sábado, 21 de febrero de 2026

René Guénon y la Cábala

2. La Cábala y sus orígenes


Guénon explica en el capítulo “Qabbalah” de la obra póstuma Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos:

El término de qabbalah, en hebreo, no significa otra cosa que “tradición”, en el sentido más general (…).
La raíz QBL, en hebreo y en árabe, significa esencialmente la relación de dos cosas que están colocadas una frente a otra; de ahí provienen todos los diversos sentidos de las palabras que se derivan de ella, como, por ejemplo, los de encuentro y aún de oposición. De esta relación resulta también la idea de un paso de uno a otro de los dos términos en presencia, de donde ideas como las de recibir, acoger y aceptar, expresadas en ambas lenguas por el verbo qabal; y de ahí deriva directamente qabbalah, es decir, propiamente “lo que es recibido” o transmitido (en latín traditium) de uno a otro (1).

Siendo una palabra de origen hebreo, la Cábala designa especialmente al esoterismo de la tradición judía. Ésta, como toda tradición verdadera, “se vincula a los orígenes y procede de la Tradición primordial”, habiendo sido transmitida de manera regular e ininterrumpida desde su revelación según el propio nombre de “tradición” indica. Esta transmisión

constituye la “cadena” (shelsheleth en hebreo, sisilah en árabe) que une el presente al pasado y que ha de continuarse del presente al futuro: es la “cadena de la tradición” (shelsheleth haqabbalah), o la “cadena iniciática” de que hemos tenido ocasión de hablar recientemente, y es también la determinación de una “dirección” (volvemos a encontrar aquí el doble sentido del árabe qiblah) lo que, a través de la sucesión de los tiempos, orienta al ciclo hacia su fin y une éste con su origen, y que, extendiéndose incluso más allá de estos dos puntos extremos a causa de que su fuente principial es intemporal y “no humana”, lo vincula armónicamente con los demás ciclos, concurriendo a formar con éstos una “cadena” más vasta, la que ciertas tradiciones orientales llaman “cadena de los mundos”, en la que se integra progresivamente todo el orden de la manifestación universal (2).

Guénon destaca la importancia que tiene la ciencia de los números tanto en la Cábala como en el Pitagorismo, pero niega de plano que de este hecho —que nada tiene de extraño entre formas tradicionales derivadas en última instancia de un mismo tronco— se pueda inferir que la Cábala derive de aquél o bien del neoplatonismo, hipótesis muy en boga en medios académicos de la época del autor (3). Por otra parte, éste afirma categóricamente que suponer una filiación común del Pitagorismo y la Cábala respecto a la antigua tradición egipcia es “una teoría de la que mucho se ha abusado”, y que

en lo que concierne al Judaísmo, nos es imposible, pese a ciertas aserciones fantasiosas, descubrir en él la menor relación con todo lo que de la tradición egipcia puede conocerse (4) (nos referimos a la forma, que es lo único que hay que considerar en esto, puesto que, por lo demás, el fondo es idéntico necesariamente en todas las tradiciones); sin duda habría lazos más reales con la tradición caldea, ya sea por derivación o por simple afinidad, y en la medida en que es posible captar algo de estas tradiciones extinguidas desde hace tantos siglos (5).

Si Abram/Abraham, hombre justo de la ciudad de Ur, es el símbolo del vínculo entre la incipiente tradición hebrea y la caldea (6), su encuentro con Melquisedec significa el entroncamiento de aquélla con la gran Tradición Unánime:

He aquí primeramente el texto del pasaje bíblico del que estamos hablando: “Y Melki-Tsedeq, rey de Salem, hizo traer pan y vino; pues era sacerdote del Dios Altísimo (El Élion). Y bendijo a Abram diciendo: Bendito Abram del Dios Altísimo, dueño de cielos y tierra; y bendito sea el Dios Altísimo, que ha puesto a tus enemigos en tus manos. Y Abram le dio el diezmo de todo cuanto había tomado” (…). Melki-Tsedeq es presentado como alguien superior a Abraham, puesto que lo bendice, y “no cabe duda de que el menor es bendecido por el mayor”; además, por su parte, Abraham reconoce esta superioridad, ya que le concede el diezmo, lo cual es señal de su dependencia. Se produce aquí una verdadera “investidura”, casi en el sentido feudal de la expresión, pero con la diferencia de que se trata de una investidura espiritual; y podemos añadir que aquí se encuentra el punto de contacto de la tradición hebraica con la magna tradición primordial. Esa “bendición” a la que se refiere consiste de manera propiamente dicha en la comunicación de cierta “influencia espiritual”, de la cual Abraham participará de ahí en adelante (…) (7)

y que éste transmitirá a sus sucesores junto con el conocimiento de los misterios del Ser y del No Ser, o mejor dicho, de lo que de ellos puede ser conocido. Una transmisión que siempre va a estar en jaque por quien, según la tradición cabalística, penetra en el Pardés para “cortar las raíces de las plantas” y hacer imposible “toda comunicación efectiva con el Principio”… (8).

(Continuará)

Notas:
1. René Guénon. Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos. Ed. Obelisco, Barcelona, 1984. Este texto también ha sido publicado en la compilación de artículos del autor francés Sobre la Cábala y el esoterismo judío. Ed. Sanz y Torres, Madrid, 2023.
2. René Guénon. Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos. Ed. Obelisco, Barcelona, 1984.
3. Lo cual no excluye que algunos autores cabalistas igualmente penetrados del Pitagorismo y del neoplatonismo hayan empleado ciertos elementos de estas tradiciones en la difusión de la Cábala en su medio, algo que, por cierto, facilitó su propagación en el Occidente renacentista y propició la gestación de la Cábala cristiana. Ver Federico González y Mireia Valls. Presencia Viva de la Cábala. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2006. Y de los mismos autores: Presencia Viva de la Cábala II. La Cábala Cristiana. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2013.
4. Pese a lo rotundo de la aseveración del autor —que matiza en lo que sigue—, es innegable el papel que Moisés, hijo adoptivo de la hermana del faraón e iniciado en los misterios de Isis y Osiris, jugó como puente entre ambas tradiciones en un fin de ciclo de la tradición egipcia que vino a coincidir con la eclosión de la tradición de Abraham, Isaac y Jacob.
5. Ibid.
6. Tradición que, como la hebrea, estaría relacionada con la “corriente tradicional venida de la ‘isla perdida de Occidente’”, una procedencia que los propios nombres de “hebreos” y “árabes” sugiere. Guénon explica en otro lugar que a la raíz de “formas tan diversas como Hiber, iber o eber, y también ereb por transposición de las letras, se la encuentra designando a la vez la región del invierno, es decir, el Norte y la región de la tarde, o del sol poniente, es decir, Occidente, y a los pueblos que habitan una y otra región”. René Guénon. Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos, op. cit.
7. René Guénon. El Rey del Mundo, ibid.
8. René Guénon. Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada. Ed. Eudeba, Buenos Aires, 1988. La Haguigá explica que fue el rabino Aher quien penetró en el Pardés para destruir las plantas del Paraíso. Aher significa literalmente “el Otro”, y es un nombre que pega perfectamente a quien decide instalarse de por vida en la dualidad irreconciliable, renunciando a su auténtica identidad como ser humano y autoexiliándose del centro. Y ojo, porque uno mismo puede ser ese traidor.

Imagen:
1. Peter Paul Rubens. El encuentro de Abraham y Melquisedec. Óleo sobre tabla, ca. 1626. Museum of Fine Arts, Houston.

Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.



miércoles, 11 de febrero de 2026

René Guénon y la Cábala

1. René Guénon y la Cábala


En esta ocasión, debemos precisar aún otro punto que se vincula estrechamente a estas consideraciones: es que todo conocimiento exclusivamente “libresco” no tiene nada en común con el conocimiento iniciático, considerado incluso en su estado simplemente teórico (1).

En la Koré Kosmou —también conocida como La Hija (o Pupila) del Mundo—, Isis explica a Horus cómo Hermes ascendió a los cielos:

En esto, Hermes se disponía a remontar hacia los astros para escoltar a los dioses sus primos. Sin embargo dejaba por sucesores a Tat, a la vez su hijo y el heredero de estas enseñanzas, luego, poco después, a Asclepios el Imuthés, según los designios de Ptah-Hefaistos, y a otros aún, a todos aquellos que, por la voluntad de la Providencia reina de todas las cosas, debían realizar una búsqueda exacta y concienzuda de la doctrina celeste. Hermes pues, estaba a punto de decir en su defensa, ante el espacio circundante, que ni siquiera había entregado la doctrina íntegra a su hijo, en vista de la edad todavía muy temprana de éste, cuando, habiéndose levantado el día, siendo que, con sus ojos que todo lo ven, contemplaba el Oriente, percibió algo indistinto, y, a medida que lo examinaba, lentamente, al fin, le vino la decisión precisa de depositar los símbolos sagrados de los elementos cósmicos cerca de los objetos secretos de Osiris, y después, tras haber realizado además una plegaria y pronunciado tales y cuales palabras, ascendió al cielo.
Pero no conviene, niño mío, que deje este relato incompleto: es necesario que refiera todo lo que dijo Hermes en el momento de depositar los libros. Él, pues, habló así: “Oh libros sagrados que fuisteis escritos por mis manos imperecederas, vosotros sobre los que, habiéndoos ungido con el elixir de inmortalidad, tengo todo poder, permaneced imputrescibles e incorruptibles, a través de los tiempos de todos los ciclos, sin que os vea u os descubra ninguno de aquellos que habrán de recorrer las planicies de esta tierra, hasta el día en que el cielo envejecido dé a luz a organismos dignos de vosotros, aquéllos que el Creador ha llamado Almas”
(2).

Los libros de Hermes y las obras en que los maestros herméticos de todos los tiempos han vertido sus vivencias espirituales y sus enseñanzas conforman un corpus mediante el cual la tradición revelada por el dios ha llegado viva y actuante hasta este fin de ciclo. De la operatividad de estos intermediarios da cuenta Federico González en un pasaje de su obra Hermetismo y Masonería:

De hecho, para los hermetistas el libro es un transmisor directo de conocimientos, que se aúnan en una doctrina, la cual es absolutamente transformadora ya que tomando conciencia de nosotros mismos conocemos también nuestro ser en el mundo, es decir los secretos de la cosmogonía en virtud de las leyes de la analogía que establecen las correspondencias entre macro y microcosmos. La intermediación de este conocimiento del Sí, siempre es por la mediación simbólica de un tercer elemento, capaz de conectar dos proposiciones y realizar el milagro de la triunidad del Ser, tanto del hombre como del mundo, puesto que sabemos que la cosmogonía es el Ser (ontología) del Universo (3)

la cual también se revela a través de los símbolos y los libros venerados de otras tradiciones de la humanidad, que aunque diversas en su apariencia, expresan una misma y única Cosmogonía Perenne. Por esta unanimidad, los iniciados de cualquier tradición pueden acceder al conocimiento cabal de la doctrina de otras formas tradicionales a través del estudio de sus textos y la meditación en sus símbolos, efectivizarla “no librescamente” en su interior y difundirla fehacientemente. Precisamente esto es lo que hizo René Guénon con la Cábala y su simbólica (4); sus enseñanzas sobre el esoterismo de la tradición hebrea constituyen la columna vertebral de este trabajo (5).

(Continuará)

Notas:
1. René Guénon. Apercepciones sobre la Iniciación. Ed. Sanz y Torres, Madrid, 2006.
2. Koré Kosmou. Citado en Federico González. Hermetismo y Masonería. Doctrina, Historia, Actualidad. “Introducción”. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2016.
3. Op. cit.
4. Armando Asti Vera, en un estudio preliminar incluido en la versión de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada publicada por Eudeba (Buenos Aires, 1988), explica que Guénon debió estar vinculado en su juventud a una organización iniciática oriental a través de la cual recibió “los elementos necesarios para la elaboración de su síntesis tradicional” de las doctrinas hindúes y taoístas. También es conocido que recibió una iniciación masónica y que más tarde se vinculó a la tradición islámica. En cuanto a su conocimiento de la Cábala, a decir por las citas que acompaña a los libros y artículos en que trata de ella, pensamos que se nutrió principalmente del estudio de la Biblia, el Sefer Yetsirah, el Zohar y la obra contemporánea La Kabbale juive, de Paul Vulliaud.
5. Guénon trató de la Cábala y su simbolismo extensamente en dos de las obras que publicó en vida, El Rey del Mundo (1927) y El simbolismo de la cruz (1931). Además, las compilaciones póstumas Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos, y más recientemente, Sobre la Cábala y el esoterismo judío recogen un buen número de artículos que el autor escribió sobre distintos aspectos de la Cábala en varias revistas de estudios tradicionales.

Imagen:
1. Detalle de códice iluminado medioeval. Perteneciénte a la Galería de Imágenes de éste Cuaderno.

Colección Aleteo de Mercurio 10.
La Cábala en el Corazón.
Ateneo del Agartha.
Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2025.