domingo, 5 de julio de 2026

Hermetismo y Ciencia

III. Los orígenes de la ciencia moderna

Será entonces de la mano de Hermes y la ciencia hermética como nos adentraremos en el estudio de la ciencia en los albores de la era moderna a través de las espiras del tiempo, penetrando en las obras de algunos autores célebres que las desarrollaron hasta sus últimas consecuencias, basándose todavía en los principios metafísicos.

Aunque antes de presentar a nuestros autores, que la ciencia actual considera como científicos precursores, nos gustaría rescatar del olvido a algunos de los centros geográficos significativos desde el punto de vista tradicional en los que dejaron su huella los científicos de la antigüedad, aquéllos de los que desconocemos sus nombres pero que trabajaron sin descanso, desposándose finalmente con la diosa Sabiduría y accediendo así a la visión unitaria del cosmos, fin de todo trabajo de conocimiento cualquiera que sea.

Hablamos por ejemplo de Stonehenge, observatorio astronómico sorprendentemente aceptado como tal por la ciencia actual (1) en cuya construcción no sólo participaron astrónomos sino también lo que hoy llamaríamos geógrafos, geólogos, arquitectos, ingenieros, físicos y maemáticos (2).


De hecho, la construcción es una superposición de tres estructuras, la primera de las cuales está compuesta por 56 hoyos que rodean el recinto interior levantado en piedra; la segunda está compuesta por un conjunto de piedras locales exteriores a la estructura principal y la tercera es la tan fotografiada estructura tallada que se levanta imponente en la planicie de Salisbury, y cuyos trilitos fueron traídos desde las montañas de Prescelly, del lejano Gales (lo cual manifiesta una inteligencia ordenadora y conocedora de las propiedades de las rocas así como de su relación con los astros con los que están intrínsecamente ligadas).




De forma análoga, encontramos Newgrange en el valle irlandés de Boyne (3200 a.C.), las Piedras de Callanish en la isla escocesa de Lewis 2900 a.C.) o los más de setenta círculos neolíticos hallados en la región escocesa de Aberdeenshire, conocidos hoy como “Recumbent Stone circle”. También en Escocia, cerca del círculo ártico en las Islas Orkney, se encuentran más de 3000 hallazgos neolíticos entre los que destaca el conjunto de Maeshowe (2800 a.C.). También en Europa continental hay una multitud de hallazgos arqueológicos que testimonian un saber ancestral basado en el número y la proporción; en la Bretaña francesa están las conocidas alineaciones de Carnac (3500 a.C.), donde se halla el Cromlech de Crucuno (1800 a.C.), un cuadrilátero de planta rectangular cuyas diagonales lo dividen en dos triángulos pitagóricos iguales que pueden ser expresados mediante la proporción 3:4:5 y que además actúan como marcadores solsticiales, mientras que los lados norte y sur lo hacen como alineamientos equinocciales.


En el moderno estado de Sajonia-Anhalt, Alemania, se ha descubierto otra configuración peculiar que data del 4900 a.C. y que es considerado como el observatorio astronómico más antiguo de Europa. Se trata del Círculo de Goseck (3), cuya planta estaría compuesta por tres círculos concéntricos con una entrada norte y dos al sur en forma de V que marcarían los solsticios; los círculos no estaban formados con rocas sino con 1678 estacas de roble de 2.5 metros de alto. O sea, que según nos adentramos en la noche de los tiempos, vemos que las construcciones no eran en roca sino en madera, lo que favoreció su desaparición con el devenir; sin embargo, el saber que se desprende de estos centros astronómicos (y como hemos dicho antes, geográficos, geológicos y aritméticos) es el testimonio de que los hombres y mujeres que nos precedieron no eran salvajes que vivían mirándose el ombligo y que sólo cazaban o cultivaban para llevarse un bocado sino que tenían un conocimiento intelectual mucho mayor del que puede tener hoy en día cualquier ciudadano medio.

En fin, los testimonios en piedra diseminados por las llanuras de las Islas Británicas y los construidos sobre madera en la Europa continental dan prueba de un conocimiento real del movimiento de los astros así como de sus influencias en los cuerpos terrestres aun sin recurrir a las monumentales edificaciones egipcias, mesopotámicas o mesoamericanas. El conocimiento se expresó culturalmente de forma distinta, adaptado a los usos y costumbres de los indígenas del lugar, sin menoscabo intelectual o cultural alguno. La incursión en la ciencia del número como expresión de la realidad íntima del cosmos se desarrollaba de forma paralela en todo el globo por todos aquellos que participaban de la comunión salvífica del Verbo Creador, o sea en aquellos que trabajaban su alma de acuerdo a los ritmos y ciclos y que se ofrecían por entero a encarnar las ideas que al mismo tiempo cohabitaban.

Por lo que no se puede afirmar que existiera una separación real entre el saber científico y el saber intelectual; la única distinción aparente sería la de los estados del Ser, en cuya escala el saber científico no sería sino uno de los estados precedentes al saber intelectual, única sede de la diosa Sabiduría a la que tanto los hermanos del neolítico como algunos locos hoy en día todavía le cantan. El saber científico no es sino un medio, un soporte o un puente entre los mundos formales y las leyes que los rigen y otros estados más sutiles de nuestro ser. Entonces, es sólo por el reconocimiento de lo formal como reflejo de lo informal que la ciencia es fructífera; desde aquí, se parte hacia el desarrollo de otras aplicaciones prácticas que facilitarán el sustento de la población, el orden social y la perfección cultural. Así, los ritos agrarios y de fecundidad de la antigüedad formaban parte de ese orden de conocimiento que implica siempre traspasar velos hacia mundos más internos que paradójicamente coexisten simultáneamente; por lo que no se debería afirmar que los habitantes del neolítico desarrollaron un nítido conocimiento astronómico para poder establecer un calendario útil en aras a optimizar unas producciones agrícolas que garantizaran el sustento, sino que más bien habría que decir que tanto el saber astronómico como los ritos agrarios, así como cualquier otra clase de actividad sobre el medio que les tocó vivir, tenían como fin la identificación con la inmanencia que las originaba y el reconocimiento de la realidad metafísica de la que todo pende.

(Continuará)

Notas:
1. En 1963 Gerald Hawkins publica una carta en la revista Nature en la que demostraba mediante el lenguaje matemático que el círculo externo de Stonehenge I estaba relacionado con las direcciones anuales extremas de la salida y puesta del sol (solsticios), así como también señalaba las oscilaciones máximas y mínimas de la luna (salidas y puestas más septentrionales y meridionales durante el mes lunar). Tres años más tarde Fred Hoyle publicó un estudio confirmando que también se podían predecir de forma certera los eclipses en base a la geometría del monumento.
2. En la antigüedad no existía esta división de profesiones pues los hombres tenían un conocimiento mucho más amplio que ahora y el mismo ingeniero era astrónomo, astrólogo, matemático, médico, etc. Y aún por encima de estas vocaciones estaba el sacerdocio, quien gobernaba de acuerdo a los designios celestes.
3. Se han hallado más de 250 lugares arqueológicos similares a lo largo de Alemania, Austria y República Checa; la mayoría de ellos no han sido investigados todavía.

Imágenes:
1. Stonehenge (3100 a.C.), fotografía tomada por Andy Powell.
2. Stonehenge. Distribución de menhires, trilitos y demás rocas, según se encuentran a principios del siglo XXI. By Author ©Anthony Johnson 2008.
3. Stonehenge (3100 a.C.), fotografía tomada por Diego Delso CC BY-SA 4.0.
4. Alineaciones de Carnac (3500 a.C.), Bretaña francesa. Fotografía tomada por Alberto Pitarch.

Colección Aleteo de Mercurio 11.
Hermetismo y Ciencia.
Alberto Pitarch.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2026.



miércoles, 17 de junio de 2026

Hermetismo y Ciencia

II. Los orígenes de la ciencia moderna

Se podría afirmar que la curiosidad es el motor que mueve al ser humano. Gracias a ella, el hombre y la mujer de nuestros días da un paso más allá y avanza hacia lo desconocido. Se cuestiona los límites de lo establecido, investiga y se adentra en realidades ignotas hasta entonces. La curiosidad es innata al ser humano, quien desde tiempos inmemoriales se ha preguntado acerca de su posición en el mundo, ¿quién soy? ¿de dónde vengo? ¿a dónde voy?

Si nos fijamos en su etimología, que revela el sentido y significado original de la palabra, vemos que proviene del latín curiositas “deseo de saber”. O sea, que la curiosidad es esa fuerza interna intrínseca que lleva al hombre a desear (amar) la Sabiduría, uno de los grados más altos de Conocimiento.

Pero, ¿qué es entonces el Conocimiento? ¿Cómo puede ser algo tan poderoso como para interpelar al ser humano y condicionar completamente su existencia en su búsqueda? Detengámonos a descubrirlo. Empezaremos diciendo qué no es. El Conocimiento no es la acumulación de pequeños saberes contingentes cercados por este o aquel campo de actuación. Tampoco es un grado que se adquiere al finalizar el curso de determinados estudios o un diploma que se obtiene tras la realización de pruebas constantes. Todo esto está muy lejos de lo que verdaderamente es conocer. En primer lugar porque el auténtico conocimiento trata sobre todo de un proceso interno, no dual, y, por lo tanto, excluyente de los pequeños saberes contingentes —por incluirlos a todos sin excepción—. O sea, que no necesita de la aprobación de un tercero que decida sobre su adquisición o valía. En segundo lugar, porque al tratarse de un proceso interno sólo dependerá de uno mismo y de su ímpetu y voluntad para adentrarse en él. En suma, el Conocimiento es el acceso a los estados más altos de uno mismo a través de una escala gradual que lleva al ser humano al máximo de sus posibilidades, traspasando el ámbito humano e individual e identificándolo con la totalidad de lo manifestado —y no manifestado—, es decir, una penetración en espacios mucho más allá de lo físico, psicológico y anímico, que tocan a lo espiritual y reposan finalmente en el ámbito metafísico.

El Conocimiento es, pues, conocerse, tomar conciencia de sí mismo y cerciorarse sobre la verdadera posición que le está asignada al ser humano en el mundo. Lo que precisamente es análogo al origen de la palabra “ciencia” —del latín scientia, de scire, “conocer”—. En estrecha relación con estas etimologías también encontramos a la filosofía, que deriva del griego philos, amor, y sophia, sabiduría. Lo cual nos remite directamente a la Antigüedad, pues es conocido que entonces no existía diferencia entre ciencia y filosofía ya que ambas se referían a la misma empresa, aquélla que llevaba al ser humano curioso a trascender sus límites y le impelía a explorar el más allá (1). Ligado con los procesos internos que simbolizan tanto la ciencia como la filosofía, también cabe considerar del mismo modo al arte en todas sus expresiones, pues en su origen no significaba otra cosa que un proceso intermediario mediante el cual el hombre hacía una obra de arte consigo mismo. Es decir, un medio a través del cual comprender el modelo cósmico, que es el modelo de uno mismo, y, habiéndolo comprendido, trascenderlo y adentrarse en el ámbito metafísico, meta última de cualquier aventura de conocimiento.

En una sociedad arcaica o tradicional, cada actividad ordinaria reflejaba las leyes naturales que al mismo tiempo estaban simbolizando las ideales y éstas a las arquetípicas, o sea que cada momento del transcurrir diario era un valioso soporte con el que adentrarse en mundos más sutiles y vivir en un constante hacer sagrado. Y si reculáramos aún más atrás en el tiempo y de acuerdo a las leyes cíclicas de un cosmos vivo, nos apercibiríamos de que incluso la existencia de dichas actividades era nula, pues el hombre vivía en un estado adánico, en lo que se conoce en la cultura clásica como Edad de Oro, teniendo acceso directo al Conocimiento y por lo tanto viviendo sin la necesidad de realizar actividades que le sirvieran de soporte. El hombre antiguo vivía en armonía perpetua con el medio que le rodeaba, incluyendo desde los estados más groseros y formales hasta los más sutiles y angélicos, participando plenamente de todo su despliegue. Él habitaba en el eterno presente. Platón lo dejó escrito en un fragmento del Critias que Federico González recogió a su vez en una de sus obras teatrales; en él se puede apreciar que con el inicio del devenir cíclico, el ser humano primordial se va alejando cada vez más del Principio:

Otro —Dejadnos que leamos el discurso de Critias: “Durante muchas generaciones, mientras la naturaleza del dios era suficientemente fuerte, obedecían las leyes y estaban bien dispuestos hacia lo divino emparentado con ellos. Poseían pensamientos verdaderos y grandes en todo sentido, ya que aplicaban la suavidad junto con la prudencia a los avatares que siempre ocurren y unos a otros, por lo que, excepto la virtud, despreciaban todo lo demás, tenían en poco las circunstancias presentes y soportaban con facilidad, como una molestia, el peso del oro y de las otras posesiones”.
Otro —“No se equivocaban embriagados por la vida licenciosa, ni perdían el dominio de sí a causa de la riqueza, sino que, sobrios, reconocían con claridad que todas estas cosas crecen de la amistad unida a la virtud común, pero que con la persecución y la honra de los bienes exteriores, éstos decaen y se destruye la virtud con ellos. Sobre la base de tal razonamiento y mientras permanecía la naturaleza divina, prosperaron todos sus bienes, que describimos antes. Mas cuando se agotó en ellos la parte divina porque se había mezclado muchas veces con muchos mortales y predominó el carácter humano, ya no pudieron soportar las circunstancias que los rodeaban y se pervirtieron; y al que los podía observar le parecían desvergonzados, ya que habían destruido lo más bello de entre lo más valioso, y los que no pudieron observar la vida verdadera respecto de la felicidad, creían entonces que eran los más perfectos y felices, porque estaban llenos de injusta soberbia y de poder”.
Otro —Pero, ¿cómo? ¿Acaso me dices que me he autosugestionado por más de veinte años para que al final no haya nada?
Otro —(El anterior le contesta) Sí, nada de lo que podría afirmarse que es algo (2).

¿Quién, entonces, con su estrechez mental puede juzgar a las sociedades arcaicas como “primitivas”, dibujándolas como integradas por una especie de homínidos cuyo lenguaje se limitaba a hacer chiscar dos piedras y pegar berridos como si de bestias ebrias se trataran? En fin, ¿qué se puede esperar del humanoide del siglo XXI, gobernado íntegramente por una mente que se ha modelado con la especialización técnica, las cadenas de montaje industrial, el consumismo extremo y el algoritmo estadístico? Como resultado de esta farsa, se tiende hoy en día a valorar todo a través de las leyes de causa-efecto, la prueba estadística y la materialización, sin adentrarse en las fuerzas motoras que lo originan y que en esencia son las mismas en toda ciencia, aunque en distinta combinación. Lo que quiere decir que si hubo culturas intelectualmente más brillantes que la actual —cosa harto fácil, por otro lado—, aunque no haya rastro arqueológico-formal de ellas, no por ello pueden ser consideradas como inexistentes; y que si esas civilizaciones dejaron, en lugar de un idioma inteligible por el hombre contemporáneo, un lenguaje basado en los símbolos universales —como son las pinturas parietales—, es un sinsentido que sean vistas a los ojos del ser humano del siglo XXI como inferiores y conformadas por unos primitivos cuya única preocupación era llevarse el pedazo de carne a la boca. ¿Y qué decir de todas aquellas culturas que no pusieron nada por escrito ni grabaron en la piedra porque no necesitaban dejar testimonio de nada, pues todos sus miembros compartían la universalidad del cosmos, su trascendencia y su visión de Unidad? El ser humano actual no comprende porque no conoce y como no conoce, lo niega por temor y por egoísmo, pues siempre se quiere ser alguien en este mundo pestilente de especializaciones, galones, títulos y aburridísimas composturas. ¿Cómo no reconocer la superioridad intelectual del primer ser humano? ¡Venga el arcaico al presente!

Existe un lenguaje revelado que se ha expresado mediante símbolos a través del tiempo y que gracias a su estudio, comprensión y reconocimiento permite adentrarse en otros mundos más sutiles donde se puede apreciar la unidad en el pensamiento, desde la China hasta Cancún, desde Segovia hasta Nepal. El origen es el mismo, los arquetipos y las ideas son también los mismos; es sólo su expresión la que se ha ido adaptando para hacerse inteligible a cada momento cíclico. La Tradición es eso: la transmisión, adaptación, enseñanza, manducación y vivificación de las verdades eternas reveladas al ser humano desde el origen de los tiempos. Esto es el amor a la Sabiduría y así se accede al Conocimiento. No importa en qué lugar o tiempo histórico se sitúe el neófito. La posibilidad permanece siempre ahí, latente, adaptada a la humanidad de cada ciclo cósmico. Y aquí en Occidente es la Tradición Hermética la que cumple esta función.

Antiquísimos conocimientos patrimonio de la Tradición Unánime fueron revelados a los sabios egipcios, persas y caldeos. Ellos se valieron de la mitología y el rito, del estudio de la armonía musical, de los astros, de la matemática y geometría sagradas, y de diversos vehículos iniciáticos que permiten acceder a los Misterios, para recrear la Filosofía Perenne diseñando y construyendo un corpus de ideas que ha sido el germen del pensamiento metafísico de Occidente conocido con el nombre de Tradición Hermética, rama occidental de la Tradición Primordial. Hermes Trismegisto, el Tres Veces Grande, da nombre a esta tradición. En verdad, Hermes es el nombre griego de un ser arquetípico invisible que todos los pueblos conocieron y que fue nombrado de distintas maneras. Se trata de un espíritu intermediario entre los dioses y los hombres, de una deidad instructora y educadora, de un curandero divino que revela sus mensajes a todo verdadero iniciado: el que ha pasado por la muerte y la ha vencido (3).


Será entonces de la mano de Hermes y la ciencia hermética como nos adentraremos en el estudio de la ciencia en los albores de la era moderna a través de las espiras del tiempo, penetrando en las obras de algunos autores célebres que las desarrollaron hasta sus últimas consecuencias, basándose todavía en los principios metafísicos.

(Continuará)

Notas:
1. Más allá de lo conocido. Sin que ello signifique algo externo y ajeno a uno mismo, sino por el contrario adentrarse en el conocimiento de sí mismo. La revelación constante de estados que, hallándose más allá de lo ordinario, están presentes en la conciencia del ser humano en su día a día.
2. Federico González. Rapsodia. Obra en tres actos. Ed. SYMBOLOS, Barcelona, 2015.
3. Federico González y cols. Introducción a la Ciencia Sagrada: Programa Agartha. Ed. SYMBOLOS, Barcelona, 2003.

Imagen:
1. Estatua de Mercurio en mármol. Bertel Thorvaldsen (1770-1844). Thorvalden Museum, Copenhage, Dinamarca.

Colección Aleteo de Mercurio 11.
Hermetismo y Ciencia.
Alberto Pitarch.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2026.



lunes, 8 de junio de 2026

Hermetismo y Ciencia

I. Prólogo

La idea del contenido y el título de este cuaderno nace del estudio “Apuntes sobre Hermetismo y Ciencia” que Federico González incluye como capítulo tercero en su libro Hermetismo y Masonería. El acápite comienza así:

A menudo nos hemos topado con el tema de las relaciones entre Hermetismo y ciencia experimental en diversos autores, al punto de ser hoy una referencia habitual en la Historia de la Ciencia. En efecto, las disciplinas que conformarán la Ciencia Moderna, es decir la Cosmología, Matemáticas, Geografía, Física, Medicina, Farmacopea, Química e Ingeniería en general, etc., o sea, el conjunto de materias, con la inclusión de algunas disciplinas recientes como la Psicología, que conforman la civilización occidental –y que otras tradiciones han elaborado igualmente y de las que somos herederos– ha sido el producto de una corriente sapiencial de energías puestas bajo la advocación del dios Hermes, al igual que otras realizaciones culturales que mencionamos en otros artículos (1).

Que la tradición de Hermes, escriba de los dioses y numen dador de las ciencias y las artes sagradas que permitieron a nuestros ancestros adentrarse en los misterios de la cosmogonía para acceder al verdadero Conocimiento, sea también el origen de las disciplinas científicas modernas –un enorme conjunto de saberes parciales cuyos cultores desconocen, o aún peor, niegan la fuente de lo que practican tachando de acientífico o falso todo lo que no es mensurable o registrable de alguna manera, incluido por supuesto aquello tocante al espíritu y la verdadera intelectualidad– es una gran paradoja. O al menos en apariencia. El porqué del asunto tiene que ver, en última instancia, con las leyes universales que rigen los ciclos cósmicos, las cuales determinan la “caída”inexorable de lo que viene a la existencia desde el mismo instante de su aparición en el gran teatro de la vida. Quien nace ha de morir tarde o temprano por el simple motivo de que el cuerpo del otrora un bebé enferma, o se pone viejo y ya no da más de sí, algo que es tan inherente a la naturaleza humana como la pérdida de las hojas en una planta caducifolia. Lo que para el pensamiento tradicional no es nada más que un tránsito necesario para la regeneración, una disolución liberadora que permite la coagulación en otro estado del ser, la ciencia moderna lo contempla como algo horrible que debe ser combatido a toda costa, o al menos retrasado en lo posible, con toneladas de píldoras, terapias génicas, trasplantes de tejidos e implantes bioingenieriles.

Aunque se suele fijar el siglo XVII, y más concretamente la publicación del Discurso del método de René Descartes (1596-1650) como el momento en que se produce el divorcio entre la visión tradicional y la ciencia moderna, dicha ruptura fue más bien un proceso gradual y con altibajos cuyos antecedentes se remontan a la baja Edad Media, época en que la filosofía natural se abre progresivamente a la experimentación. Seguramente es Roger Bacon (ca. 1214 - ca. 1294) el mejor exponente de un cambio de pensamiento “totalmente revolucionario para su época”, que Federico González ilustra con algunas citas del Opus Maius (1267) del científico inglés:

Expuestas las raíces de la sabiduría de los latinos en las lenguas, en la matemática y en la perspectiva, quiero ahora poner al descubierto las raíces de la misma por la ciencia experimental, ya que, sin la experiencia, nada se puede saber suficientemente. En efecto, dos son los modos del conocer, a saber, por la argumentación y por la experiencia. La argumentación concluye y nos hace conceder la conclusión, pero no nos deja ciertos sin hacer desaparecer toda duda, de suerte que quede el ánimo aquietado con la contemplación de la verdad, si no la encuentra por la vía de la experiencia: muchos tienen argumentos para probar las proposiciones, pero como no tienen experiencia, las desprecian, y así no evitan el mal ni van tras el bien. Si uno que nunca ha visto el fuego ha demostrado con argumentos suficientes que el fuego quema y ataca a las cosas y las destruye, nunca por sólo eso se aquietaría el ánimo del que le oyese, ni huiría del fuego antes de poner la mano o un objeto combustible al fuego, para comprobar así por la experiencia lo que el raciocinio le había demostrado. Pero una vez obtenida la experiencia del hecho de la combustión, queda con certeza, el ánimo descansa con la evidencia de la verdad. Luego no basta el raciocinio, sino que se requiere la experiencia. (Sexta parte: Sobre la ciencia experimental, cap. I).

Pero como esta ciencia experimental es ignorada por completo de la masa de los que estudian, no puedo, por eso, tratar de convencerles de su utilidad si antes no hago ver su eficacia y su índole especial. Pues bien: ésta es la única que sabe muy bien por experiencia lo que se puede hacer por las fuerzas naturales, y lo que se puede por el esfuerzo del arte, por el fraude, qué pretenden y qué sueñan los poemas, las conjuraciones, las invocaciones, las deprecaciones, los sacrificios, todo ello de arte de magia, y lo que en ellos se hace, para eliminar toda falsedad, y retener solamente el auténtico arte. (Id., cap. II) (2).

Y Federico añade:

Sin embargo esta experimentación de la que trata R. Bacon no es sólo física, como podría pensarse, él mismo se encarga de transmitírnoslo, ya que su grado más alto es la Revelación; es decir que el Conocimiento de lo Sagrado es la mayor experiencia, aunque también incluye la magia en sus dos vertientes: la que se apoya en la naturaleza de las cosas, y la que utiliza trucos que de alguna manera violentan esa naturaleza, o sea que hay una magia “buena” y otra “mala”, o mejor, hay dos formas de actuar respecto a la naturaleza, una es lícita y la otra no lo es.

(...)

Para el pensamiento de R. Bacon, si la experimentación es una forma de la magia natural y la alquimia una forma de la teúrgia aplicada al Conocimiento y a la obtención de un logro total –la Panacea Universal– todo el proceso de aprendizaje (matemático, cosmográfico, físico, médico, de laboratorio) es parte de un Saber Único, la Ciencia Sagrada. Aunque parezca curioso, este tipo de conceptos han materializado finalmente en la Ciencia Moderna, cuyos supuestos, como hemos expresado, están totalmente invertidos con respecto a estas conclusiones y a toda idea relacionada directa o indirectamente con lo sagrado, discutiendo, o negando, incluso, sus orígenes históricos, como ya hemos señalado (3).

(Extracto del Prólogo: Marc García)

(Continuará)

Notas:
1. Federico González. Hermetismo y Masonería. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2016.
2. Op. cit.
3. Ibid.

Imagen:
1. Enorme esfera celestial construida entre 1570-79 por Chrisopher Schissle en Augsburgo; grabado en Uraniborg y recogido en Astronomiæ Instauratæ Mechanica (Tycho Brahe, 1602). Smithsonian Libraries.

Colección Aleteo de Mercurio 11.
Hermetismo y Ciencia.
Alberto Pitarch.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2026.



domingo, 24 de mayo de 2026

La Cábala y el Agartha.

3. El Programa Agartha de Federico González y colaboradores.

La Cábala que se ha reunido de forma tan sintética en el Programa Agartha abre un filón directo al corazón del mundo, al corazón del Ser. Es una inmensa fortuna recibir lo atesorado en este manual y dejar que opere en el alma. La Cábala, palabra que significa tradición y por lo tanto recepción, está viva en pleno siglo XXI, no es propiedad exclusiva de un pueblo o grupo o persona y se da generosamente al receptor atento y dispuesto a perpetuar la Sabiduría Perenne emanada directamente del centro sagrado primordial. Hacerse uno con lo que se dice en el primer acápite de Cábala y todos los que siguen del Programa Agartha es identificarse con el Árbol de la Vida y tener la posibilidad de integrarse en el Agartha.

Poco a poco iremos desarrollando diferentes métodos herméticos, entre ellos el de la Cábala judía, utilizado también por los cristianos a partir del Renacimiento. “Cábala” significa literalmente “Tradición”, y se refiere tanto al legado de la doctrina que fue revelada a los antiguos patriarcas y profetas del pueblo judío, como a la recepción y vivificación de esa doctrina que proviene –como toda Enseñanza verdadera– de la Gran Tradición Unánime. Bástenos por ahora decir que trabajaremos especialmente con el símbolo del Árbol de la Vida sefirótico. Este diagrama es un mapa del cosmos, un modelo del universo, y es válido tanto para el hombre como para la creación entera (1).
Los centros y corrientes de energía que conforman este diagrama están en relación con los números y las letras sagradas, la Astrología, la Alquimia (o Arte de las transmutaciones), las láminas del juego del Tarot, la simbólica de la música, y de la geometría, manifestaciones todas ellas de la construcción armónica de la mansión interna. Este modelo es pues un mandala, un juego de símbolos, un intermediario sintético entre nosotros y lo desconocido, a través de una serie de espíritus, o deidades, que se articulan jalonando un camino mágico evolutivo, que todos los pueblos del mundo han conocido, que constituía el fundamento de su cultura, y al que guardaban como su más preciado secreto. Nos estamos refiriendo a los Misterios de la Iniciación (2).

(Continuará)

Notas:
1. Federico González y cols. Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha. Revista SYMBOLOS nº 25-26, Barcelona, 2003.
2. Ibid.

Imagen:
1. Árbol sefirótico. Arca de Symbolos. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2023.

Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón. “La Cábala y el Agartha. El Programa Agartha de Federico González y colaboradores”. Mireia Valls.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.



martes, 5 de mayo de 2026

La Cábala y el Agartha.

2. El Programa Agartha de Federico González y colaboradores.

En los breves acápites que lo conforman, juegan un papel fundamental los dedicados a la Cábala, el esoterismo propiamente judío que con la diáspora de los hebreos por toda Europa a partir del siglo XV pasó a ser estudiado y aprehendido por sabios cristianos y paganos que adoptaron sus simbólicas como preciosos vehículos de Conocimiento, no sólo teórico sino efectivo, o sea como soporte de la realización espiritual. El Árbol de la Vida sefirótico, los nombres de la deidad y los juegos de permutaciones y combinaciones con las letras-números del alfabeto hebreo, la geografía sagrada de esa tradición, sus personajes míticos y siempre, siempre, la errancia del pueblo elegido por este mundo hacia la verdadera patria, sin olvidar el templo, ya fuese el portátil (Arca de la Alianza) o el fijo como receptáculo de la Shekinah (Templo de Jerusalén), iban abriendo espacios de la conciencia en el camino iniciático de muchos adeptos, tanto sabios, como filósofos, astrólogos, médicos, músicos, alquimistas etc., que los incorporaron en sus construcciones intelectuales, pasando entonces la Cábala a tener una función de soporte para la iniciación y revelación de la cosmogonía más allá de los círculos hebreos.

Además de la adopción de esa simbólica universal en escritos, grabados, pinturas, etc., la tradición judía y su Cábala sigue estando muy presente en el seno de la Masonería, sobre todo en las palabras de paso y sagradas de los tres grados iniciáticos, y luego, con la aparición de los Altos Grados a partir el siglo XVIII (que no son sino un desarrollo de todo lo contenido en el grado de maestro), los nombres de poder de la deidad procedentes de esa tradición, sus historias míticas, su numerología, etc., se ha resguardado en el seno de la organización iniciática que queda viva en Occidente. Ciertas leyendas masónicas proceden directamente de la simbólica cabalística y han mantenido vivo hasta hoy el vínculo con el centro sagrado del que venimos hablando para todos aquellos occidentales que miran hacia el interior de sí mismos buscando la palabra perdida en lo más hondo de la tierra, o sea de su corazón.

Y para los solitarios, o los que practican la alquimia espiritual en minúsculos grupos al margen de esa organización que actualmente está más por lo político-social-cultural-económico que por lo simbólico-iniciático, o sea que es tan profana como cualquier otra asociación, el Programa Agartha es sin lugar a dudas un nexo de unión con el Centro del Mundo, algo extraordinario para quien pueda comprender el alcance de lo que estamos exponiendo.

Se trata siempre de una región que, como el paraíso terrestre, se vuelve inaccesible para la humanidad ordinaria, y que está situada fuera del alcance de todos los cataclismos que transtornan al mundo humano al final de ciertos períodos cíclicos (1).

Con la certeza de que

…se debe hablar, entonces, como ya lo decíamos precedentemente, de algo que está más bien oculto que verdaderamente perdido, pues no está perdido para todos y algunos aún lo poseen íntegramente; y, si es así, otros tienen siempre la posibilidad de volverlo a encontrar, con tal de que lo busquen como conviene, es decir, que su intención esté dirigida de tal modo que, por las vibraciones armónicas que despierta según la ley de las ‘acciones y reacciones concordantes’, pueda ponerlos en comunicación espiritual efectiva con el centro supremo (2).

(Continuará)

Notas:
1. René Guénon. El Rey del Mundo. Ed. Paidós, Barcelona, 2003.
2. Ibid.

Imagen:
1. Extraída de la “Galería de Imágenes” del Cuaderno La Cábala en el Corazón. “Arca de la Alianza”. Mosaico s. IV hallado en la antigua sinagoga samaritana de Khirbet Samarah. Museo de Israel, Jerusalén.

Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón. “La Cábala y el Agartha. El Programa Agartha de Federico González y colaboradores”. Mireia Valls.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.



lunes, 20 de abril de 2026

La Cábala y el Agartha.

1. El Programa Agartha de Federico González y colaboradores.

En el año 2003, Federico González decide publicar en el número 25-26 de la Revista “SYMBOLOS. Arte-Cultura-Gnosis” un programa de enseñanza que hacía años se distribuía como un curso universitario por correspondencia y que había titulado Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha. Igualmente, lo incorporó en el anillo telemático de la revista, poniéndolo a disposición de todo aquel buscador que viaje por Internet, https://www.introduccionalsimbolismo.com. El título ya da idea de lo que contiene. Tras una titánica labor de búsqueda y reunión de los fragmentos dispersos del esoterismo de la tradición occidental, de sus símbolos, mitos y ritos que comparten esencia con los de todas las tradiciones del mundo, el autor junto con un pequeño grupo de colaboradores compusieron breves capítulos con un lenguaje adaptado a nuestros tiempos, que eso es lo que significa la palabra “programa”, o sea, “poner por escrito”.

Agartha que es el nombre del Programa es un compendio, un manual, que traduce hoy día la Doctrina y la Tradición de todos los pueblos y tiempos bajo la forma de la Tradición Hermética. Su curso está específicamente diseñado para promover el Conocimiento por la efectividad de su realización. En el conjunto de sus lecciones y temas se tratan los vehículos herméticos (Alquimia, Aritmosofía, Cábala, Astrología, Simbolismo, Tarot), así como Filosofía, Metafísica, Cosmogonía, Mitología, y de manera particular los símbolos universales y las artes liberales. También se refiere al Arte como forma de ver (poesía, literatura, música, teatro, danza, arquitectura, artes plásticas), a la Historia (sagrada) y a la (auténtica) Ciencia. Este método, o mejor, este medio, incluye igualmente gráficas y grabados; lo visual tiene un papel en él (1).


Su nombre no es una alegoría, ni una metáfora sino un auténtico símbolo que conecta con lo que está designando. Aquello que parecía definitivamente perdido para Occidente, es decir, la esencia de su tradición, su esoterismo y no las desviaciones que se empezaron a producir con la retirada de los rosacruces a Oriente, vuelve a salir a la luz. René Guénon juega una función fundamental en esta recuperación, así como también otros poquísimos autores, y por supuesto, ya en el siglo XXI, este material que tenemos entre manos, el Programa Agarha. Las emanaciones del centro espiritual oculto en las entrañas de la tierra afloran de nuevo a la superficie y siguen fecundando con el rayo de la inteligencia a aquellos seres humanos abiertos de corazón a su influjo. El Agartha es generoso para quien invoca con Amor y Rigor al mismo tiempo. “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá” (Mt VII, 7). Por ello en su prefacio se nos dice:

Usted ha ligado con Agartha y tiene en este momento la oportunidad de comenzar una nueva etapa, enteramente diferente, y de conocer un mundo maravilloso, desgraciadamente casi totalmente ignorado por la generalidad de los que nos rodean. Usted se está poniendo en comunicación con la Ciencia Sagrada y de este modo con la energía-fuerza que la constituye cuyas emanaciones han hecho posible la realización de Maestros, Instructores e Iniciados en todos los tiempos y lugares. Usted puede realizar algo increíble consigo mismo aunque en este momento no lo vea con claridad o no disponga de los elementos y el método para efectuarlo. La Ciencia Sagrada es el puente entre la realidad ya conocida y otra desconocida, de cara a la cual nuestras fantasías más audaces se quedan siempre cortas. Este Programa es revolucionario pues propone una transformación, una auténtica transmutación interior que haga posible el nacimiento de las potencialidades dormidas del Hombre Verdadero (2).

(Continuará)

Notas:
1. Federico González y cols. Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha. “Prefacio”. Revista SYMBOLOS nº 25-26, Barcelona, 2003.
2. Ibid.

Imagen:
1. Extraída de la “Galería de Imágenes” del Cuaderno La Cábala en el Corazón. “Zodíaco y los hombres de las cuatro naciones”. Sefer Evronot, 1664. Klau Library.

Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón. “La Cábala y el Agartha. El Programa Agartha de Federico González y colaboradores”. Mireia Valls.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.



domingo, 5 de abril de 2026

René Guénon y la Cábala

5. Conclusión


Con esta cita llegamos al final de nuestro recorrido por las enseñanzas que René Guénon expuso acerca de la Cábala en su obra escrita. Creemos haber hablado, si no de la totalidad, sí de los aspectos más esenciales de su magisterio en este terreno. Guénon no hizo una exposición amplia y abundantemente documentada de la Cábala pero tocó aspectos nucleares, y otros bastante desconocidos, del esoterismo de la tradición hebrea, la cosmogonía cabalística y su simbólica, forjando un legado que ha iluminado a muchos hombres y mujeres deseosos de encontrar la Verdad y fundirse con ella en un abrazo eterno. Nos permitirá el lector que concluyamos este estudio con unas líneas que escribimos hace más de veinte años, pues vienen al pelo como colofón de este viaje de la mano de la obra del autor francés:

Cualquier aspecto que Guénon aborda en sus escritos, por contingente, concreto e incluso anecdótico que parezca, surge de la consideración previa de su entronque y correspondencia con el Principio Supremo inmanifestado de todas las cosas, idéntico al Ser y al Sí Mismo, y del No-Ser absolutamente indeterminado que engloba a éste. Sólo hay un tema [la Metafísica] en la obra de Guénon, y todo sobre lo que escribe merece su atención en tanto que es una consecuencia del Principio en el ámbito de lo manifestado. Guénon recuerda constantemente a los navegantes por el mar de lo concreto que no hay otro norte que el Principio, y que no hay más viaje verdadero que el que conduce a la plena conciencia de la Suprema Identidad que anida simbólicamente en el corazón de cada cual. Todo lo demás son regatas o paseítos de mañana soleada que en verdad no llevan a ningún lugar (1).

Notas:
1. Marc García. Errores y manipulaciones en torno a la obra de René Guénon. Revista SYMBOLOS nº 23-24, Barcelona, 2002.

Imagen:
1. Madeline von Foerster-Drawing. Dibujo sobre el Rito de la Memoria. Perteneciente a la Galería de Imágenes de este Cuaderno.

Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.



domingo, 22 de marzo de 2026

René Guénon y la Cábala

4. Los intermediarios celestes


Quien alcanza el “punto central” y “permanece en él en unión indisoluble con el Principio, participando de su inmutabilidad e imitando su ‘actividad no actuante’” es “el sabio perfecto” del que habla la tradición taoísta, “aquél que ha llegado al máximo del vacío” y que por ello “estará fijado sólidamente en el reposo” (1).

“La paz en el vacío, dice Lie Tse, es un estado indefinible; ni se coge ni se da, llega y se establece”. Esta “paz en el vacío” es la “Gran Paz” del esoterismo islámico, llamada en árabe Es-Sakinah, designación que la identifica a la Shekinah hebraica, es decir, a la “presencia divina” en el centro del ser, representado simbólicamente como el corazón en todas las direcciones (2).

La Shekinah, la inmanencia divina o “presencia real” de la Divinidad,

se presenta bajo múltiples aspectos, entre los cuales destacarían principalmente dos, uno interior y el otro exterior; ahora bien, por otra parte dentro de la tradición cristiana existe una frase para designar de manera tan clara como sea posible estos dos aspectos: “Gloria in excelsis Deo, et in terra Pax hominibus bonae voluntatis”. Las palabras Gloria y Pax se refieren respectivamente al aspecto interior, con relación al Principio, y al aspecto exterior, con relación al mundo manifestado; y, si se consideran así tales expresiones, puede comprenderse de inmediato la razón por la cual son pronunciadas por los ángeles (malakim) en el momento de anunciar el nacimiento del “Dios con nosotros” o “en nosotros” (Emmanuel) (3).

El Tabernáculo, imagen del Pardés o centro de este mundo, “es denominado en hebreo miskan o ‘habitáculo de Dios’, palabra cuya raíz es la misma que la de la Shekinah” (4). En él habita este intermediario celeste, como también en el corazón de quien se abre a su presencia. Guénon dice que la Shekinah es “la síntesis de las Sefirot”;

ahora bien, en el árbol sefirótico, la “columna de la derecha” representa el lado de la Misericordia, mientras que la “columna de la izquierda” es el lado del Rigor; por lo tanto, deberemos encontrar también ambos aspectos en la Shekinah, sin dejar de subrayar enseguida, con tal de relacionarlo con lo anterior, que al menos en cierta manera el Rigor se identifica con la justicia y la Misericordia con la paz. “Si el hombre peca y se aleja de la Shekinah, caerá bajo el poder de las potencias (Sârim) que dependen del Rigor”, y entonces la Shekinah es llamada la “mano del Rigor”, cosa que inmediatamente trae a la memoria el conocido símbolo de la “mano de la justicia”; pero, por el contrario, “si el hombre se acerca a la Shekinah se liberará”, siendo la Shekinah la “mano derecha” de Dios, es decir, que la “mano de la justicia” se transforma en “mano benefactora”. Aparecen aquí los dos misterios de la “Morada de la Justicia” (Beith-Din), lo que viene a ser también otra forma de referirse al centro espiritual supremo (…) (5).

La Cábala se refiere a un paredro de la Shekinah que tiene “nombres idénticos a los suyos” y que “muestra por consiguiente tantos aspectos diferentes como la misma Shekinah; su nombre es Metatron, un nombre numéricamente equivalente al de Shaddai, el ‘Todopoderoso’ (que, suele decirse, es el nombre del Dios de Abraham)” (6).

La etimología de la palabra Metatron resulta bastante insegura; entre las distintas hipótesis que han sido elaboradas con referencia a su etimología, una de las más interesantes es la que la hace derivar del caldeo Mitra, es decir, “lluvia”, cuya raíz muestra también cierta relación con “luz” (7). (...) A este propósito, hemos de señalar que en la doctrina hebrea se habla de cierto “rocío de luz” que emana del “árbol de la vida” y gracias al cual se produce la resurrección de los muertos, así como de una “efusión de rocío” que representa la transmisión a todos los mundos de las influencias espirituales, cosa que recuerda especialmente el simbolismo alquímico y rosicruciano (8).

La palabra Metatron

(...) comporta todas las acepciones posibles de guardián, de Señor, de enviado, de mediador”; se trata del “autor de las teofanías en el mundo sensible”; es “el Ángel del Rostro”, y también el “Príncipe del Mundo” (Sâr ha-olam), comprendiéndose en virtud de esta última denominación que no estamos en absoluto alejados del asunto que nos ocupa (9).

Metatron, como la Shekinah, aúna los aspectos de la clemencia y de la justicia, y está estrechamente relacionado con el Rey del Mundo, el Manu o legislador universal del manvantara en tanto que “polo terrestre” que refleja el “polo celeste” que aquél representa (10), así como con el arcángel Mikael, del cual se dice que es “la gloria de la Shekinah”.

Metatron no es solamente el “Gran Sacerdote” (Kohen ha-gadol), sino también el “Gran Príncipe” (Sâr ha-gadol) y el “jefe de los ejércitos celestes”, es decir, que en él se encuentra el principio del poder real al igual que el poder sacerdotal o pontifical, al cual corresponde propiamente la función de “mediador”. De la misma manera sería necesario destacar que melek, “rey”, y maleak, “ángel” o “enviado”, no son en realidad más que dos formas de una sola y única palabra; además malaki, “mi enviado” (es decir, el enviado de Dios o “el ángel dentro del cual está Dios”, Maleak ha-Elohim), resulta ser anagrama de Mikael (11).

Pero así como todas las Sefirot tienen su lado oscuro, las qelippot o qliphot, sus cáscaras o cortezas, “al lado del rostro luminoso” de Metatron “existe una cara oscura y ésta es representada por Samael, al cual se le conoce igualmente por el nombre de Sâr ha-olam”. Es el “Princeps hujus mundi” del que se habla en el Evangelio;

y sus relaciones con Metatron, del que es como la sombra, justifican el empleo de la misma denominación [Sâr ha-olam] en un doble sentido, a la vez que permiten comprender por qué el número apocalíptico 666, el “número de la Bestia”, resulta ser también un número solar. Por lo demás, según san Hipólito, “el Mesías y el Anticristo adoptan ambos por emblema el león”, que también es símbolo solar; y la misma observación cabría hacerse en el caso de la serpiente y en el de muchos otros símbolos. Desde el punto de vista cabalista, es también de las dos caras opuestas de Metatron de lo que se trata aquí (12).

(Continuará)

Notas:
1. Añade el autor: “El ‘vacío’ del que aquí se trata es el desapego completo respecto a todas las cosas manifestadas, transitorias y contingentes, desapego por el que el ser escapa a las vicisitudes del ‘curso de las formas’, a la alternancia de los estados de ‘vida’ y ‘muerte’, de ‘condensación’ y ‘disipación’, pasando de la circunferencia de la ‘rueda cósmica’ a su centro, que él mismo es designado como ‘vacío (no manifestado) que une los rayos y hace de ellos una rueda’”.
2. René Guénon. El Simbolismo de la Cruz, ibid.
3. René Guénon. El Rey del Mundo, ibid.
4. Ibid. Mishkan es un sinónimo de Beith-El, la “casa de Dios”, el nombre que Jacob dio al lugar en el que se le apareció la deidad en sueños y del que dijo “¡Qué temible es este lugar! ¡Esto no es otra cosa sino la casa de Dios y la puerta del cielo!” (Gn 28, 17). Guénon hace la siguiente precisión acerca de este pasaje: “Lo que quedaría por destacar es que el nombre de Beith-El no se aplica solamente al lugar, sino a la misma piedra [que Jacob levanta en él]: ‘Y esta piedra, que yo he erigido a manera de pilar, será la casa de Dios’. Es por tanto esta piedra lo que habrá propiamente de ser el ‘habitáculo divino’ (mishkan), según la denominación que le será dada con posterioridad al Tabernáculo, es decir, el trono de la Shekinah (…)”.
5. Ibid.
6. La suma de los valores numéricos de las letras que componen uno y otro nombre es 314.
7. En el capítulo “La luz y la lluvia” de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, Guénon trata extensamente de una y otra como símbolos de los influjos celestes relacionados con el Sol, simbólica que concuerda con el carácter “solar” de Metatron y su vinculación con la sefirah Tifereth.
8. Ibid.
9. Ibid.
10. Tal “proyección” es especialmente clara en el caso de Moisés, al que la tradición islámica considera el “Polo” (El-Kutb) de su época y quien, según la Cábala, fue instruido por Metatron en el Sinaí.
11. Ibid.
12. Ibid.

Imagen:
1. Árbol de la Vida sefirótico, 1606. Bodleian Library, Oxford. Perteneciente a la Galería de Imágenes de este Cuaderno.

Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.



viernes, 6 de marzo de 2026

René Guénon y la Cábala

3. La cosmogonía cabalística y el Árbol de la Vida


La cosmogonía es el vehículo simbólico por medio del cual el cabalista se abre a los misterios del Uno sin nombre. En el Sefer Yetsirah, libro sagrado que expresa la cosmogonía a través del simbolismo de las letras y los números, se dice:

Formó del Thohú (vacío) una cosa e hizo lo que es de lo que no era. Talló unas grandes columnas del éter inasequible. Reflexionó, y la Palabra (Memrá) produjo todo objeto y toda cosa por su Nombre Uno (1).

Y en palabras de Guénon:

“La Luz (Aor) brotó del misterio del éter (Avir). El punto oculto se manifestó, es decir, la letra yod (2). Esta letra representa jeroglíficamente el Principio y se dice que de ella se formaron todas las restantes letras del alfabeto hebreo, formación que, según el Sefer Yetsirah, simboliza la del mundo manifestado. También se dice que el punto primordial incomprensible, que es el Uno no manifestado, forma tres que representan el Comienzo, el Medio y el Fin, y que estos tres puntos reunidos constituyen la letra yod, que también es el Uno manifestado (o, más exactamente, afirmado en tanto que principio de la manifestación universal) o, dicho en lenguaje teológico, Dios haciéndose “Centro del Mundo” por medio de su Verbo. “Cuando la yod fue producida, dice el Sefer Yetsirah, lo que quedó de este misterio o del Avir (éter) oculto fue Aor (luz)”; en efecto, si quitamos la yod de la palabra Avir queda Aor.
A este respecto, P. Vulliaud cita el siguiente comentario de Moisés de León: “Después de recordar que el Santo, bendito sea, incognoscible, sólo puede ser captado a través de sus atributos (midot) por los que ha creado los mundos, empecemos por la exégesis de la primera palabra de la Torá: Bereshit. Respecto a este misterio, algunos autores antiguos nos han enseñado que está oculto en el grado supremo, el éter puro e impalpable. Este grado es la suma total de todos los espejos posteriores (es decir, exteriores con relación a este mismo grado). Estos proceden de él, por el misterio del punto, el cual, él mismo, es un grado oculto que emana del éter puro y misterioso. El primer grado, que está totalmente oculto (es decir, no manifestado), no puede ser captado. Asimismo, como el misterio del punto supremo, aunque esté profundamente escondido, puede ser captado por el misterio del Palacio interior” (3).

Este Palacio interior o “Santo Palacio” es el “punto central y primordial” en el que el ser “está establecido en el infinito, borrado en el infinito”. En sí, “no se encuentra situado en ningún lugar, ya que es absolutamente independiente del espacio, no siendo éste más que el resultado de su expansión o desarrollo indefinido en todos los sentidos y, en consecuencia, procediendo por entero de él” (4). El texto de Moisés de León que Guénon recoge de Paul Vulliaud continúa así:

“El misterio de la Corona suprema (Keter, la primera de las diez Sefirot) corresponde al del puro e inalcanzable éter (Avir). Es él la causa de todas las causas y el origen de todos los orígenes. Es en este principio, origen invisible de todas las cosas, donde nace el ‘punto’ oculto del que todo procede. Por esto se dice en el Sefer Yetsirah: ‘Antes del Uno, ¿qué puedes contar?’. Es decir: antes de este punto, ¿qué puedes contar o comprender? Antes de este punto no había nada salvo Ain, o sea, el misterio del éter puro o incaptable, así denominado (con una simple negación) a causa de su incomprensibilidad (5). El comienzo comprensible de la existencia se encuentra en el misterio del ‘punto’ supremo (6). Y dado que este punto es el ‘comienzo’ de todas las cosas, se le denomina ‘Pensamiento’ (Mahasheba). El misterio del Pensamiento creativo corresponde al ‘punto’ oculto. Es en el Palacio interior donde el misterio unido al ‘punto’ puede ser comprendido, ya que el puro e inasequible éter permanece siempre misterioso. El ‘punto’ es el éter hecho palpable (por medio de la ‘concentración’, punto de partida de toda diferenciación) en el misterio del Palacio interior o Santo de los Santos (7). Todo, sin excepción, primero debe ser concebido en el Pensamiento. Y si alguien dijera: ‘Ved, hay algo nuevo en el mundo’, haced que se calle, ya que fue anteriormente concebido en el Pensamiento. El Santo Palacio interior emana del ‘punto’ oculto (por las líneas salidas de este punto siguiendo las seis direcciones del espacio). El Santo de los Santos, el quincuagésimo año (alusión al jubileo, que representa el retorno al estado primordial), también se denomina Voz que emana del Pensamiento. Por lo tanto, todos los seres y todas las causas emanan por la fuerza del ‘punto’ de arriba. Esto es todo por lo que se refiere a los misterios de las tres Sefirot supremas” (8).

Guénon trata aspectos muy interesantes de la simbólica del Árbol de la Vida en el capítulo de El Simbolismo de la Cruz que lleva por título “El Árbol del Medio”, epígrafe que alude a los árboles que representan al Eje del Mundo en distintas tradiciones (9). “Este árbol se alza en el centro del mundo, o más bien de un mundo, es decir, en el del dominio en el que se desarrolla un estado de existencia, como el estado humano, que es el que se considera más a menudo en un caso semejante. En particular, dentro del simbolismo bíblico, es el ‘Árbol de la Vida’, plantado en medio del ‘Paraíso terrenal’, el que representa el centro de nuestro mundo (…)”. Sobre éste, el autor recuerda que el Génesis alude a otro árbol “que juega un papel no menos importante e incluso, generalmente más conocido: el ‘Árbol de la Ciencia del bien y del mal’”.

Las relaciones existentes entre estos dos árboles son muy misteriosas: el relato bíblico, inmediatamente después de designar al “Árbol de la Vida” diciendo que se encuentra “en medio del jardín”, nombra al “Árbol de la Ciencia del bien y del mal”; más adelante, dice que este último también se encontraba “en medio del jardín”; y finalmente, Adán, después de comer el fruto del “Árbol de la Ciencia”, sólo tenía que “tender su mano” para coger también el fruto del “Árbol de la Vida” (10).

La proximidad de los dos árboles indica que están estrechamente unidos en su simbolismo, a tal punto que “algunos árboles emblemáticos [del Medio] presentan rasgos que evocan tanto a uno como a otro”:

Tal como su nombre indica, la naturaleza del “Árbol de la Ciencia del bien y del mal” se caracteriza por su dualidad, ya que en esta designación encontramos dos términos que son, no ya complementarios, sino verdaderamente opuestos (...); no puede ocurrir lo mismo con el “Árbol de la Vida”, cuya función de “Eje del Mundo” implica, por el contrario, esencialmente, la unidad. Por lo tanto, cuando encontramos en un árbol emblemático una imagen de la dualidad, parece correcto ver en ello una alusión al “Árbol de la Ciencia”, mientras que desde otros puntos de vista, el símbolo considerado sería incontestablemente una representación del “Árbol de la Vida” (11).

Estas dos facetas están especialmente claras en el modelo del Árbol de la Vida sefirótico de la Cábala, donde

la “columna de la derecha” y la “columna de la izquierda” ofrecen una imagen de la dualidad; pero entre las dos se encuentra la “columna del medio”, donde se equilibran las dos tendencias opuestas y donde se vuelve a encontrar la unidad verdadera del “Árbol de la Vida” (12).

El símbolo de la ingesta del fruto del “Árbol de la Ciencia” que la serpiente ofrece a Eva —que es el mismo Adán en su faceta femenina y receptiva— expresa que la “caída” se produce por la adhesión a una visión dual de la existencia que aleja al ser humano del centro y lo aliena de su sí mismo. “Este centro se ha vuelto inaccesible para el hombre caído al haber perdido el ‘sentido de eternidad’, que es también el ‘sentido de la unidad’ (13); volver al centro, por la restauración del ‘estado primordial’, y alcanzar el ‘Árbol de la Vida’, es recuperar ese ‘sentido de la eternidad’”. Es en el luz o “núcleo de inmortalidad” del hombre, ubicado simbólicamente en la base de su columna vertebral, donde se hallan “los elementos virtuales necesarios para la restauración del ser”, una energía motora análoga a la fuerza que la tradición hindú llama kundalini. Ésta

se representa bajo la figura de una serpiente enrollada sobre sí misma, en una región del organismo sutil que corresponde precisamente también al extremo inferior de la columna vertebral; ello sucede así al menos en el hombre común, aunque por el efecto de ciertas prácticas como las del hatha-yoga se despierta, se despliega y eleva a través de las “ruedas” (chakras) o “lotos” (kamalas) que responden a los diversos plexos, para alcanzar la región correspondiente al “tercer ojo”, es decir, el ojo frontal de Shiva. Este estadio representa la restitución del “estado primordial”, en el cual el hombre descubre el “sentido de la eternidad” y, gracias a ello, obtiene aquello que en otra parte hemos dado en llamar inmortalidad virtual. Hasta aquí, nos encontramos todavía dentro de un estado propiamente humano; en una fase ulterior, kundalini llega por último a alcanzar la cima de la cabeza. Esta fase final se relaciona con la conquista de los estados superiores del ser (14).

Se dice que el Adán caído perdió el Graal, símbolo del corazón del mundo y de la tradición primordial, cuando fue expulsado del Pardés. Pero su tercer hijo, Seth, el Adán regenerado, “consiguió entrar de nuevo en el Paraíso terrenal y recobrar de esta manera el precioso vaso”, restableciendo de este modo la unión con el centro (15).

(Continuará)

Notas:
1. René Guénon. El Simbolismo de la Cruz. Ed. Obelisco, Barcelona, 1984. En cuanto a las “grandes columnas” talladas, el autor escribe en una nota a pie de página que “se trata de las ‘columnas’ del árbol sefirótico: columnas del centro, de la derecha y de la izquierda”.
2. Paul Vulliaud. La Kabbale juive. Citado en René Guénon. El Simbolismo de la Cruz. Ed. Obelisco, Barcelona, 1984.
3. René Guénon. El Simbolismo de la Cruz, ibid.
4. Ibid.
5. Guénon añade en nota: “Corresponde al Cero metafísico, o al ‘No Ser’ de la tradición extremo oriental, simbolizado por el ‘vacío’”.
6. Acota el autor francés: “O sea, en el Ser, principio de la Existencia, que es lo mismo que la manifestación universal, así como la unidad es el principio y el comienzo de todos los números”.
7. Y en nota de nuestro autor: “El ‘Santo de los Santos’ estaba representado por la parte más interior del Templo de Jerusalén, constituía el Tabernáculo (mishkan) donde se manifestaba la Shekinah, es decir, ‘la presencia divina’”.
8. Ibid.
9. Por ejemplo, el árbol de las manzanas de oro del jardín de las Hespérides o el árbol Yggdrasil de la tradición nórdica.
10. Ibid.
11. Ibid.
12. Ibid.
13. El bloqueo por los querubines del camino de acceso al Paraíso simboliza la imposibilidad del retorno al centro para quien ha perdido este “sentido de la unidad”.
14. René Guénon. El Rey del Mundo. Ed. Paidós, Barcelona, 2003.
15. René Guénon. El Rey del Mundo, ibid. El nombre de Seth “es expresión de la idea de fundamento y estabilidad, por lo cual sugiere de algún modo la restauración del orden primordial destruido por causa de la caída del hombre”.

Imagen:
1. Árbol de la Vida sefirótico. Autoría desconocida, 1674. Perteneciente a la Galería de Imágenes de éste Cuaderno.

Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.



sábado, 21 de febrero de 2026

René Guénon y la Cábala

2. La Cábala y sus orígenes


Guénon explica en el capítulo “Qabbalah” de la obra póstuma Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos:

El término de qabbalah, en hebreo, no significa otra cosa que “tradición”, en el sentido más general (…).
La raíz QBL, en hebreo y en árabe, significa esencialmente la relación de dos cosas que están colocadas una frente a otra; de ahí provienen todos los diversos sentidos de las palabras que se derivan de ella, como, por ejemplo, los de encuentro y aún de oposición. De esta relación resulta también la idea de un paso de uno a otro de los dos términos en presencia, de donde ideas como las de recibir, acoger y aceptar, expresadas en ambas lenguas por el verbo qabal; y de ahí deriva directamente qabbalah, es decir, propiamente “lo que es recibido” o transmitido (en latín traditium) de uno a otro (1).

Siendo una palabra de origen hebreo, la Cábala designa especialmente al esoterismo de la tradición judía. Ésta, como toda tradición verdadera, “se vincula a los orígenes y procede de la Tradición primordial”, habiendo sido transmitida de manera regular e ininterrumpida desde su revelación según el propio nombre de “tradición” indica. Esta transmisión

constituye la “cadena” (shelsheleth en hebreo, sisilah en árabe) que une el presente al pasado y que ha de continuarse del presente al futuro: es la “cadena de la tradición” (shelsheleth haqabbalah), o la “cadena iniciática” de que hemos tenido ocasión de hablar recientemente, y es también la determinación de una “dirección” (volvemos a encontrar aquí el doble sentido del árabe qiblah) lo que, a través de la sucesión de los tiempos, orienta al ciclo hacia su fin y une éste con su origen, y que, extendiéndose incluso más allá de estos dos puntos extremos a causa de que su fuente principial es intemporal y “no humana”, lo vincula armónicamente con los demás ciclos, concurriendo a formar con éstos una “cadena” más vasta, la que ciertas tradiciones orientales llaman “cadena de los mundos”, en la que se integra progresivamente todo el orden de la manifestación universal (2).

Guénon destaca la importancia que tiene la ciencia de los números tanto en la Cábala como en el Pitagorismo, pero niega de plano que de este hecho —que nada tiene de extraño entre formas tradicionales derivadas en última instancia de un mismo tronco— se pueda inferir que la Cábala derive de aquél o bien del neoplatonismo, hipótesis muy en boga en medios académicos de la época del autor (3). Por otra parte, éste afirma categóricamente que suponer una filiación común del Pitagorismo y la Cábala respecto a la antigua tradición egipcia es “una teoría de la que mucho se ha abusado”, y que

en lo que concierne al Judaísmo, nos es imposible, pese a ciertas aserciones fantasiosas, descubrir en él la menor relación con todo lo que de la tradición egipcia puede conocerse (4) (nos referimos a la forma, que es lo único que hay que considerar en esto, puesto que, por lo demás, el fondo es idéntico necesariamente en todas las tradiciones); sin duda habría lazos más reales con la tradición caldea, ya sea por derivación o por simple afinidad, y en la medida en que es posible captar algo de estas tradiciones extinguidas desde hace tantos siglos (5).

Si Abram/Abraham, hombre justo de la ciudad de Ur, es el símbolo del vínculo entre la incipiente tradición hebrea y la caldea (6), su encuentro con Melquisedec significa el entroncamiento de aquélla con la gran Tradición Unánime:

He aquí primeramente el texto del pasaje bíblico del que estamos hablando: “Y Melki-Tsedeq, rey de Salem, hizo traer pan y vino; pues era sacerdote del Dios Altísimo (El Élion). Y bendijo a Abram diciendo: Bendito Abram del Dios Altísimo, dueño de cielos y tierra; y bendito sea el Dios Altísimo, que ha puesto a tus enemigos en tus manos. Y Abram le dio el diezmo de todo cuanto había tomado” (…). Melki-Tsedeq es presentado como alguien superior a Abraham, puesto que lo bendice, y “no cabe duda de que el menor es bendecido por el mayor”; además, por su parte, Abraham reconoce esta superioridad, ya que le concede el diezmo, lo cual es señal de su dependencia. Se produce aquí una verdadera “investidura”, casi en el sentido feudal de la expresión, pero con la diferencia de que se trata de una investidura espiritual; y podemos añadir que aquí se encuentra el punto de contacto de la tradición hebraica con la magna tradición primordial. Esa “bendición” a la que se refiere consiste de manera propiamente dicha en la comunicación de cierta “influencia espiritual”, de la cual Abraham participará de ahí en adelante (…) (7)

y que éste transmitirá a sus sucesores junto con el conocimiento de los misterios del Ser y del No Ser, o mejor dicho, de lo que de ellos puede ser conocido. Una transmisión que siempre va a estar en jaque por quien, según la tradición cabalística, penetra en el Pardés para “cortar las raíces de las plantas” y hacer imposible “toda comunicación efectiva con el Principio”… (8).

(Continuará)

Notas:
1. René Guénon. Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos. Ed. Obelisco, Barcelona, 1984. Este texto también ha sido publicado en la compilación de artículos del autor francés Sobre la Cábala y el esoterismo judío. Ed. Sanz y Torres, Madrid, 2023.
2. René Guénon. Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos. Ed. Obelisco, Barcelona, 1984.
3. Lo cual no excluye que algunos autores cabalistas igualmente penetrados del Pitagorismo y del neoplatonismo hayan empleado ciertos elementos de estas tradiciones en la difusión de la Cábala en su medio, algo que, por cierto, facilitó su propagación en el Occidente renacentista y propició la gestación de la Cábala cristiana. Ver Federico González y Mireia Valls. Presencia Viva de la Cábala. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2006. Y de los mismos autores: Presencia Viva de la Cábala II. La Cábala Cristiana. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2013.
4. Pese a lo rotundo de la aseveración del autor —que matiza en lo que sigue—, es innegable el papel que Moisés, hijo adoptivo de la hermana del faraón e iniciado en los misterios de Isis y Osiris, jugó como puente entre ambas tradiciones en un fin de ciclo de la tradición egipcia que vino a coincidir con la eclosión de la tradición de Abraham, Isaac y Jacob.
5. Ibid.
6. Tradición que, como la hebrea, estaría relacionada con la “corriente tradicional venida de la ‘isla perdida de Occidente’”, una procedencia que los propios nombres de “hebreos” y “árabes” sugiere. Guénon explica en otro lugar que a la raíz de “formas tan diversas como Hiber, iber o eber, y también ereb por transposición de las letras, se la encuentra designando a la vez la región del invierno, es decir, el Norte y la región de la tarde, o del sol poniente, es decir, Occidente, y a los pueblos que habitan una y otra región”. René Guénon. Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos, op. cit.
7. René Guénon. El Rey del Mundo, ibid.
8. René Guénon. Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada. Ed. Eudeba, Buenos Aires, 1988. La Haguigá explica que fue el rabino Aher quien penetró en el Pardés para destruir las plantas del Paraíso. Aher significa literalmente “el Otro”, y es un nombre que pega perfectamente a quien decide instalarse de por vida en la dualidad irreconciliable, renunciando a su auténtica identidad como ser humano y autoexiliándose del centro. Y ojo, porque uno mismo puede ser ese traidor.

Imagen:
1. Peter Paul Rubens. El encuentro de Abraham y Melquisedec. Óleo sobre tabla, ca. 1626. Museum of Fine Arts, Houston.

Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.



miércoles, 11 de febrero de 2026

René Guénon y la Cábala

1. René Guénon y la Cábala


En esta ocasión, debemos precisar aún otro punto que se vincula estrechamente a estas consideraciones: es que todo conocimiento exclusivamente “libresco” no tiene nada en común con el conocimiento iniciático, considerado incluso en su estado simplemente teórico (1).

En la Koré Kosmou —también conocida como La Hija (o Pupila) del Mundo—, Isis explica a Horus cómo Hermes ascendió a los cielos:

En esto, Hermes se disponía a remontar hacia los astros para escoltar a los dioses sus primos. Sin embargo dejaba por sucesores a Tat, a la vez su hijo y el heredero de estas enseñanzas, luego, poco después, a Asclepios el Imuthés, según los designios de Ptah-Hefaistos, y a otros aún, a todos aquellos que, por la voluntad de la Providencia reina de todas las cosas, debían realizar una búsqueda exacta y concienzuda de la doctrina celeste. Hermes pues, estaba a punto de decir en su defensa, ante el espacio circundante, que ni siquiera había entregado la doctrina íntegra a su hijo, en vista de la edad todavía muy temprana de éste, cuando, habiéndose levantado el día, siendo que, con sus ojos que todo lo ven, contemplaba el Oriente, percibió algo indistinto, y, a medida que lo examinaba, lentamente, al fin, le vino la decisión precisa de depositar los símbolos sagrados de los elementos cósmicos cerca de los objetos secretos de Osiris, y después, tras haber realizado además una plegaria y pronunciado tales y cuales palabras, ascendió al cielo.
Pero no conviene, niño mío, que deje este relato incompleto: es necesario que refiera todo lo que dijo Hermes en el momento de depositar los libros. Él, pues, habló así: “Oh libros sagrados que fuisteis escritos por mis manos imperecederas, vosotros sobre los que, habiéndoos ungido con el elixir de inmortalidad, tengo todo poder, permaneced imputrescibles e incorruptibles, a través de los tiempos de todos los ciclos, sin que os vea u os descubra ninguno de aquellos que habrán de recorrer las planicies de esta tierra, hasta el día en que el cielo envejecido dé a luz a organismos dignos de vosotros, aquéllos que el Creador ha llamado Almas”
(2).

Los libros de Hermes y las obras en que los maestros herméticos de todos los tiempos han vertido sus vivencias espirituales y sus enseñanzas conforman un corpus mediante el cual la tradición revelada por el dios ha llegado viva y actuante hasta este fin de ciclo. De la operatividad de estos intermediarios da cuenta Federico González en un pasaje de su obra Hermetismo y Masonería:

De hecho, para los hermetistas el libro es un transmisor directo de conocimientos, que se aúnan en una doctrina, la cual es absolutamente transformadora ya que tomando conciencia de nosotros mismos conocemos también nuestro ser en el mundo, es decir los secretos de la cosmogonía en virtud de las leyes de la analogía que establecen las correspondencias entre macro y microcosmos. La intermediación de este conocimiento del Sí, siempre es por la mediación simbólica de un tercer elemento, capaz de conectar dos proposiciones y realizar el milagro de la triunidad del Ser, tanto del hombre como del mundo, puesto que sabemos que la cosmogonía es el Ser (ontología) del Universo (3)

la cual también se revela a través de los símbolos y los libros venerados de otras tradiciones de la humanidad, que aunque diversas en su apariencia, expresan una misma y única Cosmogonía Perenne. Por esta unanimidad, los iniciados de cualquier tradición pueden acceder al conocimiento cabal de la doctrina de otras formas tradicionales a través del estudio de sus textos y la meditación en sus símbolos, efectivizarla “no librescamente” en su interior y difundirla fehacientemente. Precisamente esto es lo que hizo René Guénon con la Cábala y su simbólica (4); sus enseñanzas sobre el esoterismo de la tradición hebrea constituyen la columna vertebral de este trabajo (5).

(Continuará)

Notas:
1. René Guénon. Apercepciones sobre la Iniciación. Ed. Sanz y Torres, Madrid, 2006.
2. Koré Kosmou. Citado en Federico González. Hermetismo y Masonería. Doctrina, Historia, Actualidad. “Introducción”. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2016.
3. Op. cit.
4. Armando Asti Vera, en un estudio preliminar incluido en la versión de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada publicada por Eudeba (Buenos Aires, 1988), explica que Guénon debió estar vinculado en su juventud a una organización iniciática oriental a través de la cual recibió “los elementos necesarios para la elaboración de su síntesis tradicional” de las doctrinas hindúes y taoístas. También es conocido que recibió una iniciación masónica y que más tarde se vinculó a la tradición islámica. En cuanto a su conocimiento de la Cábala, a decir por las citas que acompaña a los libros y artículos en que trata de ella, pensamos que se nutrió principalmente del estudio de la Biblia, el Sefer Yetsirah, el Zohar y la obra contemporánea La Kabbale juive, de Paul Vulliaud.
5. Guénon trató de la Cábala y su simbolismo extensamente en dos de las obras que publicó en vida, El Rey del Mundo (1927) y El simbolismo de la cruz (1931). Además, las compilaciones póstumas Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos, y más recientemente, Sobre la Cábala y el esoterismo judío recogen un buen número de artículos que el autor escribió sobre distintos aspectos de la Cábala en varias revistas de estudios tradicionales.

Imagen:
1. Detalle de códice iluminado medioeval. Perteneciénte a la Galería de Imágenes de éste Cuaderno.

Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.