscritos en la misma esfera”. Este trabajo inspiró al mismo tiempo al muy reconocido Euclides, tras el cual siguieron otros como Arquímedes, Apolonio de Pérgamo (quien escribió acerca de los ratios y dimensiones del icosaedro y el dodecaedro), Hypsicles de Alejandría (el cual firma la primera obra en que se divide la esfera en trescientos sesenta grados), Herón de Alejandría (inventor del primer molino de viento y el Aelópila, una máquina térmica basada en la ley de acción y reacción cientos de años antes de que Isaac Newton la postulara; además de escribir sobre neumática, hidráulica, óptica, matemáticas e incluso robótica), o Pappus de Alejandría, entre otros.

La irradiación sapiencial abarcaba además otros campos, como la física, la aritmética, la música y la astronomía, dentro de los cuales también destacan Hiparco de Rodas, Claudio Tolomeo, Demetrio de Falera o Nicomaco de Gerasa. Además de muchos otros sabios que desarrollaron el ideal platónico en sí mismos y que hoy podemos conocer gracias a sus obras escritas, como Filón de Alejandría, Apolonio de Tiana, Teón de Esmirna, Máximo de Tiro, Apuleyo, Ammonio Saccas, Plotino, Porfirio, Hermias, Jámblico, Edesio de Capadocia o Plutarco de Atenas. Resulta imposible —y sería incluso insultante— diferenciar entre autores en función de la ciencia en la que se apoyaron para desarrollar sus postulados intelectuales unánimemente tendentes a la Metafísica, por lo que en verdad sólo se puede hablar de un corpus hermético revelado por una entidad intelectual que se manifestó a través de distintos seres que dieron lugar a desarrollos en múltiples campos disímiles en sus aplicaciones formales, pero esencialmente idénticos.

(Continuará)

Notas:
1. Federico González y cols. Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha. Ed. SYMBOLOS, Barcelona, 2003.
2. Ibid.
3. Ibid.

Imagen:
1. Alineaciones de Carnac (3500 a.C.), Bretaña francesa. Fotografía tomada por Alberto Pitarch.

Colección Aleteo de Mercurio 11.
Hermetismo y Ciencia.
Alberto Pitarch.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2026.



domingo, 5 de julio de 2026

Hermetismo y Ciencia

III. Los orígenes de la ciencia moderna

Será entonces de la mano de Hermes y la ciencia hermética como nos adentraremos en el estudio de la ciencia en los albores de la era moderna a través de las espiras del tiempo, penetrando en las obras de algunos autores célebres que las desarrollaron hasta sus últimas consecuencias, basándose todavía en los principios metafísicos.

Aunque antes de presentar a nuestros autores, que la ciencia actual considera como científicos precursores, nos gustaría rescatar del olvido a algunos de los centros geográficos significativos desde el punto de vista tradicional en los que dejaron su huella los científicos de la antigüedad, aquéllos de los que desconocemos sus nombres pero que trabajaron sin descanso, desposándose finalmente con la diosa Sabiduría y accediendo así a la visión unitaria del cosmos, fin de todo trabajo de conocimiento cualquiera que sea.

Hablamos por ejemplo de Stonehenge, observatorio astronómico sorprendentemente aceptado como tal por la ciencia actual (1) en cuya construcción no sólo participaron astrónomos sino también lo que hoy llamaríamos geógrafos, geólogos, arquitectos, ingenieros, físicos y maemáticos (2).


De hecho, la construcción es una superposición de tres estructuras, la primera de las cuales está compuesta por 56 hoyos que rodean el recinto interior levantado en piedra; la segunda está compuesta por un conjunto de piedras locales exteriores a la estructura principal y la tercera es la tan fotografiada estructura tallada que se levanta imponente en la planicie de Salisbury, y cuyos trilitos fueron traídos desde las montañas de Prescelly, del lejano Gales (lo cual manifiesta una inteligencia ordenadora y conocedora de las propiedades de las rocas así como de su relación con los astros con los que están intrínsecamente ligadas).




De forma análoga, encontramos Newgrange en el valle irlandés de Boyne (3200 a.C.), las Piedras de Callanish en la isla escocesa de Lewis 2900 a.C.) o los más de setenta círculos neolíticos hallados en la región escocesa de Aberdeenshire, conocidos hoy como “Recumbent Stone circle”. También en Escocia, cerca del círculo ártico en las Islas Orkney, se encuentran más de 3000 hallazgos neolíticos entre los que destaca el conjunto de Maeshowe (2800 a.C.). También en Europa continental hay una multitud de hallazgos arqueológicos que testimonian un saber ancestral basado en el número y la proporción; en la Bretaña francesa están las conocidas alineaciones de Carnac (3500 a.C.), donde se halla el Cromlech de Crucuno (1800 a.C.), un cuadrilátero de planta rectangular cuyas diagonales lo dividen en dos triángulos pitagóricos iguales que pueden ser expresados mediante la proporción 3:4:5 y que además actúan como marcadores solsticiales, mientras que los lados norte y sur lo hacen como alineamientos equinocciales.


En el moderno estado de Sajonia-Anhalt, Alemania, se ha descubierto otra configuración peculiar que data del 4900 a.C. y que es considerado como el observatorio astronómico más antiguo de Europa. Se trata del Círculo de Goseck (3), cuya planta estaría compuesta por tres círculos concéntricos con una entrada norte y dos al sur en forma de V que marcarían los solsticios; los círculos no estaban formados con rocas sino con 1678 estacas de roble de 2.5 metros de alto. O sea, que según nos adentramos en la noche de los tiempos, vemos que las construcciones no eran en roca sino en madera, lo que favoreció su desaparición con el devenir; sin embargo, el saber que se desprende de estos centros astronómicos (y como hemos dicho antes, geográficos, geológicos y aritméticos) es el testimonio de que los hombres y mujeres que nos precedieron no eran salvajes que vivían mirándose el ombligo y que sólo cazaban o cultivaban para llevarse un bocado sino que tenían un conocimiento intelectual mucho mayor del que puede tener hoy en día cualquier ciudadano medio.

En fin, los testimonios en piedra diseminados por las llanuras de las Islas Británicas y los construidos sobre madera en la Europa continental dan prueba de un conocimiento real del movimiento de los astros así como de sus influencias en los cuerpos terrestres aun sin recurrir a las monumentales edificaciones egipcias, mesopotámicas o mesoamericanas. El conocimiento se expresó culturalmente de forma distinta, adaptado a los usos y costumbres de los indígenas del lugar, sin menoscabo intelectual o cultural alguno. La incursión en la ciencia del número como expresión de la realidad íntima del cosmos se desarrollaba de forma paralela en todo el globo por todos aquellos que participaban de la comunión salvífica del Verbo Creador, o sea en aquellos que trabajaban su alma de acuerdo a los ritmos y ciclos y que se ofrecían por entero a encarnar las ideas que al mismo tiempo cohabitaban.

Por lo que no se puede afirmar que existiera una separación real entre el saber científico y el saber intelectual; la única distinción aparente sería la de los estados del Ser, en cuya escala el saber científico no sería sino uno de los estados precedentes al saber intelectual, única sede de la diosa Sabiduría a la que tanto los hermanos del neolítico como algunos locos hoy en día todavía le cantan. El saber científico no es sino un medio, un soporte o un puente entre los mundos formales y las leyes que los rigen y otros estados más sutiles de nuestro ser. Entonces, es sólo por el reconocimiento de lo formal como reflejo de lo informal que la ciencia es fructífera; desde aquí, se parte hacia el desarrollo de otras aplicaciones prácticas que facilitarán el sustento de la población, el orden social y la perfección cultural. Así, los ritos agrarios y de fecundidad de la antigüedad formaban parte de ese orden de conocimiento que implica siempre traspasar velos hacia mundos más internos que paradójicamente coexisten simultáneamente; por lo que no se debería afirmar que los habitantes del neolítico desarrollaron un nítido conocimiento astronómico para poder establecer un calendario útil en aras a optimizar unas producciones agrícolas que garantizaran el sustento, sino que más bien habría que decir que tanto el saber astronómico como los ritos agrarios, así como cualquier otra clase de actividad sobre el medio que les tocó vivir, tenían como fin la identificación con la inmanencia que las originaba y el reconocimiento de la realidad metafísica de la que todo pende.

(Continuará)

Notas:
1. En 1963 Gerald Hawkins publica una carta en la revista Nature en la que demostraba mediante el lenguaje matemático que el círculo externo de Stonehenge I estaba relacionado con las direcciones anuales extremas de la salida y puesta del sol (solsticios), así como también señalaba las oscilaciones máximas y mínimas de la luna (salidas y puestas más septentrionales y meridionales durante el mes lunar). Tres años más tarde Fred Hoyle publicó un estudio confirmando que también se podían predecir de forma certera los eclipses en base a la geometría del monumento.
2. En la antigüedad no existía esta división de profesiones pues los hombres tenían un conocimiento mucho más amplio que ahora y el mismo ingeniero era astrónomo, astrólogo, matemático, médico, etc. Y aún por encima de estas vocaciones estaba el sacerdocio, quien gobernaba de acuerdo a los designios celestes.
3. Se han hallado más de 250 lugares arqueológicos similares a lo largo de Alemania, Austria y República Checa; la mayoría de ellos no han sido investigados todavía.

Imágenes:
1. Stonehenge (3100 a.C.), fotografía tomada por Andy Powell.
2. Stonehenge. Distribución de menhires, trilitos y demás rocas, según se encuentran a principios del siglo XXI. By Author ©Anthony Johnson 2008.
3. Stonehenge (3100 a.C.), fotografía tomada por Diego Delso CC BY-SA 4.0.
4. Alineaciones de Carnac (3500 a.C.), Bretaña francesa. Fotografía tomada por Alberto Pitarch.

Colección Aleteo de Mercurio 11.
Hermetismo y Ciencia.
Alberto Pitarch.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2026.