1. René Guénon y la Cábala
En esta ocasión, debemos precisar aún otro punto que se vincula estrechamente a estas consideraciones: es que todo conocimiento exclusivamente “libresco” no tiene nada en común con el conocimiento iniciático, considerado incluso en su estado simplemente teórico (1).
En la Koré Kosmou —también conocida como La Hija (o Pupila) del Mundo—, Isis explica a Horus cómo Hermes ascendió a los cielos:
En esto, Hermes se disponía a remontar hacia los astros para escoltar a los dioses
sus primos. Sin embargo dejaba por sucesores a Tat, a la vez su hijo y el heredero de estas enseñanzas, luego, poco después, a Asclepios el Imuthés, según los designios de Ptah-Hefaistos, y a otros aún, a todos aquellos que, por la voluntad de la Providencia reina de todas las cosas, debían realizar una búsqueda exacta y concienzuda de la doctrina celeste. Hermes pues, estaba a punto de decir en su defensa, ante el espacio circundante, que ni siquiera había entregado la doctrina íntegra a su hijo, en vista de la edad todavía muy temprana de éste, cuando, habiéndose levantado el día, siendo que, con sus ojos que todo lo ven, contemplaba el Oriente, percibió algo indistinto, y, a medida que lo examinaba, lentamente, al fin, le vino la decisión precisa de depositar los símbolos sagrados de los elementos cósmicos cerca de los objetos secretos de Osiris, y después, tras haber realizado además una plegaria y pronunciado tales y cuales palabras, ascendió al cielo.
Pero no conviene, niño mío, que deje este relato incompleto: es necesario que refiera todo lo que dijo Hermes en el momento de depositar los libros. Él, pues, habló así: “Oh libros sagrados que fuisteis escritos por mis manos imperecederas, vosotros sobre los que, habiéndoos ungido con el elixir de inmortalidad, tengo todo poder, permaneced imputrescibles e incorruptibles, a través de los tiempos de todos los ciclos, sin que os vea u os descubra ninguno de aquellos que habrán de recorrer las planicies de esta tierra, hasta el día en que el cielo envejecido dé a luz a organismos dignos de vosotros, aquéllos que el Creador ha llamado Almas” (2).
Pero no conviene, niño mío, que deje este relato incompleto: es necesario que refiera todo lo que dijo Hermes en el momento de depositar los libros. Él, pues, habló así: “Oh libros sagrados que fuisteis escritos por mis manos imperecederas, vosotros sobre los que, habiéndoos ungido con el elixir de inmortalidad, tengo todo poder, permaneced imputrescibles e incorruptibles, a través de los tiempos de todos los ciclos, sin que os vea u os descubra ninguno de aquellos que habrán de recorrer las planicies de esta tierra, hasta el día en que el cielo envejecido dé a luz a organismos dignos de vosotros, aquéllos que el Creador ha llamado Almas” (2).
Los libros de Hermes y las obras en que los maestros herméticos de todos los tiempos han vertido sus vivencias espirituales y sus enseñanzas conforman un corpus mediante el cual la tradición revelada por el dios ha llegado viva y actuante hasta este fin de ciclo. De la operatividad de estos intermediarios da cuenta Federico González en un pasaje de su obra Hermetismo y Masonería:
De hecho, para los hermetistas el libro es un transmisor directo de conocimientos, que se aúnan en una doctrina, la cual es absolutamente transformadora ya que tomando conciencia de nosotros mismos conocemos también nuestro ser en el mundo, es decir los secretos de la cosmogonía en virtud de las leyes de la analogía que establecen las correspondencias entre macro y microcosmos. La intermediación de este conocimiento del Sí, siempre es por la mediación simbólica de un tercer elemento, capaz de conectar dos proposiciones y realizar el milagro de la triunidad del Ser, tanto del hombre como del mundo, puesto que sabemos que la cosmogonía es el Ser (ontología) del Universo (3)
la cual también se revela a través de los símbolos y los libros venerados de otras tradiciones de la humanidad, que aunque diversas en su apariencia, expresan una misma y única Cosmogonía Perenne. Por esta unanimidad, los iniciados de cualquier tradición pueden acceder al conocimiento cabal de la doctrina de otras formas tradicionales a través del estudio de sus textos y la meditación en sus símbolos, efectivizarla “no librescamente” en su interior y difundirla fehacientemente. Precisamente esto es lo que hizo René Guénon con la Cábala y su simbólica (4); sus enseñanzas sobre el esoterismo de la tradición hebrea constituyen la columna vertebral de este trabajo (5).
(Continuará)
Notas:
1. René Guénon. Apercepciones sobre la Iniciación. Ed. Sanz y Torres, Madrid, 2006.
2. Koré Kosmou. Citado en Federico González. Hermetismo y Masonería. Doctrina, Historia, Actualidad. “Introducción”. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2016.
3. Op. cit.
4. Armando Asti Vera, en un estudio preliminar incluido en la versión de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada publicada por Eudeba (Buenos Aires, 1988), explica que Guénon debió estar vinculado en su juventud a una organización iniciática oriental a través de la cual recibió “los elementos necesarios para la elaboración de su síntesis tradicional” de las doctrinas hindúes y taoístas. También es conocido que recibió una iniciación masónica y que más tarde se vinculó a la tradición islámica. En cuanto a su conocimiento de la Cábala, a decir por las citas que acompaña a los libros y artículos en que trata de ella, pensamos que se nutrió principalmente del estudio de la Biblia, el Sefer Yetsirah, el Zohar y la obra contemporánea La Kabbale juive, de Paul Vulliaud.
5. Guénon trató de la Cábala y su simbolismo extensamente en dos de las obras que publicó en vida, El Rey del Mundo (1927) y El simbolismo de la cruz (1931). Además, las compilaciones póstumas Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos, y más recientemente, Sobre la Cábala y el esoterismo judío recogen un buen número de artículos que el autor escribió sobre distintos aspectos de la Cábala en varias revistas de estudios tradicionales.
1. René Guénon. Apercepciones sobre la Iniciación. Ed. Sanz y Torres, Madrid, 2006.
2. Koré Kosmou. Citado en Federico González. Hermetismo y Masonería. Doctrina, Historia, Actualidad. “Introducción”. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2016.
3. Op. cit.
4. Armando Asti Vera, en un estudio preliminar incluido en la versión de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada publicada por Eudeba (Buenos Aires, 1988), explica que Guénon debió estar vinculado en su juventud a una organización iniciática oriental a través de la cual recibió “los elementos necesarios para la elaboración de su síntesis tradicional” de las doctrinas hindúes y taoístas. También es conocido que recibió una iniciación masónica y que más tarde se vinculó a la tradición islámica. En cuanto a su conocimiento de la Cábala, a decir por las citas que acompaña a los libros y artículos en que trata de ella, pensamos que se nutrió principalmente del estudio de la Biblia, el Sefer Yetsirah, el Zohar y la obra contemporánea La Kabbale juive, de Paul Vulliaud.
5. Guénon trató de la Cábala y su simbolismo extensamente en dos de las obras que publicó en vida, El Rey del Mundo (1927) y El simbolismo de la cruz (1931). Además, las compilaciones póstumas Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos, y más recientemente, Sobre la Cábala y el esoterismo judío recogen un buen número de artículos que el autor escribió sobre distintos aspectos de la Cábala en varias revistas de estudios tradicionales.
Imagen:
1. Detalle de códice iluminado medioeval. Perteneciénte a la Galería de Imágenes de éste Cuaderno.
1. Detalle de códice iluminado medioeval. Perteneciénte a la Galería de Imágenes de éste Cuaderno.
Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.
La Cábala en el Corazón.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.

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