domingo, 5 de julio de 2026

Hermetismo y Ciencia

III. Los orígenes de la ciencia moderna

Será entonces de la mano de Hermes y la ciencia hermética como nos adentraremos en el estudio de la ciencia en los albores de la era moderna a través de las espiras del tiempo, penetrando en las obras de algunos autores célebres que las desarrollaron hasta sus últimas consecuencias, basándose todavía en los principios metafísicos.

Aunque antes de presentar a nuestros autores, que la ciencia actual considera como científicos precursores, nos gustaría rescatar del olvido a algunos de los centros geográficos significativos desde el punto de vista tradicional en los que dejaron su huella los científicos de la antigüedad, aquéllos de los que desconocemos sus nombres pero que trabajaron sin descanso, desposándose finalmente con la diosa Sabiduría y accediendo así a la visión unitaria del cosmos, fin de todo trabajo de conocimiento cualquiera que sea.

Hablamos por ejemplo de Stonehenge, observatorio astronómico sorprendentemente aceptado como tal por la ciencia actual (1) en cuya construcción no sólo participaron astrónomos sino también lo que hoy llamaríamos geógrafos, geólogos, arquitectos, ingenieros, físicos y maemáticos (2).


De hecho, la construcción es una superposición de tres estructuras, la primera de las cuales está compuesta por 56 hoyos que rodean el recinto interior levantado en piedra; la segunda está compuesta por un conjunto de piedras locales exteriores a la estructura principal y la tercera es la tan fotografiada estructura tallada que se levanta imponente en la planicie de Salisbury, y cuyos trilitos fueron traídos desde las montañas de Prescelly, del lejano Gales (lo cual manifiesta una inteligencia ordenadora y conocedora de las propiedades de las rocas así como de su relación con los astros con los que están intrínsecamente ligadas).




De forma análoga, encontramos Newgrange en el valle irlandés de Boyne (3200 a.C.), las Piedras de Callanish en la isla escocesa de Lewis 2900 a.C.) o los más de setenta círculos neolíticos hallados en la región escocesa de Aberdeenshire, conocidos hoy como “Recumbent Stone circle”. También en Escocia, cerca del círculo ártico en las Islas Orkney, se encuentran más de 3000 hallazgos neolíticos entre los que destaca el conjunto de Maeshowe (2800 a.C.). También en Europa continental hay una multitud de hallazgos arqueológicos que testimonian un saber ancestral basado en el número y la proporción; en la Bretaña francesa están las conocidas alineaciones de Carnac (3500 a.C.), donde se halla el Cromlech de Crucuno (1800 a.C.), un cuadrilátero de planta rectangular cuyas diagonales lo dividen en dos triángulos pitagóricos iguales que pueden ser expresados mediante la proporción 3:4:5 y que además actúan como marcadores solsticiales, mientras que los lados norte y sur lo hacen como alineamientos equinocciales.


En el moderno estado de Sajonia-Anhalt, Alemania, se ha descubierto otra configuración peculiar que data del 4900 a.C. y que es considerado como el observatorio astronómico más antiguo de Europa. Se trata del Círculo de Goseck (3), cuya planta estaría compuesta por tres círculos concéntricos con una entrada norte y dos al sur en forma de V que marcarían los solsticios; los círculos no estaban formados con rocas sino con 1678 estacas de roble de 2.5 metros de alto. O sea, que según nos adentramos en la noche de los tiempos, vemos que las construcciones no eran en roca sino en madera, lo que favoreció su desaparición con el devenir; sin embargo, el saber que se desprende de estos centros astronómicos (y como hemos dicho antes, geográficos, geológicos y aritméticos) es el testimonio de que los hombres y mujeres que nos precedieron no eran salvajes que vivían mirándose el ombligo y que sólo cazaban o cultivaban para llevarse un bocado sino que tenían un conocimiento intelectual mucho mayor del que puede tener hoy en día cualquier ciudadano medio.

En fin, los testimonios en piedra diseminados por las llanuras de las Islas Británicas y los construidos sobre madera en la Europa continental dan prueba de un conocimiento real del movimiento de los astros así como de sus influencias en los cuerpos terrestres aun sin recurrir a las monumentales edificaciones egipcias, mesopotámicas o mesoamericanas. El conocimiento se expresó culturalmente de forma distinta, adaptado a los usos y costumbres de los indígenas del lugar, sin menoscabo intelectual o cultural alguno. La incursión en la ciencia del número como expresión de la realidad íntima del cosmos se desarrollaba de forma paralela en todo el globo por todos aquellos que participaban de la comunión salvífica del Verbo Creador, o sea en aquellos que trabajaban su alma de acuerdo a los ritmos y ciclos y que se ofrecían por entero a encarnar las ideas que al mismo tiempo cohabitaban.

Por lo que no se puede afirmar que existiera una separación real entre el saber científico y el saber intelectual; la única distinción aparente sería la de los estados del Ser, en cuya escala el saber científico no sería sino uno de los estados precedentes al saber intelectual, única sede de la diosa Sabiduría a la que tanto los hermanos del neolítico como algunos locos hoy en día todavía le cantan. El saber científico no es sino un medio, un soporte o un puente entre los mundos formales y las leyes que los rigen y otros estados más sutiles de nuestro ser. Entonces, es sólo por el reconocimiento de lo formal como reflejo de lo informal que la ciencia es fructífera; desde aquí, se parte hacia el desarrollo de otras aplicaciones prácticas que facilitarán el sustento de la población, el orden social y la perfección cultural. Así, los ritos agrarios y de fecundidad de la antigüedad formaban parte de ese orden de conocimiento que implica siempre traspasar velos hacia mundos más internos que paradójicamente coexisten simultáneamente; por lo que no se debería afirmar que los habitantes del neolítico desarrollaron un nítido conocimiento astronómico para poder establecer un calendario útil en aras a optimizar unas producciones agrícolas que garantizaran el sustento, sino que más bien habría que decir que tanto el saber astronómico como los ritos agrarios, así como cualquier otra clase de actividad sobre el medio que les tocó vivir, tenían como fin la identificación con la inmanencia que las originaba y el reconocimiento de la realidad metafísica de la que todo pende.

(Continuará)

Notas:
1. En 1963 Gerald Hawkins publica una carta en la revista Nature en la que demostraba mediante el lenguaje matemático que el círculo externo de Stonehenge I estaba relacionado con las direcciones anuales extremas de la salida y puesta del sol (solsticios), así como también señalaba las oscilaciones máximas y mínimas de la luna (salidas y puestas más septentrionales y meridionales durante el mes lunar). Tres años más tarde Fred Hoyle publicó un estudio confirmando que también se podían predecir de forma certera los eclipses en base a la geometría del monumento.
2. En la antigüedad no existía esta división de profesiones pues los hombres tenían un conocimiento mucho más amplio que ahora y el mismo ingeniero era astrónomo, astrólogo, matemático, médico, etc. Y aún por encima de estas vocaciones estaba el sacerdocio, quien gobernaba de acuerdo a los designios celestes.
3. Se han hallado más de 250 lugares arqueológicos similares a lo largo de Alemania, Austria y República Checa; la mayoría de ellos no han sido investigados todavía.

Imágenes:
1. Stonehenge (3100 a.C.), fotografía tomada por Andy Powell.
2. Stonehenge. Distribución de menhires, trilitos y demás rocas, según se encuentran a principios del siglo XXI. By Author ©Anthony Johnson 2008.
3. Stonehenge (3100 a.C.), fotografía tomada por Diego Delso CC BY-SA 4.0.
4. Alineaciones de Carnac (3500 a.C.), Bretaña francesa. Fotografía tomada por Alberto Pitarch.

Colección Aleteo de Mercurio 11.
Hermetismo y Ciencia.
Alberto Pitarch.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2026.



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